Diego Petersen Farah.
Con la definición de corrupción sucede algo similar que con
los gordos o los chaparros. Todos los que somos un poco obesos pensamos que el
gordo es el otro. Y el obeso siempre tiene como referencia a otro que es mucho
más gordo. Pero un anoréxico nos verá a todos como unos perfectos marranos. He
visto a personas de 1.60 metros hablar con desprecio de “ese enano”, porque el
otro mide dos centímetros menos. Pensamos que lo gordo o lo chaparro es
relativo, a pesar de que existen convenciones y definiciones médicas muy claras
de cuál debe ser la relación entre peso y estatura.
Algo muy similar sucede
con la corrupción.
Uno de los problemas más complejos cuando
queremos combatirla es justamente que nadie se ve a sí mismo como un corrupto.
Un Gobernador o un
Presidente municipal ratero piensa que, corrupto corrupto, lo que se llama
corrupto, Padrés o Duarte (en cualquiera de sus dos versiones, Chihuahua o
Veracruz) y estos seguramente piensan que los verdaderos corruptos son los
funcionarios federales o el Presidente de la república que hacen negocios con
grandes compañías transnacionales, y así sucesivamente hacia arriba y hacia
abajo. Nadie, ningún policía, empresario o secretario de Estado se ven en el
espejo y dice “mira, un corrupto” porque en el momento que se reconozca como
tal sería incapaz de darle los buenos días a sus propios hijos.
La corrupción no es
cultural, como dijo Peña Nieto; es un delito. Lo que sí es
cultural es la aceptación social de la corrupción.
El trato que damos a
los corruptos es parte fundamental del ecosistema del cochupo: mientras los
partidos no expulsen a los funcionarios corruptos; las Cámaras empresariales
mantengan como agremiados a los grandes corruptores y sigan siendo sus
cómplices a través de las comisiones de adquisiciones que avalan compras
amañadas o a sobre precio; mientras veamos como normal el enriquecimiento de
funcionarios públicos y festejemos como inteligente a quien logró un contrato
que daña el erario, los corrutos se verán al espejo y verán a una persona
“exitosa”.
No es casual que los
partidos no se hayan puesto de acuerdo, o más bien, no hayan querido ponerse de
acuerdo, en el nombramiento del fiscal anticorrupción. No les da miedo, les da
pavor que el sistema anticorrupción vaya a funcionar porque la mayoría de los
actuales diputados, senadores, y funcionarios de todos los niveles son
producto, en menor o mayor medida, de la corrupción.
Ninguno se ve a sí
mismo como gordo, pero todos se conocen sus propias lonjas; saben que no es lo mismo verse en el
espejo que subirse a la báscula; saben
cuánto pesaban antes y cuánto pesan ahora. Siguiendo con nuestra metáfora no quieren a un flaco (que sería el
equivalente a un purista) mucho menos a un nutriólogo persiguiendo a los peces
gordos; quieren a un gordo que entienda lo que es tener hambre todo el día.
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