Jorge Javier
Romero Vadillo.
Finalmente, la Cámara de Diputados
aprobó, en el momento final del período de sesiones, la minuta de reformas a la
Ley General de Salud y al Código Penal Federal para permitir la importación –en
una primera fase– y la producción en México –en una segunda etapa– de productos
farmacéuticos derivados del cannabis. No se trata, como se ha dicho, de la
legalización de la mariguana para uso medicinal o terapéutico a la manera de
varios estados de los Estados Unidos, donde se autoriza el cultivo y el
expendio de la flor de cannabis para ser consumida con receta médica con
diferentes objetivos, desde el combate al dolor crónico hasta afecciones más
específicas.
En México solo se podrán recetar, con autorización
de la COFEPRIS, productos elaborados con un máximo de 1% de THC y otras
concentraciones de CBD y demás cannabinoides de la planta, y la producción
nacional se hará con fuertes restricciones. Con todas sus limitaciones, se
trata de un avance legal y cultural que debe ser ponderado.
Desde que en
California se comenzó a promover, hace ya más de dos décadas, la regulación
para usos terapéuticos y medicinales de la mariguana, se ha insistido en la
relevancia de la planta para la investigación médica, tanto por sus virtudes en
los cuidados paliativos, como por sus potencialidades neurológicas y
psiquiátricas. Sin embargo, el principal logro de la ley para el uso compasivo
del cannabis, de 1996, fue comenzar a romper el tabú en torno a una planta que
ha sido satanizada por las mentiras difundidas para promover su prohibición en
las primeras décadas del siglo pasado y por los prejuicios morales sobre su
uso, los cuales no resisten la contrastación con la evidencia.
La prohibición absoluta de la
mariguana, promovida en los Estados Unidos por intereses aviesos no
relacionados en la realidad con la salud de la población, ha sido, junto con la
prohibición del opio y sus derivados y de la hoja de coca, uno de los pilares
sobre los que se construyó el sistema internacional de control de drogas de
carácter prohibicionista, que tan malos resultados ha dado como política
pública, pues no solo no ha cumplido con sus objetivos
expresos de contener los efectos nocivos para la salud del consumo de
sustancias psicotrópicas potencialmente adictivas y dañinas, sino que ha
exacerbado el daño a la población y ha generado un mercado criminal
extremadamente violento, que ha crecido en sus efectos destructivos de
manera directamente proporcional a los esfuerzos de los Estados por combatirlo
por medio del sistema de justicia penal y la persecución policial o militar.
La legislación aprobada la semana
pasada en México está muy lejos de ser una medida relevante para acabar con el
mercado clandestino de la mariguana ni apenas servirá para dejar de
criminalizar a los usuarios, pues solo protege a un muy pequeño número de
pacientes. Sin
embargo, implica un paso cultural para cambiar la percepción social respecto a
la planta y sus usos potenciales. Por lo demás, aunque el número de
beneficiados sea muy pequeño, a muchos de ellos, la mayoría infantes, como
Grace, les cambiará para bien la vida y les reducirá sustancialmente su
sufrimiento, lo que de suyo le da un carácter positivo a la reforma.
Empero, la
reforma se queda muy corta respecto a la iniciativa originalmente presentada
por el presidente Peña Nieto después de su comparecencia ante la Sesión
Extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el problema
mundial de las drogas (UNGASS 2016) y como resultado de los foros de discusión
sobre el uso del cannabis que su propio gobierno convocó como reacción a la
sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que en 2015 declaró
inconstitucionales varios artículos de la Ley General de Salud en los que se
sustenta la prohibición absoluta del cannabis y del THC.
La iniciativa presidencial incluía
pasos que, aunque limitados, hubieran ido en el sentido correcto de
descriminalizar a todos los usuarios de mariguana y, en general, de todas las
drogas hoy perseguidas penalmente. Peña proponía aumentar el umbral de posesión
de mariguana tolerado para consumo personal a 28 gramos –hoy son cinco– y eliminar el delito de posesión
para el consumo en los límites establecidos para todas las sustancias en la
tabla del artículo 479 de la Ley General de Salud. Hoy solamente se suspende el ejercicio de la acción penal debajo de los
umbrales establecidos, pero el delito subsiste. De haberse aprobado lo
propuesto por el gobierno al legislativo, muchos usuarios no violentos de
sustancias hubieran sido beneficiados.
El conservadurismo rayano en la
mojigatería y el empecinamiento de su propio partido dieron al traste con el
proyecto presidencial, boicoteado también desde su propio gobierno, escorado a la derecha en un grado
mayor incluso que algunos sectores de Acción Nacional. La coalición conservadora que controla el legislativo cerró el paso a
lo sustancial de la reforma propuesta y dejó en su mínima expresión lo relativo
a los usos médicos del cannabis. Así, apenas se abrió un resquicio que nos
recuerda que el cambio institucional, como implica cambios de percepción
cultural, acaba teniendo siempre un carácter incremental.
Mientras
aquí se da un pequeño paso, Canadá se
prepara para el debate parlamentario de la iniciativa de su gobierno para
regular integralmente el uso adulto de la mariguana, con restricciones
similares a las del alcohol, y su industria de cannabis medicinal crece
exponencialmente.
Una vez más,
México se queda a la zaga en un tema que merece políticas más audaces e
innovadoras.
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