Cuando algún político priísta se ve
acusado de corrupción, el presidente del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del
Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Ochoa Reza, se pronuncia
por la prevalencia del castigo.
“Exigimos que la Procuraduría General
de la República continúe con los procesos de investigación en contra de Javier
Duarte, que se cumplan las órdenes de aprehensión, que se establezca todo un
procedimiento”, dijo
Ochoa Reza el 19 de noviembre en conferencia en Culiacán, Sinaloa, al término
del Primer Congreso Nacional de Juventudes priístas y a propósito de la fuga
del ex mandatario veracruzano.
“Lo hemos señalado fuerte y claro: en
el PRI estamos a favor de que los corruptos terminen en la cárcel”, dijo el dirigente nacional el lunes
pasado, cuestionado en una gira proselitista en el Estado de México y luego de
que se hizo pública la detención del ex Gobernador de Tamaulipas, Tomás
Yarrington.
Las afirmaciones, sin embargo,
contrastan con el tiempo tomado en el Tricolor para marcar distancia de estos
políticos, contra quienes la dirigencia empezó a ejecutar expulsiones sólo a
partir del año pasado y una vez el partido había perdido siete elecciones
estatales.
Yárrington Ruvalcaba, por ejemplo, fue suspendido de sus
derechos partidarios desde mayo de 2012 pero expulsado del PRI el 16 de diciembre pasado, cuatro años después de que inició la revisión de su militancia en la
Comisión Nacional de Justicia Partidaria y de que fue acusado de recibir dinero
del narcotráfico desde al menos 1998, cuando era candidato del PRI al Gobierno
de su entidad.
Humberto Moreira Valdés, detenido el año pasado en España por
cargos de lavado de dinero y malversación de recursos durante su Gobierno en
Coahuila (entre 2005 y 2011), se mantuvo
como integrante del PRI hasta este 2017, cuando –una vez liberado en España– se
presentó como candidato a Diputado local por el nuevo Partido Joven.
La salida de
Javier Duarte de Ochoa del partido se buscaba desde al menos febrero de 2016 y
se generó sólo en septiembre, una vez que tenía ya abiertas las investigaciones
penales y el Tricolor había perdido por primera vez la elección en Veracruz.
La
militancia del ex mandatario chihuahuense César
Duarte Jáquez, también prófugo desde marzo pasado y cuya resolución había
anunciado Ochoa Reza para fines de 2016, sigue
en análisis en la Comisión Nacional de Justicia Partidaria del Revolucionario
Institucional.
“La Comisión Nacional de Justicia
Partidaria es el órgano que encabeza al PRI para rendir cuentas en un proceso
democrático y moderno hacia sus militantes y dirigentes”, dijo Ochoa Reza el
pasado lunes, cuestionado en el Estado de México por el tiempo que transcurrió
para la expulsión de Yárrington y la permanencia de Duarte Jáquez.
“Seguirán analizándose cada uno de
los casos. No podría
yo, como presidente nacional del PRI, predecir qué debe de decidir la Comisión
Nacional de Justicia Partidaria, pero sí el compromiso muy puntual de que se
seguirá estudiando y analizando cada uno de los casos, y una vez que se llegue
a una conclusión, como han sido los casos anteriores en Veracruz, en Quintana
Roo y en Tamaulipas, se harán de conocimiento público”, agregó el dirigente
nacional.
ENDEUDADORES
ELOGIADOS POR PEÑA.
Diversas fuentes han coincidido en
que la explicación de la impunidad de la que han gozado la mayoría de los ex
mandatarios hoy señalados, así como de los abusos de poder que se les
atribuyen, está en el apoyo que habrían dado al hoy Presidente Enrique Peña
Nieto desde su campaña por la recuperación del Poder Ejecutivo en 2012.
“Un grupo de priístas, empezando por
quien era presidente nacional del partido entonces, Humberto Moreira Valdés;
siguiendo con el Gobernador de Quintana Roo, Roberto Borge; Javier Duarte, de
Veracruz; César Duarte, de Chihuahua, aparentemente hicieron un compromiso
económico que ahora limita al Presidente para combatir la corrupción”, informó una fuente del PRI en 2016,
luego de las derrotas electorales.
Los cuatro
ex mandatarios mencionados, además, no
sólo han sido acusados de faltas penales sino que aparecen entre los priístas
que generaron los mayores grados de endeudamiento público en sus entidades.
Humberto Moreira, que había recibido
en diciembre de 2005 una entidad con una deuda pública de 323 millones de
pesos, la aumentó a ocho mil 267.1 millones para 2010 y, para 2011, año en el
que dejó el Gobierno y se fue a dirigir el CEN del PRI, era cuatro veces más
grande: 36 mil 509 millones de pesos.
Javier Duarte, que llegó al poder estatal de
Veracruz en 2010 y recibió una deuda de
21 mil 499.9 millones, para 2012 la había convertido en casi el doble: 40 mil
28.9 millones de pesos.
Casi lo
mismo y en el mismo periodo, de 2010 a 2012, hizo César Duarte Jáquez en Chihuahua, donde recibió un adeudo 12 mil 547
millones de pesos que, al cierre de 2012, eran también casi el doble: 23 mil
284.8 millones de pesos.
El
quintanarroense Roberto Borge Angulo,
también electo en 2010, aumentó en un 50 por ciento los pasivos de su entidad
para 2012 (de 10 mil 37.2 millones a 15 mil seis).
