Raymundo Riva Palacio.
Donald Trump se burló
del presidente Enrique Peña y de México. El gobierno es nice, su gente es nice.
Son tan buenos que pagarán por el muro
que va a buscar se construya tan pronto como arranque su gobierno dentro de
ocho días. Son tan buenos los mexicanos, que tendrán que aguantar que las
empresas que fabrican cualquier producto o componente exportado a Estados
Unidos, aprovechando las ventajas del Tratado de Libre Comercio de América del
Norte, pague un impuesto fronterizo por hacerlo, con lo que tendrá en sus manos
la decisión de manufacturar lo que quieran en este país, pero les costará más. Trump, condescendiente y paternalista,
anticipa que el presidente Peña Nieto, y a quien le pongan enfrente para
negociar lo que sea, bailará a su ritmo.
No es culpa de ellos, el gobierno de Peña Nieto o México,
dijo Trump, pero pagarán por lo que los políticos en Estados Unidos no
impidieron: que las ventajas fiscales que se dieron en México para las empresas
que se benefician del TLCAN, sigan aprovechándose de esos incentivos. Trump no
había dado una conferencia de prensa desde hace siete meses y este miércoles,
en su torre, en la Quinta Avenida en Nueva York, habló con la prensa durante 76
minutos y, al final, el presidente
electo fue exactamente el mismo que el candidato a la presidencia: altanero,
beligerante y soez. Su discurso sobre México no ha cambiado, sino que se ha
endurecido. Sólo Peña Nieto y su canciller Luis Videgaray piensan lo contrario.
La gran idea estratégica de hablar con Trump para tomar un
atajo en caso de que el republicano fuera electo presidente, porque de esa
manera podrían explicarle directamente la complejidad de las relaciones
bilaterales y modificaría el tono de su discurso, ha vuelto a probarse
equivocada. Trump no iba a cambiar su
forma de ser y actuar por el hecho de ser invitado con honores presidenciales –sin
salva de honor y ceremonia de los himnos– en Los Pinos, porque no está formado
como político, sino como un empresario pragmático que va acomodando sus fichas
en función de sus intereses. Un político requiere mostrar certidumbre en sus
interacciones y no ser una bala perdida impredecible.
Pensar, como lo
hicieron Peña Nieto y Videgaray, que organizó la visita en agosto, que podían
confiar en Trump, fue ingenuo. Cuatro horas después de despedirse de Peña
Nieto en Los Pinos, Trump insistió en que México pagaría por el muro. Lo
reiteró belicosamente este miércoles. Recordar el pasado es para evitar que
vuelvan a cometer errores en el presente. Sin
embargo, la negación en el equipo compacto del presidente es absoluta.
Después de la
avalancha de opinión pública negativa por la invitación, un secretario de
Estado muy cercano a Videgaray justificó que después de la visita Trump sí
había cambiado su discurso. No quería ver la realidad. No es seguro que
todavía perciban que van a lidiar con un presidente que no oculta el desprecio por quienes ve débiles o inferiores, que es la
forma como se refiere a Peña Nieto. Sin concesiones y directo. Qué pensará
el canciller que recién declaró que Trump es un hombre muy amable que siempre
ha negociado, con lo que sugirió que cuando arranquen las pláticas bilaterales
formales, las cosas no serán como se ven fuera del grupo en el poder.
Para México, Trump es un torbellino. Durante su conferencia
de prensa, el mercado de cambios se volvió loco. El dólar llegó a 22.31 pesos y
se estabilizó en ventanilla en 22.20, con lo cual fue la peor moneda en
comportamiento después de la lira turca y el peso colombiano. En el mercado de
futuros de Chicago, la cotización del dólar la ubicaron en 23.21 pesos. La
turbulencia se debe a la incertidumbre sobre qué va a pasar una vez que asuma
la jefatura de la Casa Blanca. En la víspera, Videgaray dijo que no habría forma, por razones de “dignidad y
soberanía nacional”, que México pagara por el muro. Un día después, Trump respondió, sin dirigirse al
canciller, al asegurar, onomatopéyicamente, que el financiamiento mexicano al
muro estaba fuera de duda, y además reiteró lo que piensa hacer para que más
empresas empiecen a empacar sus cosas en México y se instalen en Estados
Unidos.
La disonancia de los
discursos es notable, sin que se escuchara en la parte mexicana la sonoridad de
Trump. El presidente Peña Nieto tuvo la oportunidad de responder durante el
discurso del cierre de la reunión anual de embajadores y cónsules mexicanos,
donde reiteró que México no pagará el muro, pero no elaboró cómo va a impedir que el nuevo jefe de la Casa Blanca
imponga un impuesto fronterizo. Lugares comunes y posiciones principistas
de una política exterior, que perdió esa fuerza cuando decidió ser parte de la
alianza norteamericana, fue la respuesta de Peña Nieto a los gritos con
acciones claras que planteó el estadounidense horas antes. Ante las amenazas de
Trump a las empresas que invierten en México, mediante la amenaza de impuestos
especiales –que irán de 12 a 35 por ciento–, Peña Nieto dijo que se defenderán las inversiones, sin abandonar el
terreno de la ambigüedad.
No es con buenas
intenciones como va a enfrentar a Trump con éxito. Tampoco es con enunciados y
generalidades. Construir una buena relación con Estados Unidos es lo mismo
que busca Trump. El cómo es la diferencia. Peña
Nieto no mostró ninguna arma política ni diplomática. Trump cargó sus cañones.
La defensa mexicana no augura un buen año.
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