Jorge Suárez-Vélez.
Una generación de mexicanos creció acostumbrada a un país
abierto que comercia y compite. No imaginan el acceso limitado a marcas de
automóviles, televisiones o electrodomésticos, típicamente de mala calidad y a
precios considerablemente más altos de lo que costaban en el extranjero. Están
acostumbrados a pensar en Estados Unidos como socio, más que como el agresivo y
arrogante gigante del norte.
El TLCAN permite demostrar que, con reglas claras, México se
puede desarrollar y puede competir. La inversión internacional detonada por el
acuerdo comercial obedece a la predictibilidad implícita en éste.
Imposibilita que las reglas cambien de repente por la
voluntad de un presidente o de un secretario, pues fueron negociadas en acuerdo
trilateral. Ofrece la certeza de que en caso de controversia será una Corte en
Estados Unidos la que la dirimirá con objetividad, evitando tentaciones de
'comprar' justicia. El crecimiento en estados y sectores directamente
involucrados ha sido extraordinario, comprobando lo que sería posible lograr en
un país donde imperara la ley.
Es importante entender que con o sin Trump, Estados Unidos
seguirá siendo nuestro poderoso vecino y, más que eso, nuestro socio.
Personalizar nuestra relación en un presidente
crecientemente errático e impopular, sería un error. Es vital no caer en
trampas y provocaciones. Empezamos a conocer el estilo del bravucón. Se lanza
hasta la cocina con intimidaciones incumplibles, pero al hacerlo mueve el punto
medio de la negociación mucho más cerca de su objetivo.
Su amenaza de 20 por ciento de impuesto a las importaciones
mexicanas es tan absurdo como imposible. Para empezar, es el Congreso quien
decide, no él; pero, además, estaría a años luz de lo que la Organización
Mundial de Comercio permitiría.
Claro, él podría decidir renunciar a ésta, pero en ese
escenario habría una guerra comercial mundial en la cual ese impuesto sería el
menor de nuestros problemas.
Es absurdo, por ende, que caigamos en medidas infantiles,
como dejar de viajar a Estados Unidos mientras él sea presidente. Él no se va a
enterar, no hará un milímetro de diferencia, y es importante sí interactuar con
decenas de millones de estadounidenses (y más todos los días) que rechazan lo
que Trump hace; es mejor que oigan de nosotros, que empaticen, que entiendan la
importancia de México en su vida cotidiana. Lo mismo con el 'boicot' a empresas
estadounidenses en México. Howard Schultz, presidente de Starbucks, ha sido uno
de los mayores críticos del presidente y anunció que contratará a diez mil
refugiados en sus establecimientos. Hagamos alianzas, no pataletas; seamos
menos ingenuos y más inteligentes.
Parece poco probable que el TLCAN se renegocie, a no ser que
esto ocurra por error. México debe dejar transparentemente claro que no estamos
dispuestos a reabrir el texto. Ante la simple sugerencia de hacerlo, yo me
levantaría de la mesa.
Actualizar el tratado
con acuerdos paralelos tiene sentido. Ojalá nos pidan uno para forzarnos a
políticas anticorrupción con dientes. Sería inteligente, pues eso sí limitaría
la participación de entidades chinas en nuestro país, indeseable para ellos.
La cancelación del
viaje del presidente Peña a Washington fue un acierto. Haber esperado a hacerlo
hasta que Trump prácticamente lo desinvitara, fue un error. El canciller
Videgaray parece demasiado dispuesto a ceder de más y a que nos pongamos de
tapete, como lo hizo con la visita de Trump como candidato. Trump necesita
vernos fuertes y decididos, o estará tentado a arrollarnos. Debemos rechazar
cualquier negociación que ocurra con el reflector encima. Éste se empieza a
alejar a raíz de la crisis de refugiados y de la primera nominación a la
Suprema Corte. Es como en el patio del recreo, pelearse con el bravucón en
público es mala idea porque querrá hacer alarde de su fuerza, doblegándonos. Es
mucho mejor negociar sin público. También es importante no dejar que los medios
amarren navajas. Ellos quieren cubrir conflictos, no acuerdos.
Estados Unidos sigue siendo una gran nación y un socio
deseable.
Tener tres mil kilómetros de frontera con el mercado más
grande del mundo es un privilegio. Empiezan a mostrar que hay instituciones
fuertes dispuestas a enfrentar al volátil mandatario. ¡Cuánto me gustaría ver en México a gente en el Senado o en la Procuraduría
dispuesta a enfrentar al presidente en su primera semana de gobierno, como lo
hicieron el senador McCain o la subprocuradora Yates; cómo quisiera ver a
jueces federales bloqueando una orden presidencial, como ocurrió el domingo!
¡Cómo quisiera ver que gente en México, no afectada directamente, salga a
protestar en plazas y aeropuertos ante una orden presidencial que rechazan por
principio!
Nos defiende un
gobierno que ha perdido credibilidad por su propia corrupción, por cobijar
impunidad y por su paupérrimo manejo de las finanzas públicas.
Apoyémoslo en su
negociación, pero sin dejar de exigir que pongan la casa en orden. Nada
fortalece más nuestra postura que mostrar que somos un país serio donde la ley
impera y la sociedad exige y participa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.