A estas alturas todos andan desatados en campaña, menos
algún posible candidato presidencial del PRI.
“Todos quietos”, “engarrótense ahí”, “el que se mueve no
sale en la foto”, “falta mucho”.
Sí, cómo no. Van directo al precipicio electoral.
La estrategia de no
tener estrategia para la elección del próximo año los conduce a la derrota.
Además de los
múltiples problemas en economía, hartazgo, impunidad de malos gobernadores y
funcionarios, el PRI sigue la vieja práctica del “nadie se mueva”.
Margarita, López Obrador, Anaya, Mancera, Moreno Valle,
todos están en campaña, menos alguien del PRI.
Los tiempos electorales ciertamente existen, pero los hechos
nos dicen que la carrera empezó desde hace rato.
Para enfrentar esta
nueva realidad, el PRI quiere resolver sus asuntos a la antigüita.
El problema para el
partido gobernante es precisamente ése: no tiene a un candidato perfilado como
lo fue Peña Nieto en el sexenio anterior.
Carece de un gobernador al estilo Peña Nieto en el Estado de
México hace seis años. Nadie brilla.
Nadie despierta
simpatías ni esperanza.
No hay nadie que lo haga a pesar de estar en una situación
de emergencia, urgido ese partido de una figura que proyecte algo.
López Obrador va en punta porque (entre otras razones)
arrancó antes que nadie y lleva todo este siglo en campaña por la presidencia.
Y si en el gobierno piensan que con una campaña de tres
meses de spots lo van a parar, juegan con fuego y se van a quemar.
Entre las bases
priistas lo que hay es desaliento, pues no se ve quién los pueda representar.
Y también hay
desaliento por la mala imagen del gobierno, que está mal evaluado por la
mayoría de la población.
Hay desaliento porque
no se ve cómo vaya a repuntar la economía, pues se han alineado todos los
factores para que la situación se complique en lugar de mejorar.
Ante ese panorama decir “nadie se mueva” es equivocarse y en
consecuencia rendir la plaza.
El PRI no tiene a un
Peña Nieto como posible candidato. Tampoco hay un ambiente mínimamente
favorable para que el PRI pueda repetir en Los Pinos por otros seis años.
Y con un panorama así de novedoso y adverso, optan por las
viejas rutinas de “agáchense todos”.
Haber renunciado a la popularidad desde el inicio del
sexenio llevó a este gobierno a niveles bajísimos de aceptación ciudadana, lo
que le complica la realización de su tarea y abona en el rechazo a su partido.
Dejar que corran otros precandidatos sin oponer resistencia
alguna, ni impulsar figuras para que se suban a la tribuna, es hacer las cosas
a la antigüita.
Y eso es empedrar el
camino para una derrota estrepitosa del PRI el próximo año.
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