Alejandro
Páez Varela.
Es sabido que Andrés Manuel López
Obrador resbala. Esa, de hecho, es una apuesta permanente no de uno ni de dos:
de todos de sus rivales. Hoy esperan a que resbale antes de llegar a 2018, como
lo hicieron en 2006 y 2012. También lo empujan y si él se descuida, lo van
llevando a la orilla de la mesa para que se caiga, con ganas de bailar sobre
sus pedazos hasta que quede polvo.
AMLO tiene muchos enemigos. Tiene
amigos pero tiene muchos enemigos poderosos, unos a los que él les ha declarado
la guerra y otros que gustosos se han sumado al ejército de antagonistas.
Juntos harán cualquier cosa para que no llegue, jamás, a la Presidencia. En el siguiente tramo estarán
zumbando al oído del mexicano común para desalentarlo a votar por él. No se
trata de qué le conviene a México: la rivalidad de ese grupo poderoso es
personal; unos, en el grupo, sienten amenazados sus proyectos; y otros son
detractores convencidos. Como sea: es personal.
En 2006,
usted recordará, sus muchos enemigos
utilizaron todo lo que dijo; le torcieron frases y acomodaron otras para
hundirlo. Una de ellas, que es una maravilla (vista a lo lejos), es la frase
“cállate chachalaca”. Vicente Fox no sólo era una chachalaca: era un verdadero
idiota, ciego, demoliendo las instituciones electorales sin remordimiento. AMLO
estalló. No se recuerda que Fox abiertamente hizo campaña ilegal por Felipe
Calderón pero sí la “chachalaca” mentada. Lo tentaron, hizo su movida y la
usaron en su contra. Así de simple.
Otra es un
clásico: “Al diablo con sus
instituciones”. Sí: “sus” instituciones no son lo que debieran; son aparatos
burocráticos que pagamos todos para que los ocupen los compadres, pero no
sirven de nada a los contribuyentes. Ayer lo resumía la Arquidiócesis así: “La corrupción en México no es un daño
económico solamente, es el resultado de un Estado débil donde no hay imperio de
la ley o se maneja a modo según sea el cañonazo de billetes. A pesar de ello,
el Congreso lleva dos años paralizado y evade la designación de un Fiscal
Anticorrupción”.
El Congreso se hace loco, el Poder
Judicial funciona con dinero, el Estado es corrupto y débil. En una frase, tres
Instituciones. Lo dijo ayer el órgano de difusión de la Iglesia católica en
México. Fue un “al diablo con sus instituciones”, pero más políticamente
correcto. Sin
resbalar, pues.
En los siguientes meses veremos que
todas esas frases de AMLO se revivirán y se sumarán nuevas porque estos 12 años
se ha vendido la idea de que AMLO es “un peligro para México” y están
empeñados, y están seguros de que pueden demostrarlo.
Y si lo
tientan, y reacciona y se pone de pechito, usarán su reacción en su contra. Así
de simple.
Lo paradójico es que pocas veces en
la historia de México las Instituciones de la República se han visto tan
vulneradas como hoy. Y no por culpa del político de izquierda.
Como me dijo
un amigo abogado: “AMLO mandó al diablo
sus instituciones, y estos cabrones se encargaron de cumplirlo: mandaron al
diablo las Instituciones de los mexicanos”.
Mis
preocupaciones con respeto a López Obrador no se relacionan con la economía,
por más que se quiera vender esa idea. Ni siquiera Donald Trump ha podido
desmoronar lo que ya está construido, hasta ahora. Ni los faquires comen
lumbre: apenas apagan con la boca la antorcha encendida.
¿Un
totalitarista que se imponga por encima de todos una vez que llegue en el
poder? Bueno, los ciudadanos de la Ciudad de México vimos cómo un político
agresivo en campaña se transformó en un administrador: López Obrador es, más
bien, un político conservador que no es capaz, ya en el Gobierno, de abrir más
frentes de los que puede manejar. A la iglesia católica, por decir, le dio por
su lado cuando fue Jefe de Gobierno: el aborto y los matrimonios igualitarios
llegaron con sus sucesores. Y Carlos Slim tenía derecho de picaporte en su
gobierno.
Mis preocupaciones
reales tienen que ver con arranques de autoritarismo en él que no tienen nada
que ver con la urgencia por cambiar de fondo el sistema corrupto y disfuncional
que vivimos en México. Por ejemplo este fin de semana: “O están conmigo o con
la mafia del poder”, le dijo a PRD y PT. Una especie de ultimátum. Así se
escuchó.
AMLO dice y
dice y dice que “todos los medios” están comprados por la mafia y a veces se
corrige, como la semana antepasada, cuando dijo que, bueno, uno de los
periódicos no; que sólo el que publicó (fueron varios, incluyendo SinEmbargo)
que Emilio Lozoya había sido absuelto del juicio político en la Cámara de
Diputados no era de la mafia. Uno solo, entre todos.
La personalidad de López obrador sí
da destellos de autoritarismo. Si es autocrítico debería saberlo. Si alguien
entre los suyos lo nota deberían comentárselo. Porque si AMLO lo permite, claro
que usarán sus reacciones en su contra. Así de simple.
Millones de mexicanos tenemos el
deseo legítimo de que el país cambie de fondo. La podredumbre política, el
saqueo y la injusticia social no ayuda a nadie: ni a los que más tienen. La
violencia se alimenta de la corrupción, de la falta de Estado de derecho, de la
impunidad; sólo falta que la viejita le corte el cuello al niño que le acaba de
ayudar a cruzar la calle: todos estamos hasta la madre del todos contra todos.
El país debe iniciar un proceso de reconstrucción, estamos de acuerdo.
Como decía:
Es sabido que Andrés Manuel resbala. Esa, de hecho, es una apuesta permanente
no de uno ni de dos: de todos de sus rivales.
Si López Obrador no es autoritario,
como se le acusa, debe reconocer que hay millones que no son mafiosos y que
tampoco están a sus pies. Debe entender que no puede someter, sino conciliar.
Claro, si es que ésa es su verdadera intención.
También debe recordar que de sus
resbalones viven sus enemigos; los esperan ansiosos, los disfrutan. Y, claro si
él lo permite, pues los usarán en su contra. Así de simple.
Así como ha
sucedido en el pasado.
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