Afrontando el escarnio social
propagado por su propia Iglesia en Piedras Negras, Coahuila, víctimas del
sacerdote Juan Manuel Riojas, alias el padre Meño, prófugo de la justicia,
denuncian la protección que el depredador sexual recibe, dicen, del Gobernador
Rubén Moreira Valdez y del Obispo regiomontano Alonso Gerardo Garza Treviño.
El ex seminarista Ignacio Martínez
Pacheco y el aún seminarista Roberto Javier Calzada Tamez, entrevistados por
SinEmbargo, ofrecen su testimonio de acoso y abuso sexual y el calvario
judicial que ha significado denunciar penalmente al cura pederasta y a su
obispo encubridor, ambas acciones sin ninguna consecuencia, debido a la
protección directa que goza el sacerdote, dicen, del Gobernador Rubén Moreira.
Este diario
digital tuvo acceso al expediente
judicial de este primer caso en México, que incluye una denuncia contra el
Obispo y otras autoridades eclesiásticas como el Nuncio Apostólico, Franco
Coppola, por conspiración a la pederastia clerical.
Con una orden de aprehensión y un
amparo, el sacerdote pederasta recibe el apoyo de la Arquidiócesis y cuenta con
tres abogados, uno de ellos, Santos Vázquez Estrada, ex delegado de la
Procuraduría General de Justicia en las regiones Centro y Norte Uno de Coahuila, quien ya interpuso en el Juzgado
Tercero de Distrito una solicitud de protección bajo el expediente 256/2017
contra el juez de primera instancia en materia penal del Sistema Acusatorio y
Oral del Distrito Judicial de Río Grande.
“El padre Meño está siendo protegido
por el Gobernador Rubén Moreira”, dice Ignacio Martínez Pacheco quien tuvo la
oportunidad de entrevistarse con el Ejecutivo estatal. “Me prometió que lo
detendrían y todo fue una mentira. Al contrario, él y las autoridades
judiciales, junto al Obispo Garza Treviño se han dedicado a esconderlo”, asegura.
Peor aún, Roberto Javier Calzada Tamez, de 18 años,
tiene la certeza de que la protección viene de la propia institución vaticana,
ya que el nuncio apostólico Franco Coppola, le mintió en una carta que le envío
y cuya copia está en poder de SinEmbargo.
ASALTOS
SEXUALES.
La historia depredador del padre Meño
inicia por lo menos hace 15 años. Su método consistía en elegir a sus víctimas
por las noches. Hacía rondines en los dormitorios de los seminaristas entre 14
y 16 años. Luego buscaba encuentros en su dormitorio aparentemente casuales
para atacar a los menores de edad.
Empezó
trabajando en el Seminario Auxiliar del Sagrado Corazón de Jesús, conocido
también como Seminario Menor Diocesano de Piedras Negras, donde ocupó varios
puestos y fue ascendido a Rector.
Ignacio Martínez
Pacheco tenía 15 años cuando ingresó al Seminario Menor Diocesano de Piedras
Negras. Quería ser sacerdote, pero nunca imaginó que en un seminario se pudiera
vivir la experiencia más terrible.
“El primer encuentro en el que me
sentí abusado sexual fue en el año 2002, en el mes de mayo. El padre llegó de
noche hasta el dormitorio donde me encontraba… era verano, él traía short y
nosotros dormíamos en un cuarto largo con literas a ambos lados. Eran como las
doce de la noche y me despertó invitándome a salir a caminar”.
A Ignacio le
produce mucha inquietud recordar los hechos: “Fue entonces que el padre Meño me
empezó a preguntar cosas sexuales. Íbamos hablando de sexo, de la masturbación,
me preguntaba cómo me satisfacía yo en ese lugar. Me llevaba del hombro y me lo
acariciaba creo que el padre se excitaba con eso, dimos como tres vueltas en el
camino y luego nos sentamos en la barda que divide la acequia. Él jugueteó como
con golpes hasta que me jaló del cuello con su mano formándome para que bajara a
su pene. Cuando me acerqué me di cuenta que tenía el pene erecto. Me presionaba
a su área genital, luego el padre se sacó el pene por el short, me bajo la
cabeza con su mano y me introdujo el pene en la boca. Duró unos dos o tres
minutos”.
