Desde antes de ganar la delegación Cuauhtémoc, Ricardo
Monreal levantó la mano y dijo, con todas sus letras, que quería ser Jefe de
Gobierno. Desde entonces no deja de repetirlo cada que alguien se lo pregunta.
Hubo quienes en campaña le criticaron que pretendiera dar el
salto. En un mundo, como el de la política, lleno de medias verdades y mentiras
completas, donde pocos hablan con franqueza y prefieren darse “por muertos” o
niegan querer otro cargo porque su “única prioridad es con sus electores”, se agradece
no darle vueltas a una aspiración futura. A final de cuentas, los habitantes de
la Cuauhtémoc, donde ganó Monreal, votaron por un delegado de dos años y medio.
Sabían que se iría antes de concluir el cargo, y eso eligieron.
También antes de
ganar, el ex gobernador de Zacatecas dijo que, a la mitad de su mandato, se
sometería a una votación para ser ratificado en el puesto o removido. El
momento se acerca y será en marzo próximo cuando tenga que enfrentar la primera
prueba de fuego. En los hechos, será la primera aduana.
La segunda, de pasar
la prueba, será la contienda interna para hacerse de la candidatura. Ahí sus
rivales serán la jefa delegacional en Tlalpan Claudia Sheinbaum y el presidente
de su partido en la CDMX Martí Batres. La última, por increíble que resulte,
luce más sencilla por la fortaleza de Morena en la capital: la elección de
2018.
Ayer el delegado en
Cuauhtémoc estuvo en el Instituto Electoral del Distrito Federal (IEDF) y
presentó un proyecto para solicitar se convoque a la ratificación o revocación
de su mandato. Según el delegado, la votación entre los habitantes de una de
las demarcaciones más importantes del país podría decidir su futuro en marzo
próximo; es la primera vez que se lleva a cabo un a petición de un mecanismo de
este tipo.
Monreal hoy aparece en una posición inmejorable, de cara a
2018. Es cercanísimo a AMLO –aunque hay quienes filtran un supuesto
distanciamiento-, de quien fue coordinador de campaña en 2012; las encuestas lo
colocan como el mejor posicionado y uno de los que mayor conocimiento tiene
entre la ciudadanía; y encabeza la joya de la corona capitalina, la Cuauhtémoc,
lo que le da reflectores.
Pero si quiere
aspirar a gobernar la Ciudad, necesita demostrar cómo lo haría. Su actual
cargo, será el trampolín que pueda catapultarlo al gobierno de la CDMX -su
verdadera plataforma electoral- o podría ser su tumba. Porque llegado 2018 lo
que deberá vender no son promesas, sino acciones.
Por eso someter su
cargo a la opinión de los ciudadanos que gobierna es la prueba de fuego. Si
reprueba y es obligado a irse, se acabó 2018 en 2017. Si, por el contrario,
sale bien parado y la mayoría decide su permanencia, quedará fortalecido.
Sería, en los hechos, el inicio formal de su campaña.
Claro que para todo eso, deberá primero convencer al IEDF
que en octubre pasado le dijo que no puede organizar el ejercicio. Así que, o
lo persuade, o deberá buscar un plan B.
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