Jorge Javier
Romero Vadillo.
En el embrollo de violencia e
inseguridad en el que está metido México, uno de los elementos más relevantes
es la falta de eficacia, la corrupción y la dependencia política de los
ministerios públicos, tanto del fuero común como del fuero federal. Se trata de
un problema muy serio, pues está en la base de la tremenda impunidad de los
delitos persistente en el país.
Tradicionalmente
han sido las procuradurías las encargadas de la investigación de los delitos,
con las antiguas policías judiciales, después transformadas en ministeriales,
como responsables de la tarea con base en la cual los ministerios públicos
presentan sus casos ante los jueces. Se
trata de cuerpos muy poco capacitados, sin una estructura profesional que
establezca criterios claros de reclutamiento, promoción y permanencia basados
en el mérito y la honradez probada, en lo que ha imperado la corrupción más
evidente y escandalosa.
Esos cuerpos policiales han sido de
los principales vendedores de protecciones particulares, en los que campearon fenómenos
tan aberrantes como las llamadas “madrinas”: agentes informales pagados por los
propios policías judiciales con los recursos obtenidos de la corrupción para
hacer el trabajo sucio, penetrar en el crimen, obtener pruebas sin cumplir con
la ley, negociar con los delincuentes y cumplir con cuotas de culpables, muchas
veces inventados.
Los agentes
del ministerio público, que supuestamente deben ser profesionales
especializados con capacidad de armar casos y presentarlos con pruebas sólidas
ante los jueces, tampoco tienen la preparación necesaria ni forman parte de
cuerpos profesionales con criterios claros de carrera. Tradicionalmente fueron, como casi toda la burocracia, nombramientos
políticos de los gobernadores, sin los conocimientos profesionales suficientes
para su labor, a pesar de la obligación de poseer el título de licenciado en
derecho. Hace años leí un estudio sobre el desempeño de estos funcionarios
en todo el país. No recuerdo la referencia (la perdí en algún cambio de
computadora), pero sus conclusiones eran aterradoras, pues los investigadores
habían aplicado un examen general de conocimientos jurídicos a una muestra
representativa de agentes del ministerio público tanto locales como federales y
el 80 por ciento no había obtenido una calificación aprobatoria.
Desde luego, estos agentes mal
preparados y que han obtenido el puesto de manera clientelista son
extraordinariamente proclives a la corrupción y no son capaces de armar los
casos con eficacia.
En los tiempos del viejo sistema de justicia penal, en la que todo el proceso
se llevaba a cabo por escrito, bastaba
con leer los alegatos presentados ante los jueces para comprobar que los
abogados responsables de representar a la sociedad eran prácticamente
analfabetos, con un lenguaje limitado y mal articulado. Desde luego que los
jueces tampoco eran muy quisquillosos, y como también dependían de los
ejecutivos locales, por lo general daban por buenos los casos presentados, sin
demasiados cuestionamientos.
Con el
cambio al sistema penal acusatorio, se han hecho más evidentes las debilidades
de las procuradurías. Hoy los
ministerios públicos no hacen otra cosa, en las audiencias orales de los nuevos
juicios, que leer las mismas actas mal escritas de siempre y en la mayoría de
los estados el cambio ha sido de nombre y cuando mucho cosmético, cuando las antiguas procuradurías se han
comenzado a llamar fiscalías. Y ese
riesgo se corre también con la creación de la Fiscalía General que sustituirá a
la hedionda Procuraduría General de la República.
La
procuraduría federal fue tradicionalmente un nombramiento del Presidente de la
República, sin ningún contrapeso. Más recientemente, se le sometió al aval del
senado, pero el ejecutivo conservó la libre remoción del cargo, por lo que poca
autonomía se logró con el requisito. Se
trata hoy de un cargo político, que desde luego va a cuidar los intereses de su
jefe y va actuar de acuerdo a ellos en los casos más relevantes, mientras
que presta menos atención a aquellos sin provecho partidista. La autonomía constitucional es, sin duda,
el primer paso para revertir la fuerte politización de sus actuaciones y de sus
inhibiciones. Sin embargo, el cambio
constitucional se hizo de manera mañosa y en los transitorios del reformado
artículo 102 se metió la trampa: el primer fiscal pretendidamente autónomo
sería el Procurador en funciones, designado por el Presidente con la aprobación
del Senado, y quedaría en el cargo por nueve años, mientras que toda la
estructura de la contrahecha PGR y todo su personal serían heredados por la
“nueva” fiscalía, con lo cual nacería con todas las taras de su antecesora.
La presión
de numerosos académicos y activistas de la sociedad civil ante el descaro del
nombramiento de un valido presidencial como el Procurador que tendría el pase automático
a fiscal llevó a que el propio Presidente Peña Nieto enviara una iniciativa
para eliminar el transitorio despropósito. Sin
embargo, la propuesta del ejecutivo se queda corta, pues no modifica el proceso
de designación, para hacerlo más abierto y transparente y evitar que se
impongan los criterios políticos y partidistas frente a los de capacidad
profesional, autonomía y probidad demostrada, ni detiene la transferencia
automática del personal de la aceda procu a la nueva fiscalía.
Desde luego
el tema del nombramiento del titular es crucial, pero también lo es el diseño
institucional del nuevo cuerpo. El
proceso de transición debe estar cuidadosamente pensado, para desechar toda la
podredumbre que lastra a hoy a la PGR. No todos los funcionarios actuales deben
pasar al nuevo cuerpo; a muchos habrá que jubilarlos o despedirlos, para
reclutar nuevo personal muy bien capacitado, mientras que solo los mejores y
claramente probos de los actuales integrantes del cuerpo deben pasar al nuevo
organismo. El diseño debe incluir criterios claros de carrera profesional,
entre los cuales el reclutamiento debe ser el más cuidado.
Finalmente
está el tema del rediseño de las fiscalías especiales. Sin duda, estas deben
tener independencia técnica y los recursos suficientes para operar, pero
también deben tener objetivos precisos y responsabilidades claras.
El caso que
mejor conozco, el de la FEPADE, es un claro ejemplo de lo que no se debe
reproducir en el nuevo modelo: una fiscalía electoral inútil que ni siquiera se
centra en lo primordial, que debería ser rastrear los recursos ilegales de los
que se nutren las campañas. Ahí el nuevo diseño debe poner especial cuidado.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.