Alejandro
Páez Varela.
Contra lo
que he leído y escuchado, yo no pienso que fuera parte de un plan del Gobierno
federal los arrestos de Javier Duarte de Ochoa y de Tomás Yarrington en estas
fechas. Para simular que iba contra la corrupción, el Presidente Enrique Peña
Nieto bien pudo dar un paso menos arriesgado: presionar hasta que saliera el
Sistema Nacional Anticorrupción, por ejemplo. No poniéndose dos trompos en una
uña; no subiéndose al toro mecánico justo antes de las elecciones en el Estado
de México.
A Yarrington lo agarraron en Italia
porque ya lo tenían. El Gobierno de Estados Unidos y la Interpol lo tenían. Fueron
por él, y ya. No estaban pensando en las elecciones y en cómo pudiera afectar a
Alfredo del Mazo.
A Javier Duarte de Ochoa lo tenían
ubicado Interpol y el Gobierno de Guatemala. Y México no tuvo más opción que
“administrar” el arresto: sí, permitió al ex Gobernador reunirse por última vez
en un hotel con toda la familia; sí, le llamó para avisarle que saliera de su
cuarto para que no se asustaran los niños y su esposa; sí, quizás le prometió
que sería benevolente con Karime. Pero fue inevitable detenerlo en estos días.
Estaba ubicado y, esto concluyo ahora, no iba a ser posible ni hacerse güey, ni
hacer güey a la Interpol o a las autoridades guatemaltecas, hoy revalidadas en
el plano internacional por sus recientes golpes contra la corrupción.
Cayó Javier
Duarte y ya. En Guatemala no estaban pensando en cómo pudiera afectar a Del
Mazo o las elecciones en Coahuila.
Lo que al Gobierno federal le hubiera
gustado era mantener su caravana de secretarios de Estado en el Edomex,
repartiendo dádivas y promesas como le ha hecho durante décadas.
Pero las cosas salieron
patas-para-arriba. La campaña de Alfredo del Mazo se ha visto obligada a lidiar
no sólo con la ineficiencia de Eruviel Ávila y de Enrique Peña Nieto sino con
escándalos mediáticos acumulados durante un sexenio que ha apostado a dorarle
la píldora a los ciudadanos con la esperanza de que, a la hora de votar, se
olviden de ellos.
Detenido Javier Duarte en Guatemala,
lo único que debía hacer el Gobierno de Peña Nieto era ir por Karime Macías y
el resto de la familia vinculada con el desfalco de Veracruz. NO LO HIZO. Le ganó su propia inercia, la inercia sexenal: dejar ir, dejar ser, esperar a que las
multitudes no lo noten y si lo notan, que lo olviden. Y si alguno de los
propios roba y lo descubren, no investigarlo, no molestarlo, mantenerlo bajo la
cobija y esperar a que las multitudes no lo noten y si lo notan, que lo
olviden.
Pero pocos políticos han sido tan
odiados como Duarte de Ochoa y la gente no olvida que gobernó ladrando,
despotricando contra los ciudadanos, menospreciando a todos y apagando a
madrazos cualquier exigencia, como un dictadorcete de mierda. Así lo dicen los
activistas ignorados y permanentemente bajo asedio; pregúnteselo a una familia que se
las vio con su policía o con su Fiscalía (y, por cierto, la de Miguel Ángel Yunes está acumulando el mismo
rencor, en apenas unos meses). Pregúntese en Veracruz qué recuerdan de Duarte y
verán.
O pregúntenle a cualquier periodista
de a pie qué era Duarte y le dirán: un dictador tramposo y corruptor, que
pagaba a una gran mayoría de los medios para controlarlos y para poder darse el
lujo de, si alguien se le salía del carril, poder pedir su cabeza. Váyase al
archivo: Duarte compró silencios por todas partes y usó el garrote para aplacar
a los que no compraba. Y eso, estimados, en algún momento iba a explotar. Pregúntenle a los periodistas que perdieron su empleo o a los que
tragaron puños de pelotas de golf para conservarlo. Duarte hizo todo para aplastar, todo: humilló políticos, gritó a
empresarios, le manoteó a los reporteros. Y pagó, harto dinero. Hubo diarios
nacionales que ni siquiera cubrieron el asesinato de Rubén Espinosa, Nadia Vera
Pérez, Yesenia Quiroz Alfaro, Mile Virginia Martin y Alejandra Negrete Avilés.
Vaya a los buscadores de los medios que sospeche y aplique “Rubén Espinosa”
para recuperar esa cobertura.
No, Javier Duarte de Ochoa se ganó el
odio a pulso. No iba a ser tan fácil olvidarlo. El Gobierno de Peña Nieto
calculó mal: debió ir por Karime, su esposa, y por el resto de la familia
vinculada con el desfalco de Veracruz. Y no lo hizo, y esperar a que las multitudes encabronadas no lo notaran y si lo notaban
–en ese juego sigue–, que lo olvidaran.
Duarte negaba con tanta vehemencia
todos sus crímenes que quizás para muchos era convincente. Y luego, cuando
escuché (en la sesión abierta de Guatemala) que los testigos decían que
agarraba dinero de una Secretaría y después daba órdenes para que lo cubrieran,
así como así, terminé
por confirmar mis sospechas: Duarte es,
simplemente, un idiota pasándose de listo. Y podía ser idiota y abusivo porque
podía.
Lo peor es que puede, todavía,
burlarse de todos nosotros. De hecho, apostaría a que lo hará. Nada me dice que en este país se
puede hacer justicia. Por defecto, el Gobierno federal apostará a que las
multitudes vociferantes no lo noten y si lo notan, que lo olviden.
Podrá estar detenido pero de que se
aplique la justicia, todavía estamos lejos.
Javier
Duarte y Alfredo del Mazo no imaginaban que caminarían este tramo del sexenio
junto, como si fueran fórmula. El
primero esperaba otra cosa, como ya he citado: irse al Gabinete; tenía
invitación del Presidente Peña. El segundo soñaba con ingresar simplemente al
Palacio de Gobierno de Toluca como su padre, sus amigos y su primo: por la
puerta ancha.
Pero a los dos se le ha atorado la
realización de sus respectivos sueños. La campaña de Del Mazo no va bien, a
pesar de los miles de millones de pesos que reparten Eruviel, Peña y el PRI.
Ahora Duarte impacta en las
aspiraciones de Del Mazo. Es el ejemplo vivo de lo que significa votar por el
PRI, y es el futuro
de los mexiquenses, si es que se atreven a votar por los mismos que
empobrecieron a sus bisabuelos, empobrecieron a sus abuelos, empobrecieron a
sus padres y los empobrecerán a ellos y a sus hijos sin ningún remordimiento.
Las carreras de Duarte y Del Mazo se
cruzaron y es un mal momento para ambos… aunque un buen momento para los
ciudadanos porque pueden ver en el retrato del primero lo que les espera si
votan por segundo.
Del
Mazo-Duarte, 2017. ¿Quién iba a decirlo?
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