Fue el año en el que el entonces
candidato Peña Nieto los mencionó como ejemplo del proceso de “renovación
interior” que vivía
el partido con el que buscaba recuperar la Presidencia perdida desde 2000.
“Tú observas hoy los gobernadores de
la gran mayoría de las entidades son jóvenes o actores de la nueva generación
política: el Gobernador de Quintana Roo, Beto Borge; el Gobernador de Veracruz,
Javier Duarte; César Duarte, Gobernador de Chihuahua…”, dijo Peña Nieto en mayo de 2012,
cuando, en una entrevista de televisión, se le pidió poner “nombres” a su
afirmación de que el partido se estaba renovando.
Cuatro años después, sin embargo, los
estados gobernados por estos priístas fueron identificados como los más
endeudados de México, grupo en el que también estaban Coahuila y Nuevo León
–gobernada por el priísta también acusado penalmente, Rodrigo Medina de la
Cruz.
“Las cinco entidades federativas con
mayor deuda como proporción de las Participaciones Federales son Quintana Roo
(269.5%), Coahuila (261.5%), Chihuahua (228%), Nuevo León (220.6%) y Veracruz
(133.31%)”, indicó el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara
de Diputados en abril de 2016.
“Los porcentajes de los primeros
cuatros estados anteriores son relativamente altos; estos estados y municipios
tendrían que erogar al menos durante dos ejercicios fiscales el total de sus
Participaciones Federales para hacer frente a las obligaciones financieras. Cabe
resaltar también que estas cuatro entidades federativas, aunque en diferente
orden, son también las cuatro entidades con mayor nivel de deuda por
habitante”, agregó el “Diagnóstico de la Deuda Pública de las Entidades
Federativas”.
Una vez
difundidos los probables hechos de corrupción que se les atribuyen a los
integrantes de este grupo de gobernadores, diferentes
opiniones han generado alerta contra diversas fuentes de protección en el Gobierno
encabezado por Enrique Peña Nieto.
La fuga de
Duarte de Ochoa en octubre de 2016, por ejemplo, ha sido considerada como un acto ilegal que el Gobierno federal tenía
elementos para prevenir.
“Ese es el modus operandi que se
usaba en los mejores épocas de la mafia en Italia, donde a los políticos les
avisaban días antes para que se escaparan”, dijo en octubre pasado el investigador en temas de
política y crimen organizado, Edgardo Buscaglia. “Es un modus operandi muy
usual entre gobiernos de todos los partidos que han entrado a un comportamiento
mafioso, como el mexicano”, agregó el también académico de la Universidad de
Columbia.
Y, desde
Chihuahua, el abogado y activista de izquierda que evidenció la participación
de Duarte Jáquez en un banco regional, Jaime García Chávez, advirtió que el
nombramiento del también priísta Raúl Cervantes Andrade al frente de la PGR
aumentaría la impunidad del ex mandatario.
“Creo que uno de los días más felices
que ha tenido [Duarte Jáquez] Duarte este año es cuando nombran a su amigo
[como Procurador General de la República]”, dijo García Chávez en noviembre
pasado.
“LA
IMPUNIDAD QUE CALCULARON”
En su libro
“Historia mínima del PRI”, el investigador del Colegio de México, Rogelio
Hernández Rodríguez, explica que la figura de Peña Nieto como el candidato con
el que el Tricolor se lanzaría a la recuperación de la Presidencia en 2012
quedó clara desde 2009.
“Peña Nieto
(entonces Gobernador del Estado de México) se convirtió en un reconocido líder
del PRI, eficiente en su control interno y convincente para el resto de líderes
grupales, dentro y fuera de los estados”, dice el apartado titulado “élites
estatales”.
El mismo
agrega que, a lo largo del sexenio gobernado por el Presidente panista Felipe
Calderón, el PRI tuvo un rendimiento “notable” a la hora de renovar
gubernaturas. Tarea, agrega Hernández Rodríguez, en la que “Peña Nieto prestó
una importante ayuda al partido, porque aprovechó su posición y recursos para
apuntalar campañas en otros estados y, desde luego, construir alianzas con el
resto de los mandatarios”.
Y es ese intercambio de favores,
afirma el historiador y analista político José Antonio Crespo, lo que ha
generado tanto los excesos atribuidos a los mandatarios como la impunidad con
la que desde entonces “calcularon” que contarían.
“Estos gobernadores se sienten
impunes porque ayudaron al Presidente en la campaña. Era como su pase, de ‘te
ayudo a ganar, meto el dinero necesario’, que además era un pago de favores, porque Peña Nieto les ayudó desde el Estado
de México a ganar sus estados. Era como un acuerdo: gana Veracruz, gana
Chihuahua, y luego me llevan a la Presidencia”, afirma el académico del
Centro de Investigación y Docencia Económicas.
“Y claro, dijeron ‘ya cumplimos,
ahora podemos saquear a nuestros estados y no nos van a tocar’, y bueno a
muchos no los han tocado.
Es la máxima expresión de la
impunidad que ellos saben que existe o que calcularon que existe, de decir
‘ahora sí, ya tenemos el permiso y tenemos las condiciones para saquear a los
estados sin límite, y que no les iba a pasar nada, y por eso lo hicieron”, agrega Crespo.
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