Peniley
Ramírez.
Junio de
2014. Rafael Martínez fue detenido en la Ciudad de México, acusado de ser parte
de una banda de secuestradores. Fue torturado, apresado sin pruebas y condenado
a 55 años de prisión. Sus supuestos cómplices no lo conocían, tampoco las
supuestas víctimas. Le detuvieron en la calle, mientras esperaba encontrarse
con alguien a quien le vendería su coche.
En los días cuando fue detenido, los
medios en México se ocupaban de las declaraciones del ex Alcalde de San Blas,
Nayarit, Hilario Ramírez Villanueva, acusado de un desfalco de 20 millones de
pesos en su municipio. Ramírez admitió en un video de campaña: “sí robé, pero
poquito”.
Junio de
2013. Fue secuestrado en Veracruz Luis Guillermo Lagunes, hijo de Lucía de los
Ángeles Díaz. No hubo noticias del joven DJ, entonces de 29 años, a pesar de
que existían registros de antecedentes claros: había sido amenazado por Los
Zetas. En aquel momento, los planes inmediatos de Lucía eran amueblar su nueva
casa. No figuraba, ni por asomo, convertirse en activista por la defensa de los
derechos humanos.
Marzo de 2012. Regina Martínez
escribía en Proceso que Javier Duarte había nombrado a Antonio Tarek Abdala
como tesorero de la Secretaría de Finanzas, para “revisar la situación
financiera” de la institución. Abdala llegaba al puesto luego de que las
autoridades federales descubrieran, en Toluca, un avión con 25 millones de
pesos en efectivo, cuyo dueño era, supuestamente, el gobierno estatal.
Abril de 2017. Regina cumple un nuevo
aniversario luctuoso, luego de haber sido brutal y cobardemente asfixiada en su
casa de Xalapa. Mientras su caso permanece impune, Abdalá libra su propia batalla para
no ser desaforado y no enfrentarse a la cárcel, como cómplice del desfalco
multimillonario que Javier Duarte protagonizó en Veracruz.
En los
últimos días, hemos visto ejercicios en los medios mexicanos sobre los
funcionarios que han sido enjuiciados por lavado de dinero, desvío de recursos
y vínculos con el narcotráfico. Han tenido un común denominador: parten del
ejemplo de Duarte, escandaloso más por su monto que por su modo.
Mientras atendíamos a las crónicas de
la detención, presentación de Duarte y liberación de su esposa, testigo
privilegiado y activo de sus ilegalidades, otros sucesos más “pequeños” con
menos atención de la prensa, acumulaban la gravedad del México que vivimos.
Enumero
algunos ejemplos: un chico de 22 años
fue asesinado en Monterrey enfrente de su padre. Horas antes, habían disparado
a quemarropa al dueño de un taller mecánico, su ayudante y un cliente del lugar
en Poza Rica, Veracruz, y una joven de 18 años fue asesinada en la pequeña
comunidad de Chonta, en Tlaxcala.
En los meses
que vienen, seguiremos atendiendo paso a paso el caso Duarte, como una versión
mexicana de un reality show policiaco, en el que se combinan morbo, indignación
y escarnio colectivo. Al mismo tiempo, la Auditoría Superior de la Federación
seguirá sumando números a su abultada cartera de las cuentas del daño
patrimonial.
Las cifras recopiladas por esta
autoridad, que solo en 2015 sumaron 165 mil millones de pesos de daño al
erario, se componen, como las notas rojas de la prensa, de las pequeñas
noticias de quien “roba poquito”.
Estas noticias, que día a día son
valoradas como “de interiores” en las redacciones o en los timelines de los
opinadores de Twitter, conforman el rostro más real de nuestra desgracia.
En los pueblos más remotos de este
país, los alcaldes seguirán “robando poquito”, continuarán
bajo las órdenes del crimen organizado, seguirán mirando pasar la muerte y
consignándola, a veces, en hojas con pocas letras disfrazadas de carpetas de
investigación.
¿Por qué
atendemos con fervorosa atención el caso Duarte, como el ejemplo extremo de lo que suma todos los días? ¿Por qué nos
indignó y nos dolió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y solo
así atendimos las fosas en Guerrero? ¿Por qué la muerte del hijo de Lucía de
los Ángeles Díaz comenzó a ser noticia internacional solo con el titular de “la
fosa más grande de América”, encontrada por el colectivo Solecito, que ella
fundó?
La diferencia entre estos “pequeños”
casos y los grandes, como el de Duarte, es básicamente una: a mayor presión de
la sociedad y de la prensa, sí actúa la autoridad.
Pero son los
pequeños, de los que no se ocupa la prensa, los que no son trending topic, el rostro más verdadero de México, un país
de gente bondadosa y patriota, donde la muerte cuesta tan poco y se consigue
fácil, donde robar es tan sencillo y al final nunca se devuelve todo, sino una
mínima parte.
Considero
que esta indignación selectiva caricaturiza el fenómeno de la descomposición
profunda de un gran país, lejos de explicarlo. Más tendríamos que mirar hacia
la muerte de quien fue encontrado solo, con un inexplicable fusil en la mano.
En esas historias que no estamos
siguiendo, en los robos que no están en primera plana, quizá radique la
explicación que no encontramos sobre a dónde va México.
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