Alejandro Páez Varela.
En la serie That ’70s Show (El Show de los 70, creo que lo
llamaron en Latinoamérica), Red Forman es un estadunidense promedio de
Wisconsin, en el noreste que se conoce como “el cinturón oxidado”. Al inicio de
la serie, Red dura un buen tiempo sin empleo porque la fábrica donde trabajaba
cerró. Luego consigue trabajo en una cadena comercial, lo que a su vez hace
quebrar la tienda de su vecino y eso, por razones de la trama, lo disfruta.
Red es un gruñón bebedor de cerveza, típico norteamericano
pegado a los deportes por televisión, con presión y colesterol altos, que de
vez en cuando sale a pescar y cazar con su hijo y los hijos de sus vecinos.
Aborrece a los extranjeros y a los hippies; es conservador aunque no pisa la
iglesia; es veterano de guerra y tiene un odio particular por los autos
extranjeros. Ni en posters los puede ver.
–Yo fui a matarme con esos chinos (llama chinos a cualquier
asiático) y ustedes les compran carros –dijo en alguna ocasión. En otro
episodio insinuó que hubiera preferido no perdonar a ninguno de ellos en la
guerra, para evitar que ahora llenen de autos su país.
El “comprar
estadounidense, contratar a estadounidenses” no es una idea nueva, no es de
Donald Trump. Eso piensa el estadounidense promedio desde hace décadas. Y odiar
y culpar de todos los males a los extranjeros (sean extraterrestres, chinos o
mexicanos) es parte de su cultura. Esto último no sólo es parte de That
’70s Show, o de Trump, y un mexicano de
la frontera norte lo sabe. El odio que hoy asusta a los mexicanos lo conoce un
fronterizo desde hace décadas o, mejor dicho, desde hace siempre.
Lo que estamos
viviendo es simplemente un sentimiento extendido del blanco estadounidense…
convertido en una política de Estado.
Después de ocho temporadas exitosas, la serie de televisión
terminó, en 2006. Pero Red Forman, e incluso su vecino, habrían votado por
Trump.
Donald Trump no es
una contradicción. Trump es, en realidad, una confirmación de lo que el Estados
Unidos blanco piensa y quiere desde hace siempre.
De hecho, Trump está
en su derecho de querer levantar un muro en su territorio, y no me agarren a
pedradas por decirlo. Si te metes a mi casa –dice– sin mi permiso, puedo poner
cerraduras en la puerta y si insistes por las ventanas, las tapio; y si de
plano llegas con toda tu familia, me obligas a levantar un muro.
Trump tiene derecho a
revisar la relación de Estados Unidos con sus socios. Si estoy perdiendo en una
sociedad donde se supone que todos ganamos –dice–, tengo que ver de qué manera
dejo de aportar “la mayor parte”. Si durante 25 años fue superavitario el
TLCAN para México y sostuve una relación comercial que le abría oportunidades
para desarrollarse, no es mi culpa que
no lo haya aprovechado. Es su culpa si se hizo adicto a mis productos a la vez
que dejó de producir los suyos. Es su culpa si desmanteló sus sectores
estratégicos y yo conservé los míos. Esa es la lógica de Trump y lamento decir
que en eso, al menos, tiene derecho.
Trump tiene derecho a
pedir que se vayan todos los que entraron de manera irregular a Estados Unidos,
ya sea por su propia necesidad o la de los estadounidenses. Y de hecho, a Trump
le asiste la razón cuando habla con los suyos y les pide emplear a
norteamericanos y consumir lo norteamericano. Eso lo hacen muchos países del
mundo, de China a Chile y de Rusia a Canadá, y si México abandonó la política de impulsar la autosuficiencia y compra
todo del exterior, aún sea con dinero prestado, ése es problema de México,
no de Trump. Cualquiera que revise la
historia de Estados Unidos sabrá que en momentos clave, por razones de
seguridad o de fortaleza económica, ha llamado a su población a comprar sus
autos, los productos de su campo y de sus fábricas. No existe novedad en ello.
Pero a Trump no le
asiste la razón cuando quiere que México le pague su muro. Se equivoca cuando
usa en sus discursos términos como “violadores” y “asesinos”, o cuando genera
odio hacia los extranjeros para justificar los males de adentro.
Trump se equivoca
cuando menosprecia a otros hombres por su origen y color y enarbola una cruzada
contra ellos, invocando a los blancos y sosteniendo en los hechos la
supuesta necesidad de que esa primera minoría mantenga el poder hegemónico, por
la razón que sea, sobre todas las demás.
Ciertamente Trump no
tiene la culpa de que en 25 años descuidáramos México y entregáramos todo a
Estados Unidos. Es un empresario, piensa en dólares, aborrece las
consideraciones de género, odia a todos menos a él mismo. Tiene derecho a ser
así.
Pero no tiene derecho
a convertir su odio en un proyecto de Estado.
Con esto, digo: no hay sorpresa en Trump y, desgraciadamente, tampoco la hay en los
gobiernos mexicanos, que desmantelaron hasta la idea de lo nacional, lo
mexicano, lo nuestro, para entregarse a un proyecto que no era México y que si
no era con Trump, algún día iba a reventar por otro lado.
Me imagino que allá, en Atlacomulco, en algún momento,
cuando eran jóvenes, era posible decir, en medio de una borrachera:
–Yo conozco al de la tienda, vamos por unas caguamas.
Me imagino que en esa
lógica Luis Videgaray regresara, ahora en Relaciones Exteriores, porque tiene
un amigo que conoce a un amigo que conoce al cuñado de no sé quién que está
cerca de Trump.
Todo el sexenio
pensaron como si estuvieran en Toluca, o en Atlacomulco. Dinero para los
amigos, puestos para los amigos, contratos para los amigos.
Y ahora el Presidente cree que puede mandar a Luis por las
caguamas con el tendero, o con el amigo de un amigo que conoce al hijo del
tendero.
Carajo.
Sí creo, sin embargo, que lo que viene con Donald Trump
puede ayudarnos a repensar el país. Curioso que la presión para que nos
pongamos serios y analicemos lo que hemos hecho mal, venga del exterior. Pero a
veces así funcionamos.
Ojalá que Trump nos
haga voltear a ver al campo, hacia nuestros recursos naturales; nos lleve a
razonar lo que hemos hecho y no con la riqueza en el subsuelo y la riqueza que
todavía nos queda en las playas, el agua, los montes, nuestra gente, nuestras
tradiciones. Ojalá Trump nos conduzca a razonar estos 25 años de
liberalismo económico.
Nos toparemos con,
claro, cosas que ya sabemos: la corrupción, el compadrazgo, la envidia, el
saqueo, la rapiña. Y podremos descubrir, en la adversidad, que no tenemos por
qué seguir viviendo con gobiernos podridos, con hijos de la tiznada manejando
el destino del país como se maneja una casa de citas de mala muerte.
Ojalá al menos nos
renazca el amor por este suelo que pisamos y saquemos provecho de la
adversidad.
Que si no lo hacemos así, entonces queda tocar fondo. Pero advierto: tocará fondo la clase media
y los más pobres no podrán respirar. Y eso, amigos, no está padre. Eso, amigos,
desata revoluciones en las que, por desgracia, no siempre ganan los mejores.
Mejor repensemos México y atrevámonos. Aceptemos que el país
no está bien si la mitad es pobre y una élite vive de todos los demás.
Aceptemos que abandonamos nuestro papel de ciudadanos y nos dejamos atrapar por
los que nos vendieron un bienestar -las columnas falsas- mientras se profundizaba
la desigualdad.
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