Salvador Camarena.
Hoy, jueves 16 de
marzo, conoceremos la historia de Alma Rosa Rojo. Lo único que podemos
adelantar es que Alma Rosa es una buscadora. Lo que ella busca es a un familiar
desaparecido. Lo que ella hace es lo que debería hacer el Estado; lo que ella
intenta por sus propios medios es llenar el hueco que dejan distintos gobiernos
omisos, que se han desentendido de 30 mil desaparecidos en México.
Desde el 9 de marzo, el
colectivo periodístico Pie de Página inició la publicación de historias de
Buscadores (http://piedepagina.mx/buscadores/index-.php), de gente como Alma
Rosa que abandona sus actividades cotidianas para rascar la tierra en búsqueda
de sus seres queridos.
En la primera entrega
de estos reportajes en forma de documental, Mario Vergara (Huitzuco, Guerrero)
narra que un día no pudo más con la losa de saber que su hermano estaba
desaparecido y que las autoridades nada hacían por buscarlo. Eso fue en 2014.
“Tuvo que pasar la tragedia de los 43 para que nosotros nos volviéramos
buscadores, para que dijéramos estamos hasta la madre del pinche gobierno, ya
no le creemos nada”.
Mario cuenta cómo ha
tenido que leer protocolos de la PGR sobre exhumación de cuerpos, libros de
anatomía humana, manuales de primeros auxilios de la Cruz Roja, porque en el
monte padecen accidentes. Además aprendió a rapelear para acceder a barrancas,
y a protegerse de las víboras. Se compró coderas, rodilleras, binoculares,
mochila, GPS. Pero nada lo preparó para la primera vez que encontraron restos.
“Llegamos al paraje
La Laguna y empezamos como locos a escarbar, y que saca el primer hueso… nos
derrumbamos”, cuenta Mario en el video de escasos cinco minutos.
En la segunda entrega de Buscadores, publicada el 13 de
marzo, Silvia Ortiz narra los esfuerzos
del grupo Vida, de Torreón, Coahuila. En el documental se ve a un puñado de
mujeres batir la tierra, a mano limpia o con cernidores, en búsqueda de un
resto humano, por diminuto que sea. Porque lo que están buscando no es un hueso
o un tejido, sino “un pedacito del corazón de alguien”.
Estos buscadores, como
los integrantes del Colectivo El Solecito, que la semana pasada reportó que de
agosto a la fecha han encontrado en un paraje de Veracruz 120 fosas con 244
cabezas, no sólo están haciendo, como dice el guerrerense Mario Vergara, “el
trabajo que el gobierno no hace”.
Están, sobre todo,
evidenciando la lejanía que existe entre la clase política (que incluye al
subgrupo “clase mediática”) y la ciudadanía. Y esa debería de ser la
lección de lo que le pasó a López Obrador con Antonio Tizapa, padre de uno de
los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, en Nueva York.
La clase política/mediática chapotea en el altercado
neoyorquino de AMLO. Priistas y panistas se regodean con el incidente, mientras
los pejistas minimizan el patinón. Pero nadie habla de la verdadera tragedia: Tizapa es un buscador, y sigue con sus
protestas, provocadoras sin duda, porque un día su hijo no volvió a casa, y
porque lo más seguro es que hoy a su hijo no lo esté buscando nadie con salario
a cargo del erario.
“En este país hay
tres opciones cuando sales a la calle. La buena, que regreses a tu casa. La
media buena, que te encuentren asesinado, ahí, tirado en la calle. Y la peor es
que estés desaparecido”, apunta Mario Vergara.
Porque si estás desaparecido, agrego yo, salvo un pequeño
grupo de buscadores y provocadores, se olvidarán de ti los gobiernos, los
partidos y hasta buena parte de los medios.
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