Salvador
Camarena.
No se necesita
ser de Reynosa para saber que cuando el gobierno habla de que detuvo o abatió a
un objetivo prioritario de su lista de los grupos delincuenciales, lo siguiente
será una escalada de violencia: más sangre, más muerte; y para nada más
tranquilidad.
Así, por una parte la Procuraduría
General de la República presume que el gobierno federal ha capturado o abatido
a 106 de 122 objetivos prioritarios (http://bit.ly/2qJVonb), pero por otra el
propio presidente de la República reconoce que en homicidios estamos tan mal
como el peor año de Calderón (algo así dijo la semana pasada frente a los
gobernadores).
A pesar de
todo lo anterior, uno tendería a pensar que es buena noticia, antes que mala
noticia, la detención de un criminal. O uno tendería a pensar eso hasta que
viene la realidad y desmiente tal noción, como lo mostró anoche Carlos Puig en
su noticiario de televisión.
Con lo que vimos anoche resulta claro
que una detención de esas que se anuncian con bombo y platillo puede significar
bien poco, o nada, para quienes creen que la cárcel se inventó con el fin de
anular la capacidad perniciosa de un presunto criminal. Y de hacer que el
detenido pague un castigo e incluso se rehabilite socialmente, ni hablar.
Este lunes Puig exhibió la crudeza de
eso llamado autogobierno de una cárcel. Dicho de otra manera, nos ilustró sobre
lo que significa ausencia del Estado en el lugar donde precisamente al Estado
se le dan más ventajas para tener un control total.
Porque de que nuestras cárceles no
sirven teníamos pocas dudas. Pero de cuán podridas están, ahora tenemos una
muestra clara.
Ayer pudimos ver en la pantalla de
Con Puig a las Diez que una fiesta adentro del penal de Puente Grande en
Jalisco en nada -nada es nada- desmerece frente a una gran pachanga de quien
goza de libertad.
El desfile de imágenes derrota
cualquier incredulidad: ¿Bebida? Corre whisky sin medida. ¿Música? No toca uno,
sino varios grupos de banda, entre ellos Los Buchones de Culiacán. ¿Mujeres?
Hay mujeres. ¿Amigos? Muchos amigos.
Pero también
hay celulares, muchos celulares, y hay radios de comunicación en demasiadas
manos, y hay gente con esas bolsas negras que uno sabe que esconden un arma de
alto calibre. ¿Qué no había? Un Estado
digno de ese nombre.
Es la vida en una cárcel mexicana en
un día de fiesta de un interno que es homenajeado por todos, reclusos y
visitantes, y que incluyó tacos como corresponde a una borrachera digna de ese
nombre.
Cuando lo detuvieron, en enero de
2010, la Fiscalía de Jalisco anunció que a José Luis Gutiérrez Valencia, Don
Chelo, le habían decomisado “un lanzagranadas (que de acuerdo con los peritajes
resultó haber sido usada recientemente), un fusil AR-15, un fusil AK-47, tres
pistolas calibre .38 súper, tres pistolas calibre 9 mm, una pistola calibre
.25, una pistola calibre .380 y cinco granadas calibre .40”. Además de dinero,
casi 50 mil pesos, con el que intentó sobornar a los policías para que lo
dejaran libre.
(http://bit.ly/2peBf8M)
No logró su libertad, pero en la
cárcel de Puente Grande Don Chelo, ligado al cartel más poderoso de México,
está como en su momento Pablo Escobar estaba en la prisión de La Catedral: a
sus anchas.
Tengamos
claro: tras una detención supuestamente importante otros pelearán su lugar,
pero para el detenido se tratará sólo de
un cambio de sede de su centro de operaciones, incluidos sus eventos sociales.
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