Adela Navarro Bello.
¿Dónde están José Antonio Gali Fayad
y Francisco Javier García Cabeza de Vaca? Los dos son Gobernadores, los dos son
panistas, y los dos han destacado por su ausencia en la estrategia para
combatir al crimen organizado y al narcotráfico que tiene azotados a los
estados que gobiernan, Gali en Puebla, García en Tamaulipas.
La semana
pasada y la que transcurre han sido difíciles para muchos estados, la inseguridad en México crece, mientras
los cárteles de la droga son arropados por autoridades federales y locales que
les proveen de impunidad, a la par que gobernadores y funcionarios corruptos
crean con la defensa de sus intereses, zonas de ingobernabilidad.
Ahí está el reporte del Instituto
Internacional para Estudios Estratégicos, donde su director John Chipman,
declaró esta semana que México en el 2016 se convirtió en el segundo país donde
más muertes ocurren (producto de la violencia) con prácticamente 23 mil
ejecuciones, solo superado por las 50 mil personas caídas en la guerra civil
que se libra en Siria.
Y por más que se quiera culpar enteramente al
Gobierno Federal de esta situación de inseguridad, violencia, corrupción,
impunidad, la realidad es que considerando que la violencia inicia en los
Estados, los gobernadores tienen una parte de responsabilidad muy
trascendental, lo mismo que los alcaldes. Ambos niveles de gobierno poseen las
Policías Preventivas y Ministeriales, las mismas que deberían estar atacando y
previniendo los delitos del fuero común que son la base para los del fuero
federal, narcotráfico, delincuencia organizada y crimen organizado.
Sin embargo, los gobernadores no
actúan en consecuencia. Esperan que miles de soldados o marinos sean enviados a
sus Estados para que otro gobierno haga frente a los problemas de inseguridad
propios.
Las ejecuciones producto del
narcotráfico y el crimen organizado, son delitos del fuero común que las
Procuradurías de Justicia de los Estados, o las Fiscalías Estatales en su
defecto, deberían resolver, investigar, procesar y solicitar órdenes de
aprehensión contra los asesinos, que resultan ser sicarios, lugartenientes, e
integrantes de los cárteles, quienes ante la incapacidad estatal para generar
una orden de captura, matan todos los días en las calles, avenidas e incluso en
otros Estados. En Baja California, por mencionar la entidad desde donde esta
columna se escribe, el nivel de impunidad en el caso de los homicidios, es de
85 por ciento. Lo mismo sucede con el narcomenudeo, es un delito que se
investiga también en los Estados, pero al que no le dan seguimiento.
Ciertamente, la persecución del
narcotráfico es una responsabilidad federal, y en ello el gobierno demEnrique
Peña Nieto ha fallado (ahí está el dato del segundo País con más muertes
violentas en 2016), lo mismo que su coordinador de la Comisión Nacional de
Seguridad, el Secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong (su idea de
desaparecer la Secretaría de Seguridad Pública Federal no funcionó).
La estrategia de Peña parece ser la
misma a la del ex Presidente Felipe Calderón Hinojosa, detener a los cabecillas
de los cárteles, confiscar algo de droga, y nada más. Cero combate real al lavado de dinero, nada de congelamiento de bienes
y cuentas bancarias, ni hablar de cerrar las rutas de la droga, como tampoco
han logrado desmantelar no solo las estructuras financieras de los cárteles y
el crimen organizado, mucho menos acabar con la estructura humana del
narcotráfico. Por eso cuando un narcotraficantes capo es detenido, las
narcoguerras inician, porque solo detienen al líder, acaso a su primer círculo,
le confiscan unas cuantas casas y hasta ahí.
Lo que sucede ahora en Tamaulipas,
particularmente en Reynosa, es muestra de ello, de la incapacidad del Gobierno
Federal para desmantelar un cártel, y la ineficacia de los gobiernos Estatal y
Municipal para combatir los delitos de homicidio doloso y narcomenudeo. El Cártel del Golfo ha sido liderado
por, aproximadamente, unas siete, ocho personas, desde hace por lo menos unas
tres décadas; sin embargo, a pesar que algunos de ellos han sido detenidos en
los últimos sexenios, y otros abatidos, el Cártel del Golfo sigue de píe, y tan
solo del 2 al 9 de mayo, sumó en Reynosa 23 ejecuciones producto de una guerra
interna por el poder criminal de esa mafia.
Desde Juan Nepomuceno, pasando por
Juan García Abrego, Osiel Cárdenas Guillén, Mario Cárdenas Guillén, Homero
Cárdenas Guillén, Eduardo Costilla Sánchez, Mario Ramírez Treviño y Juan Manuel
Loza “El Comandante Toro”; todos han sido líderes del Cártel del Golfo. Hasta
la muerte de éste último, en los últimos días de abril de 2017, y ahora la
pelea por aquella ciudad y otras de Tamaulipas.
Mientras los grupos de la sociedad
civil, empresarios, algunos políticos y pocos gobiernos locales piden ayuda a
gritos que no se alcanzan a escuchar de tanto balazo, del Gobernador Francisco
Javier García Cabeza de Vaca, poco se sabe, tan poco que los gobernados ya no
voltean en su búsqueda, van por el Presidente, para pedirle ayuda porque ya no
aguantan más. Negocios extorsionados, muertos por todos lados, enfrentamientos
a balazos, calles tomadas, una total ausencia de Estado de Derecho.
Lo mismo
ocurrió en Puebla, cuando ladrones de combustible que suelen ordeñar los ductos
de Pemex, armaron una incendiaria guerra ¡contra el Ejército! Tomando calles,
amedrentando ciudadanos, matando; al final de un día, el 4 de mayo, 10 muertos
el resultado y millones de pesos perdidos (y hurtados), en gasolinas, diésel,
crudo, que se llevan de manera impune los huachicoleros.
Antonio Gali, Gobernador de Puebla,
no supo estar a la altura para enfrentar el problema, han debido intervenir la
Fuerzas Armadas, pero eso sí, pasada –un poco, o acaso solo suspendida-, la
guerra de los ladrones de combustible adheridos al crimen organizado, se niega
a que las ciudades poblanas donde se lleva a cabo el mayor número de delitos en
este sentido, sean consideradas en un estado de excepción. Seguro cree, que
ahora sí podrá.
La realidad es que entre el crimen
organizado, el narcotráfico y los delincuentes comunes, tienen tomadas ciudades
y estados, ante la incapacidad de los gobernadores para combatir la
inseguridad, y la falta de compromiso y una estrategia integral del Gobierno de
Enrique Peña Nieto, en medio de todo, una sociedad gritando de dolor, muriendo
poco a poco, o migrando, yéndose del país.
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