Raymundo Riva Palacio.
El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, estuvo en la
Ciudad de México la semana pasada para ofrecer dos conferencias –una pública y
una privada–, y entrevistarse con cuatro miembros del gabinete. El presidente Enrique Peña Nieto no tuvo tiempo para recibirlo,
como parecía que lo haría, y perdió la oportunidad de tener una opinión
informada de lo que pasa en Estados Unidos. De otra forma, habría escuchado lo que dijo ante un grupo selecto en el
Club de Industriales, el viernes, del presidente Donald Trump: todo lo que
prometió durante su campaña lo va a cumplir, pero lo hará peor de cómo lo
ofreció. Es decir, a cavar trincheras.
Stiglitz recomendó no
abrir el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, como dice Peña
Nieto que hará, y negociar sólo los temas no incluidos porque no existían en su
momento, como el comercio digital o el sector energético, cerrado en México en
ese entonces. Habría que acelerar la diversificación en todos los campos ante
la posibilidad –no lo dijo textual Stiglitz– de que el TLCAN que quiere Trump
sea inaceptable. Por la velocidad con la que Trump está cambiando el orden
mundial, urge analizar no sólo los escenarios para la negociación comercial,
sino si –en función de qué utilidad tendría entrar a ese proceso con un equipo
que dependerá del humor de su presidente, sus necesidades coyunturales y hasta
la dinámica de confrontación dentro de la Casa Blanca– vale la pena ir a una
negociación llena de incertidumbres.
Con Trump no hay de otra. Despachar en la Oficina Oval no lo
contuvo, y los contrapesos en su país no se ven capaces de frenarlo en el corto
plazo, el tiempo en el cual se mueve y juega el futuro de las relaciones de
México con Estados Unidos. La posibilidad de un proceso de desafuero por
violaciones a la Constitución tampoco parece estar en el horizonte próximo. Dos
años al menos para ello, dijo Stiglitz, cuando los republicanos estén más
seguros de no poner en riesgo la elección en el Congreso en 2018.
Si Peña Nieto no lo escuchó, podría revisar un ensayo publicado
en abril pasado en el Harvard Business Review sobre por qué Trump no entiende
sobre negociaciones, de Deepak Malhotra y Jonathan Powell. “El próximo
presidente de Estados Unidos necesitará ser un negociador extremadamente
efectivo”, escribieron. “Abundan los conflictos armados, las parálisis
políticas y las crisis diplomáticas. El presidente será llamado a resolver la
guerra en Siria, manejar las complejas relaciones con Rusia e Irán, lidiar en
puntos calientes como Corea del Norte, Libia y Ucrania, manejar las tensiones
con China, y revivir una relación bipartidista en el Congreso. Irónicamente, el
único candidato presidencial que ha subrayado su talento como gran negociador
es quien precisamente tiene los instintos equivocados y la inexperiencia para el
tipo de conflictos que el presidente enfrentará”.
Malhotra y Powell
explicaron que el enfoque de Trump no sería sólo ineficaz, sino desastroso por
la forma como desconoce que negociar con empresarios no es lo mismo que hacerlo
con gobiernos. La diferencia crucial es el objetivo, expusieron. Al
negociar un contrato de negocios, se calcula cuánto dinero está sobre la mesa
para considerar todas las formas en la cuales se pueda llegar a un acuerdo para
captar la mayor parte del valor creado. Pero
para negociar en un conflicto de alto riesgo, hay que convencer a la otra parte
de aceptar su solución, sin tratar de aplastarla, y colaborar para alcanzar un
acuerdo que evite el desastre. En ese sentido, recordaron cómo Trump usaba la
palabra “derrotar” al hablar de México, China y Japón.
“La idea prevaleciente en una negociación donde se dé un
juego de suma cero, es peligroso en el contexto de conflictos prolongados y
negociación internacional compleja. Cuando se negocia con personas electas al
otro lado de la mesa… no eres sólo su adversario, sino también un socio cuyo
trabajo es ayudarlo a pensar de manera más creativa para vencer la desconfianza
y, lo más importante, para vender ese acuerdo a sus gobernados. Aún las
propuestas más generosas pueden ser rechazadas si la otra parte es humillada...
y no puede presentarse como victoria”, apuntaron.
“Trump no entiende esas dinámicas, como es evidente en su
posición de política exterior más articulada: construir un muro en la frontera
con México que pague el gobierno mexicano. El extremo de esa posición alcanzó
un crescendo cuando el expresidente Vicente Fox anunció fuerte y obscenamente
que México nunca iba a pagar por el muro. ¿La respuesta de Trump?: ‘El muro
acaba de elevarse tres metros’. Esto parece ser su forma de decir, ‘si rechazan
mi oferta ridícula, escalaré las cosas para hacerlas aún más ridículas’. No
estamos familiarizados con ningún contexto de negocio legítimo donde esta
táctica haya dado resultados”.
El ensayo es una radiografía. ¿Cambiará Trump? No parece,
cuando menos en el corto y mediano plazos. ¿A dónde irá la negociación con él?
A mayor confrontación. Pensar en atrincherarse y acelerar la diversificación,
como propone Stiglitz, deber ser la prioridad. Y antes de que tire Trump el TLCAN a la basura, que sea México el que
plantee que no hay condiciones para seguir dentro de ese acuerdo, y que el
comercio bilateral se rija por las reglas de la Organización Mundial de
Comercio, donde si Trump quiere violar las normas y pelearse con México, lo
hará con el mundo. ¿Será difícil? Sin duda. Sin embargo, peor será cuando se llegue al mismo
destino, pero empujados a patadas por Trump.
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