Guillermo Knochenhauer
Enrique Peña Nieto y
los jóvenes formados en tecnológicos con los que habla en el día a día, han
ofendido repetidamente a los mexicanos. No tienen la menor idea de que una de
las condiciones nobles de la política, es dar lugar a los deseos y los
malestares, las ansiedades y las dudas de la gente.
Claro, para hacerlo,
hay que poder (com)padecer los sentimientos ciudadanos, saber lo que piensa,
pero también lo que siente la gente. En su mayoría, los mexicanos pensamos que
la marca de este sexenio será la corrupción, pero el aumento al precio de las
gasolinas hizo estallar sentimientos de ofensa, enojo y de miedo.
La combinación de
corrupción a ojos de todo mundo, con mayor costo de la vida por inflación de
precios, es enervante.
Después de que se
estuvo ventilando públicamente el latrocinio de varios gobernadores, después de
que el veracruzano Javier Duarte se evadiera y de que las absurdas
explicaciones de Osorio Chong se tomaran como una burla, justo en ese momento
se anunció el descomunal aumento a las gasolinas como “necesario e
inaplazable”.
El alza de enero, y
la de febrero, no serían necesarias -pensamos millones de mexicanos- si se
recuperaran los miles de millones de pesos que se han malversado, dilapidado o
robado en los gobiernos estatales y en el federal. Esa idea se vuelve sentimientos de hartazgo, frustración y enojo porque
sabemos que eso no va a suceder sino al contrario, que las complicidades
protegerán a los corruptos.
La desconfianza en que el gobierno proceda conforme a la
conveniencia del país, es otra de las crisis que vivimos; es la llamada “crisis
de representación”, por el abismo que separa a la sociedad de las decisiones
políticas que se toman desde el gobierno.
Ese divorcio lo revela también el nombramiento de Luis
Videgaray para hacerse cargo de la otrora prestigiada política exterior
mexicana. El presidente sabía que
Videgaray no tiene experiencia diplomática, pero qué importa, me imagino que
consideró Peña Nieto, si tiene un amigo banquero que lo puso en contacto con
Jared Kushner, yerno de Donald Trump, con quien orquestó la indigna recepción
del entonces candidato estadounidense en Los Pinos.
No le alcanzará esa credencial a Videgaray para lograr que
las políticas de la administración Trump sean un poco menos hostiles a México.
Serán adversas porque el TLCAN no es sólo libre comercio sino integración
productiva mexicano-estadounidense, a la que Trump le atribuye la pérdida de
empleos en EUA.
La culpa del grave
daño que Trump le causará a nuestra economía es de los gobiernos que, desde
Carlos Salinas hasta Peña Nieto, pasando por los dos panistas, hicieron de la
“plena integración” de México a Norteamérica el eje de su política económica,
consistente en no hacer política para dejar que el mercado fuera el que trazara
la integración.
La industria automotriz fue la que mejor sirvió a esos
propósitos. Trump empezó su discurso ayer congratulándose del regreso a Estados
Unidos de Ford, Chrysler-Fiat y confiando en que General Motors seguirá los
mismos pasos.
Antes que haberle encargado a Videgaray las relaciones
exteriores del país, por ser un conocido de un familiar del tirano, debían
haberse definido propósitos del desarrollo, y las políticas y planes nacionales
para superar las vulnerabilidades externas e internas de México.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.