Ana Cristina Ruelas.
¿Cómo se describe “la
impunidad” sin utilizar adjetivos hacia quiénes la provocan? Adjetivar la
narrativa siempre me ha parecido la forma más fácil de sacarle la vuelta a las
explicaciones. Sin embargo, hoy me disculpo pues quiero gritar ¡cínicos! ¡Descarados!
En los últimos años
he leído un sin número de alertas, comunicados, boletines… todos, absolutamente
todos, exigiendo justicia, verdad, investigaciones diligentes y efectivas. No
he visto que estas demandas se conviertan en acciones de parte de la autoridad,
al revés, parece que las apilan y las encriptan. La violencia es algo tan
cotidiano que para la administración de justicia es mejor dejar pasar, apostar
al olvido público y que venga el siguiente.
Un país tan desigual
requiere de impunidad para mantener el estado de las cosas. La opción es crear un escenario que permita acallar,
matar y juzgar a aquellos que se ponen de frente y tratan de eliminar cualquier
forma de poder y salir sin rasguños, como héroes que destruyen ciudades
enteras para salvar a la humanidad del desastre o lo que el desastre sería para
ellos, la igualdad.
La semana pasada uno
de los defensores de la tierra tarahumara fue asesinado. Como muchos otros
defensores, Isidro Baldenegro murió tras años de lucha. Una lucha que parecía
suya y de los suyos pero que al final también era nuestra, la del ambiente, la
de la tierra en la que vivimos, la del oxígeno que respiramos.
El asesinato de Isidro se dio en la semana en la que el Relator de las Naciones Unidas sobre la
situación de los defensores de derechos humanos, Michel Forst, estaba aquí y
así, cínicamente, le otorgamos el botón de la muestra. Él fue invitado oficialmente a conocer el estado de las cosas y México
le mostró nuestra cruda realidad: aquí se mata porque sí, porque se puede y
porque no pasa nada; porque aunque digamos que no, que tenemos leyes de
avanzada y una burocracia sofisticada, manejamos la ley de la selva, la del más
fuerte, y el más fuerte es el más poderoso, el héroe.
Para algunos, la
tierra, los árboles y el oxígeno es algo que estuvo, está y estará ahí, para
explotar, para hacerse más ricos. Para
Isidro Baldenegro, eran su casa, parte de su vida y su cultura. Decidí escribir
esta columna por él, porque en el mundo hay cada vez más defensores de la
tierra que son asesinados y, su lucha, considero, es una de las más valientes
de todas, la que ve por el futuro más lejano, la que ve por todos.
Por si fuera poco, el
Relator se encontró con un país en donde, descaradamente, la defensa de
derechos humanos es señalada como una justificación para la impunidad, en donde
incluso es perseguida, donde el gobierno ha sido incapaz de reconocerla como
algo fundamental pues por el contrario, lo estigmatiza y lo deslegitima.
Todos recordarán que
la segunda huida del “Chapo” de la cárcel, según el Secretario de Gobernación,
no fue culpa de la corrupción del sistema penitenciario o de la ineficiencia de
las instituciones del Estado, sino de la falta de un brazalete que hubiera sido
colocado sino hubiera sido por los protocolos de derechos humanos[1]. También
en los casos de tortura, el problema no es que un policía o militar obtenga una
verdad a costa de baños de inodoro, lo que genera impunidad y desconsideración
para las víctimas es defender a aquellos que tuvieron dos opciones: asfixiar la
verdad o morir.
En un mundo feliz, la defensa de derechos humanos es
innecesaria, el gobierno hace su trabajo, el uno respeta al otro, incluso, los
animales y las plantas tienen derechos de la misma jerarquía. Desgraciadamente,
en uno como el nuestro, la defensa se hace cada vez más necesaria. Pensemos ¿qué sería de nosotros si no
hubiera Isidros? ¿Cuántos árboles nos quedarían?
[1] ‘El Chapo’ pudo fugarse por los
protocolos de derechos humanos: Gobernación, disponible en:
http://www.animalpolitico.com/2015/07/el-chapo-pudo-fugarse-debido-a-los-protocolos-de-derechos-humanos-en-los-penales-segun-osorio-chong/
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