Adrián López
Ortiz.
Un corrido
lo lanzó al estrellato. La letra de “Damaso” resonó en la voz de Gerardo Ortiz
en los premios Lo Nuestro en 2013.
Las
celebridades ahí reunidas corearon el corrido del funcionario público venido a
capo del narcotráfico.
Dámaso López
Núñez ingresó al imaginario colectivo del narco por la puerta grande: había
ayudado a fugarse de Puente Grande a su compadre Joaquin Guzmán.
Años después
la historia cambió: Según la PGR, López Núñez buscaría aliarse con el Cártel de
Jalisco Nueva Generación traicionando a los hijos de Guzmán Loera, para así
quedarse con el control del Cartel de Sinaloa.
No lo logró.
Dámaso fue detenido esta semana en la Ciudad de México tras ser interceptadas
las llamadas que sostuvo con un operador suyo. Suena a novatada, o
desesperación.
Es cierto,
la detención es muy relevante. La pugna
entre los Guzmán y López generó una tensión muy fuerte en distintos puntos del
país, pero sobre todo en la casa de ambos, Sinaloa.
Por eso, el Gobernador Quirino Ordaz celebra con
precaución y “espera” que la detención ayude a reducir la violencia que, según
la PGR, generaba el detenido.
Las autoridades lo afirmaron con
contundencia: “El Licenciado” era el principal generador de violencia en
Sinaloa.
La
afirmación oficial vende, pero resulta
difícil aceptar que eso sea exactamente así. Sinaloa vive condiciones de
violencia más estructurales que la mera coyuntura de la disputa Guzmán-López.
Primero, buena parte de la violencia en Sinaloa
tiene que ver con el tamaño del crimen organizado y con él, cada vez más
necesario, “control de la plaza”. El Cartel de Sinaloa se diversifica a
otros delitos porque en Estados Unidos
la legalización de la marihuana avanza con constancia. Pierden mercado pues y
eso implica una necesidad de fortalecer el narcomenudeo local, apostar por
otras sustancias como la heroína y las metanfetaminas e incursionar en otros
delitos: robo de autos, mini casinos, asaltos, entre otros. Y controlar la
plaza puede ser mucho más violento que controlar la ruta.
Segundo, otra parte de esa violencia reciente surge
de lo que sucede en el valle agrícola más importante de Sinaloa: la zona de
Culiacán y Navolato. Allí una facción muy violenta conocida como Los Chimales,
intenta mantener el control. A Los Chimales se atribuye (sin evidencia todavía)
la emboscada a los militares del 30 de septiembre de 2016.
Su principal líder, Francisco
Zazueta, alias “Pancho Chimal” fue detenido, se fugó y finalmente cayó abatido
por las fuerzas armadas. La batalla con ese grupo criminal explica que Navolato
sea el municipio sinaloense con el mayor crecimiento de homicidios dolosos
durante 2017.
Y por último, el factor “Mayo”
Zambada. A quienes todos definen ahora como el único líder del Cártel de
Sinaloa.
Esa visión de carteles piramidales
con capos todopoderosos ya no alcanza. Seguro Ismael Zambada sigue teniendo el
respeto de buena parte de la estructura del cartel y gran capacidad logística y
de operación política. Pero pensar que puede controlar absolutamente una
estructura tan amplia como el cartel más poderoso del país, es dejarse seducir
por el mito.
Hay que
entender que el Cartel de Sinaloa se ha
vuelto un conjunto de redes flexibles y diversificadas de crimen organizado.
Que cooperan según la situación y las presiones de las autoridades y otros
grupos rivales. La batalla por el mercado de heroína contra el CJNG apenas
comienza y eso cambiará de muchas maneras la configuración organizacional de los
carteles mexicanos.
Lo que es increíble es que la PGR nos
diga ahora que Dámaso era el culpable de todos los males en Sinaloa. Lamento decirlo pero Sinaloa seguirá violento. Pactos y pugnas han ido y venido pero el
león sigue ahí. Acaso veremos un muerto por día menos, pero el crimen
organizado conserva todavía mucho de su poder corruptor y violento.
Una buena señal de la salud del
cartel es que la PGR reconoce que no han podido rastrear un solo centavo del
patrimonio ilegal de Joaquín Guzmán. ¿Parece increíble no?
Increíble no porque dude de la
habilidad del capo y su organización para esconder su dinero. Sino porque
aparejado con el crecimiento enorme que alcanzó el Cartel de Sinaloa existe (es
obvio) una red amplia de funcionarios, policías y empresarios corruptos que
permitieron operaciones y lavaron dinero durante décadas.
De esa red sí debe haber rastro en el
sistema bancario y seguro las autoridades fiscales pueden seguirlo.
El dinero narco en Sinaloa se nota en
las calles, los edificios, las casas, los autos y hasta en las campañas
políticas. Veremos si el Gobierno mexicano se atreverá a ir por ellos. ¿No
saben dónde empezar?
En Culiacán, basta con preguntar.
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