Salvador Camarena
Dios te salve febrero que nos has hecho el milagro del
gasolinazo.
Bendito sea el petróleo que no subió tanto y el dólar que
bajó un poco.
Santos sean los partidos y el bondadoso gobierno.
Qué bueno que ellos ruegan por nosotros, el pueblo de
pecadores que no entendió que el aumento de enero era por nuestro bien; ahora y
en la hora de nuestros graves riesgos económicos, amén.
Una disculpa si alguien se siente ofendido con los recursos
religiosos que toma prestados esta columna.
Pero el coro nada angelical de políticos de toda índole que
en las últimas horas claman al cielo para detener los gasolinazos de febrero es
más propio de una jaculatoria que de un país que se creía en el siglo XXI.
México despertó en 2017 con el cubetazo del aumento de los
combustibles.
El gobierno se
esforzó (es un decir, lo correcto sería recordar que voceros y secretarios se
fueron de vacaciones) por explicar el aumento con irreductibles leyes
mercantiles y el gusto de Hacienda por recaudar vía los combustibles.
Fuimos advertidos de
que el paraíso se alejaba, que la penitencia por los pecados cometidos en
contra de nuestra suficiencia energética comenzó en enero, y que por la
siguiente eternidad viviríamos en un purgatorio donde los precios
internacionales del petróleo, la paridad cambiaria y el impuesto especial –que,
hijos míos, daña más a esos ricos de suburban que no podrán entrar al reino de
los cielos– marcarían nuestro porvenir.
Desde todos los
púlpitos posibles el gobierno desplegó (es otro decir) campañas publicitarias y
cuestionables consejos para ahorrar combustible, mientras propagandistas de la
fe gubernamental fueron a los programas de espectáculos de la radio y la
televisión para que en esa visita a los templos mediáticos quedara claro que
dios gobierno nos quería y que por nuestro bien había que tomar el cáliz del
gasolinazo.
Los ciudadanos están
lejos de ser unos salvajes a los que es menester catequizar con el credo
energético.
El “ustedes qué hubieran hecho”, pronunciado por Enrique
Peña Nieto, pero subyacente en tantos discursos de los apóstoles priistas,
resultaba agraviante para el ciudadano porque esta clase política –incluida la
oposición (última vez que en esta columna digo “es un decir”)– sabe que la sociedad sí comprende la racional
explicación de nuestra dependencia energética, pero lo que no acepta es que para
unas cosas se apele al mercado y sus inflexibles reglas, mientras que para los
privilegios de los gobiernos se crea en los milagros y se resistan a una
genuina austeridad.
Lo que la ciudadanía
no se traga es eso de que los políticos se hagan como que les habla la virgen:
amar a Dios en tiempos de gasolinazos debería incluir recortar el presupuesto
de los partidos, cancelar canonjías en las legislaturas, atacar la impunidad de
los gobiernos estatales, mitigar la voracidad de los órganos autónomos, y castigar
los conflictos de interés en la administración Peña.
Que no vengan ahora con aleluyas. Que Enrique Ochoa, quien hace un mes pidió no politizar el aumentazo,
hoy no se dé golpes de pecho exigiendo al gobierno que abra las aguas para que
el pueblo del señor sea expiado del pago de un nuevo incremento.
Falsos profetas del
mercado. Saben que las estrellas se alinearon, y en vez de hablar con
honestidad a la sociedad, a la que tratan como ignorante, quieren colgarse la
medalla del misterio gozoso de que en febrero un dólar a la baja y un petróleo
estable podría no hacer necesario un significativo aumento.
Santurrones del oportunismo, opio del pueblo estos partidos.
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