Martín Moreno.
Arrinconado,
empequeñecido, errático, Enrique Peña Nieto muta en Miguel de la Madrid,
ofreciendo pactos económicos artificiales y amorfos, y se prepara, desde ahora,
para meterse en la piel de Carlos Salinas de Gortari: salir aborrecido y
despreciado de la presidencia, con el único camino que le quedará a partir del
primer día de octubre de 2018: el exilio en el extranjero.
(O bien, Peña podría
mutar también, tras concluir su sexenio, en la zalea de su padrino político
Arturo Montiel, quien buscó el refugio vergonzante donde vegeta y divaga en la
soledad de un rancho suntuoso en el Edomex, solo, muy solo, abandonado,
pagando sus excesos, culpas y corruptelas. Viendo noche y día bajo una misma
hora: la hora del ocaso. Como Montiel, a
Peña siempre le quedará esconderse en un agujero de su adorada tierra
mexiquense).
Igual que Salinas,
Peña Nieto no podrá caminar tranquilo por ninguna parte del país. Ni siquiera
estaría tranquilo en Toluca, donde las protestas sociales aparecen cada vez de
manera más frecuente. Siempre recibirá el rechazo de mexicanos que le escupirán
la rabia por su mal gobierno.
Semejante a José López Portillo, Peña Nieto tendrá dos caminos pavimentados con piedras ardientes:
aguantar los insultos públicos a donde quiera que vaya, o, disminuido
físicamente, ocultarse y pasar los años atornillado en una silla de ruedas,
atormentado, débil y castigado – vaya paradoja del destino- por otra actriz.
(López Portillo era un atleta consumado en Los Pinos:
montaba a caballo, corría, boxeaba, nadaba y, aun así, acabó en un estado
físico lamentable. Peña Nieto, a sus jóvenes 50 años de edad, muestra signos
visibles e inocultables de un ser demacrado físicamente, con los ojos hundidos
y la mirada enrojecida, el cuello en un pellejo. No sabemos si realmente está
enfermo, como tanto se afirma. Sin embargo, por lo que vieron millones de pares
de ojos la noche del jueves 5 de enero, durante su mensaje en cadena nacional,
Peña aparece como un hombre enfermizo, disperso y agotado).
No podría ser de otra
manera. El gobierno de Peña Nieto ha sido un DESASTRE. Así, con mayúsculas.
Peña fue un desastre
cuando jamás entendió la magnitud del reportaje de Aristegui y su equipo: la
Casa Blanca obtenida mediante conflicto de interés con el Grupo Higa, bajo
vergonzante trueque: yo te doy contratos de obra pública y tú me financias mi
casa. ¡Y todos ganamos! La semilla de la ira ciudadana se sembró con ese
trabajo periodístico. Pero Peña no lo midió, lo soslayó, su grupo operó el
despido de Carmen y creyeron que con eso se resolvía el asunto. ¡Ilusos!
Peña fue un desastre
cuando le entregó la economía a su confidente y cómplice, Luis Videgaray, que
frenó el incipiente crecimiento económico del país, endeudó a México de manera
irresponsable y, si eso fuera poco, ayudó a la victoria del mequetrefe de Trump
al invitarlo al país, erigiéndolo, desde entonces, como presidente de EU. Y
más: Peña cerró los ojos cuando el diario Wall Street Journal reveló que el
“Vice-garay” también había adquirido casa con beneficios inmorales del Grupo
Higa. Hoy, Peña recompensa a su viejo amigo que llega de la mano del amiguismo
y de la improvisación a la SRE, con una frase tan cínica como indignante:
“Vengo a aprender”. ¡Vaya cachaza de Videgaray! ¡Vaya ofensa asestada a los
diplomáticos de carrera! Es un signo inequívoco del naufragio del gobierno
peñista.
Peña fue un desastre
cuando nunca comprendió la magnitud del caso Ayotzinapa: estudiantes muertos y
desaparecidos en Iguala. Igual que cuando se le informó de las protestas por el
gasolinazo, Peña Nieto jugó dos días golf, aislándose de los conflictos
sociales que hoy ya lo rebasaron, cobijado por sus amigos y viendo el césped
verde del campo de golf en lugar de mirar el llano en llamas.
Peña fue un desastre
al no atacar la corrupción de sus compañeros de partido, gobernadores a los que
alguna vez presentó como “el nuevo PRI”. ¡Qué película de terror! Allí andan
los Duartes – Javier y César-, Borge, Medina, Moreria y compañía, con los
dineros robados a cuestas y paseándose por el mundo como si nada debieran o
prófugos de la justicia ciega. Peña Nieto siempre los protegió. A Moreira hasta
lo sacó de prisión en España. El manto de la protección salía de Los Pinos, y
eso también lo pagará Peña.
Peña fue un desastre al no entender los nuevos tiempos que
en México se viven.
Peña fue un desastre al no darse cuenta del derrumbe de su
gobierno.
Peña fue un desastre como Presidente. Como líder. Como
persona.
¿El resultado? El
DESASTRE de su administración.
¿Qué hubieran hecho
ustedes?-, nos pregunta, en cadena nacional, Enrique Peña Nieto, sin darse
cuenta que al momento de hacer esa pregunta inaudita, se consolidó como un
presidente desorientado, naufragante, frágil. Un estadista no debe hacer una
pregunta tan pusilánime como la planteada por Peña, un mandatario ya sin
liderazgo, sin poder de convencimiento.
Y ante la rebelión
social que cada día crece y crece por todos los estados – se han cancelado
giras presidenciales debido a las protestas sociales-, Peña Nieto revivió
los pactos delamadridistas, bajo un título kilométrico pero, lo más grave:
confuso, disperso, sin una sola medida concreta que ayudara realmente a los
vapuleados mexicanos (tal vez una tregua fiscal en 2017, otorgar vales de
gasolina a los asalariados, vales de despensa a millones de burócratas, algo
duro y tangible). Nada que los
ciudadanos agradecieran. Muy al contrario: la verborrea de Peña y de sus
lambiscones – con cargo público, con fuero, con pluma y micrófono-, acabó por
agotar la paciencia nacional.
Millones quieren fuera a Peña Nieto de la presidencia, ante
el fracaso evidente de su gobierno. Se propone un “gobierno de transición” para
tratar de enderezar el rumbo. ¿Encabezado por quién: por Osorio Chong o por
Juan Ramón de la Fuente? Un gobierno emergente que llene el vacío peñista y
que, en los 21 meses restantes, medio enderece la situación y lleguemos a la
elección presidencial sin tanta crispación social.
Por lo pronto, Peña Nieto ha mutado en Miguel de la Madrid
para tratar de apaciguar la crisis priista de nuestros días, al resucitar los
viejos pactos económicos, adornados de demagogia y sometimiento.
Hace bien Peña. Que vaya ensayando el cambio de piel, porque
lo único que le espera a partir de octubre de 2018, será el exilio salinista o
el abandono montielista.
Ya lo veremos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.