Luego de desarrollar su carrera profesional en la Ciudad de
México, la abogada Luisa Juárez Miranda decidió, a los 55 años, pasar al retiro
y volver a su pueblo natal, San Agustín Buenavista (en el Estado de México),
con un único objetivo: cuidar a su anciano padre, un campesino de 80 años, en
la última etapa de su vida.
Un año después de su regreso, sin embargo, la abogada fue
asesinada de cinco tiros en el corazón, en la puerta de su casa. Su padre
apenas pudo escuchar que alguien le decía “buenas noches, licenciada”, y luego
la ronda de disparos con los que le quitaron la vida.
A casi seis años de
los hechos, sólo una certeza existe en los familiares de la abogada: “La
mataron por enfrentarse con el cacique del pueblo”, una persona que hasta la
fecha, aseguran, se pasea por San Agustín Buenavista, aun cuando existe una orden
de aprehensión en su contra, ya que “él es dueño del pueblo y de los que viven
ahí, y no hay ley que pueda con él: en San Agustín, él es la ley”.
1. Las balas
La abogada Luisa Juárez Miranda fue asesinada el 30 de abril
del año 2011, de siete tiros: cinco de ellos en el lado izquierdo del pecho, y
dos más en los brazos, con los que intentó bloquear las balas disparadas.
Junto a su cuerpo, la Procuraduría de Justicia del Estado de
México logró localizar cinco de las siete ojivas detonadas: todas calibre .38.
Tal como consta en
diversas declaraciones ministeriales realizadas por pobladores de San Agustín
Buenavista, la abogada Luisa Juárez era respetada localmente debido a que, tan
pronto como se instaló de vuelta en el pueblo, no sólo se dedicó a cuidar a su
anciano padre, sino que, dada su experiencia legal, pronto se convirtió en
defensora de los ejidatarios de San Agustín Buenavista: mediante un juicio
agrario, en una ocasión logró recuperar un predio comunal invadido por un
particular, y a partir de ese momento se convirtió en gestora legal de
distintos integrantes del ejido.
Semanas antes de su asesinato, la abogada expresó a sus familiares su temor a represalias, por dos
juicios legales en los que defendía a campesinos que fueron despojados de sus
tierras, por un mismo “cacique” local, de nombre Juan Ruperto Ramírez
Quintanar.
En el primer caso,
Juan Ruperto Ramírez invadió la parcela de un campesino (una hectárea de
extensión) y luego la puso en renta.
En el segundo caso,
Juan Ruperto Ramírez se coordinó con la hija de un ejidatario, anciano, sordo y
analfabeta, para engañarlo y despojarlo de sus tierras, mediante documentación
falsificada.
En ambos casos, los
campesinos despojados se acercaron con la abogada Luisa Juárez, para solicitar
su ayuda legal.
“Mi hermana fue
asesinada nueve días antes de la audiencia en la que se iba definir uno de esos
asuntos contra el cacique del pueblo”,
señala la doctora Cristina Juárez, quien desde entonces encabeza el
reclamo de justicia para la abogada rural.
Sin embargo, lamentó,
luego del asesinato el juicio se empantanó, los acusados metieron recursos y,
finalmente, el proceso se perdió, consumándose el despojo de las tierras.
La averiguación previa integrada por la Procuraduría General
de Justicia del Estado de México por el asesinato de la abogada Luisa Juárez
incluye, de hecho, una declaración ministerial de Juan Ruperto Ramírez
Quintanar quien no sólo negó toda vinculación con los hechos, sino que,
incluso, aseguró que él y la abogada “nos llevábamos bien, ya que ella era
abogada del pueblo y se preocupaba por ellos”.
2. La pistola.
El 7 de julio de
2011, dos meses después del asesinato de la abogada Luisa Juárez, la Policía
Estatal detuvo en el municipio de Jilotepec, Estado de México, a Víctor Eduardo
Sánchez García y a José Francisco Robles Valladares, por la portación de un
arma de fuego: una pistola Colt calibre .38 Súper, que llevaban en la cajuela
del auto que tripulaban.
Ambos sujetos fueron
procesados por el delito de portación de arma prohibida y, semanas después,
fueron puestos en libertad, tras el pago de una fianza.
Los dos detenidos
quedaron libres, pero la arma fue confiscada por las autoridades y pasó dos
años en una bodega de resguardo de evidencias, hasta que, finalmente, en 2013,
las autoridades se percataron de que esa pistola era del mismo calibre que las
balas con las que fue asesinada la abogada Luisa Juárez y, decidió emprender un
estudio de balística y microscopía, para determinar si se trataba del arma
homicida.
De forma paralela,
los portadores del arma, Víctor Eduardo Sánchez García y José Francisco Robles
Valladares fueron nuevamente citados ante las autoridades, ahora para
investigar su presunta participación en el asesinato.
Ambos negaron los
hechos, aunque uno de ellos, Víctor Eduardo Sánchez, reconoció ser empleado del
cacique local y amigo personal de su hijo (de nombre Juan Ramírez Zamudio), con
quien afirmó haber pasado la noche del 30 de abril de 2011, es decir, la noche
momento del homicidio.
No fue sino hasta abril de 2014, es decir, a tres años del crimen, que concluyó el estudio “micro-comparativo”
realizado al arma y las balas, y el resultado fue positivo: las ojivas con las
que la abogada Luisa Juárez fue asesinada, fueron disparadas por el arma
decomisada a ambos sujetos.
Aunque Víctor Eduardo Sánchez continuó negando los hechos,
aún después del resultado, el segundo
detenido, José Francisco Robles, confesó todo: según su declaración
ministerial, el hijo del cacique local, Juan Ramírez Zamudio, les pagó a ambos
un total de 40 mil pesos por asesinar a la abogada, como represalia por las
acciones que emprendió para recuperar las tierras de los ejidatarios
despojados.
A partir de ese
momento, ambos detenidos quedaron sujetos a proceso penal por el homicidio, y
también fue emitida una orden de aprehensión en contra de Juan Ramírez Zamudio,
hijo del cacique local.
3. La impunidad.
A dos años y nueve
meses de que fue emitida, dicha orden de captura sigue hasta la fecha sin ser
cumplimentada.
“Este hombre, Juan
Ramírez Zamudio, se pasea todas las noches por el pueblo –acusa la doctora
Cristina, hermana de la abogada Luisa Juárez– sin miedo de nada, porque su papá
es dueño del pueblo, y la gente los tapa, por temor a lo que son capaces. Por
el contrario: hubo gente del pueblo que se puso en contra nuestra, y desde que
mataron a mi hermana, no hemos podido regresar a San Agustín Buenavista. O sea,
nosotros vivimos desplazados, las tierras de mi papá quedaron abandonadas, y mi
papá, obviamente, quedó muy afectado, porque él es ahora una persona de 87
años, y a él le tocó escuchar cómo mataban a mi hermana y no pudo hacer nada
para ayudarla”.
– ¿La Procuraduría mexiquense le ha explicado qué impide
detener al último involucrado? –se le pregunta.
–No. Yo he estado
yendo a la Procuraduría constantemente, a la Dirección de Aprehensiones, y ya
van como diez directores de esa área desde 2014, y ninguno ha hecho nada para
ejecutar la orden de aprehensión. Por conocidos, sabemos que Juan Ramírez
Zamudio se fue un tiempo del pueblo, pero que hace varios meses que volvió,
anda libre dentro de San Agustín, porque sabe que ahí nada le va a pasar
–concluyó.
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