“¿Dónde venden los boletos para la marcha
VIP?”, pregunta por el altavoz un hombre. Afuera del Auditorio Nacional 80
policías impiden el paso de un autobús con bocinas. Su frente chorrea gotas de
sudor. “Tenemos que dar la lucha contra la plutocracia. ¡Fuera Peña!” grita.
Sus compañeros entonan mexicanos al grito de guerra para avanzar, pero las
botas de los granaderos son inamovibles.
La marcha de blanco avanza sobre Reforma. La música del
organillero se mezcla con el silencio de los manifestantes. “Esta es una marcha
a favor de México y de las instituciones”, dice un hombre con un sombrero para
evitar la insolación. Detrás de él marcha su esposa y sus hijos con un blanco
aséptico. Aquello es un paseo dominical, una impostación de la disidencia.
“Esta no es la misma gente que siempre
protesta”, cuenta Óscar Domínguez, un vendedor de banderas negras. Está en la
retaguardia de la marcha y sólo ha vendido poco más de cien banderines. “México
siempre va a ser el títere de Estados Unidos y Trump nada más anda meneando a
Peña”, dice el hombre de 46 años que regularmente vende 500 banderas en una
marcha.
En un carrito de Walmart, una figura de Trump avanza entre
la gente. “Abran paso al fascista, abran paso al racista, abran paso al
ignorante, abran paso al misógino”, gritan los jóvenes del Centro de
Investigación y Docencia Económicas (CIDE) mientras empujan el carrito de
supermercado decorado con un muro de unicel.
Su forma ideológica es la del multiculturalismo, “migrante aguanta, el pueblo se levanta”, pregonan
como una forma inconfesada del racismo para mantener los privilegios de la
tecnocracia ilustrada. “No a las marchas
ambiguas, definamos objetivos”, les grita en su cara un solitario
manifestante.
Los de blanco tienen un complejo dilema moral: no hay que
ser solidario con los desposeídos, sólo hay que tolerar la forma en cómo los
campesinos chupan una naranja frente a ellos. En la Estela de Luz, un grupo de
jóvenes en patines esquivan conitos anaranjados. Ellos sólo quieren sentir el
vértigo del viento.
Alrededor del Ángel,
Fidel Delgado, de 57 años, flota con globos una manta con la leyenda “Fuera Peña”.
“Estamos aquí para abrir conciencia de que el enemigo está adentro, Peña
aniquiló nuestras esperanzas”, cuenta mientras recibe reclamos de las
mujeres de blanco: “Te equivocaste de marcha”.
La glorieta del Ángel es una kermés. Evencio Montiel, un vendedor
de tacos de suadero, analiza a los impolutos manifestantes. “Esta gente es de
otra clase, no come tacos de tripa”, asegura. Frente a su puesto ambulante, una
mujer de cabello rubio se tapa la nariz con una bandera mientras un niño los
anima a gritar Mé-xi-co.
Para los manifestantes en el Ángel, marchar es un doloroso
sacrificio por el bien de la nación. Las mujeres con copetes estilizados no tienen
reivindicaciones específicas (no protestan contra el capitalismo, ni exigen la
libertad de los presos políticos), sólo saben gritar México y vibrar con el
olor de los tacos de longaniza.
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