Ignacio cuenta que no sabía qué
hacer, estaba totalmente desconcertado. El sacerdote sin mirarlo a los ojos le
dijo: “Vete a dormir. Esto queda entre tú y yo”.
El acoso sexual del padre Meño se
incrementó a pesar de que el menor intentaba no estar cerca de él. Ignacio recuerda
que en octubre de 2002 el sacerdote lo agredió nuevamente.
“Toqué a la
puerta de su oficina, ubicada a un lado del cuarto de recreación. El padre Meño
salió en una bata verde de baño diciéndome que se iba a bañar. Y me invitó a
pasar y a sentarme en su cama. Y allí el padre se descubre la bata. No traía
ropa interior y se sentó en la cama fue entonces que me jaló del brazo y me
aceró a su área genital para introducirme su pene en mi boca. Luego eyaculó
dentro de mi boca. Luego se cubrió con su bata y me dijo que me fuera”.
Ignacio dice que él pensó que ese
tipo de actos sexuales eran “normales” porque así se lo hizo creer el padre
Meño y además porque fue testigo de las relaciones sexuales que sostenía el
coadjutor Gerardo García Cabrera “Gerry” [actualmente sacerdote] y el
seminarista Néstor. Cuando los descubrió haciendo el acto sexual se lo notificó
al padre Meño, pero este le dijo simplemente que anotara en una libreta todo lo
que veía: “Al ver eso, me hice a la idea de que esos actos, eran normales”.
Fue entonces cuando Ignacio denunció
todo ante el Obispo de Piedras Negras, Alonso Gerardo Garza Treviño. “No digas
nada a tus padres”, le dijo Garza Treviño, y añadió: “Tampoco hables con la
prensa. Nosotros vamos a solucionar esto”.
En lugar de
actuar contra el sacerdote denunciado, el
Obispo decidió expulsar del seminario a Ignacio: “Me inventaron cosas para
sacarme. Me deprimí e ingresé a la Congregación Orden del Carmelo Descalzo en
Salvatierra, Guanajuato”.
Regresó a
Piedras Negras en 2004 y entonces supo que al cura pederasta lo habían
ascendido de puesto. A partir de entonces, decidió buscar la forma de conocer
más sobre los abusos sexuales del clero de Coahuila, una parte bajo las órdenes
del Obispo Raúl Vera López y el resto bajo el mando del obispo Garza Treviño.
“A partir de
ese año he tenido contacto sexual con aproximadamente siete sacerdotes de
Saltillo y de Piedras Negras: con los curas Alejandro Hernández, vicario de la
parroquia Cristo del Buen Pastos en Acuña; con el padre Eduardo Javier
Hernández Velez, quien ahora se encuentra en “rehabilitación” en Saltillo, en
la casa de la comunidad del Tunaje; con ellos y otros he tenido relaciones con
el propósito de desenmascararlos respecto al Obispo encubridor y cómplice de
curas pederasta, Alonso Gerardo Garza Treviño”.
Ignacio iba recabando información
para consumo personal, pero cuando salió a la luz pública la denuncia del
seminarista Roberto Javier Calzada Tamez, quien fue violado por el padre Meño,
y el Obispo Garza Treviño declaró que no sabía nada sobre el carácter delictivo
del sacerdote, decidió salir a dar la cara apoyar a las otras víctimas.
“El Rector del seminario menor
representa los ojos y oídos del Obispo y el hecho de que el padre Meño fuera
nombrado Rector por el Obispo me pareció una burla para todos los que sufrimos
de sus abusos”.
Ahora, Ignacio y Roberto Javier
luchan juntos para exigir justicia. Ambos decidieron denunciar al sacerdote
pederasta Juan Manuel Riojas y por primera vez en la historia judicial de
México, al Obispo encubridor, protector y cómplice.
ESTRATEGIA
PROTECTORA.
A los 15
años, Roberto Javier Calzada Tamez sintió la llamada de la vocación sacerdotal
e ingresó al seminario. Estaba ilusionado por convertirse en sacerdote. Pero el
acoso y abuso sexual, le cambiaron la vida.
“Esto queda
entre tú y yo”, le dijo el Rector del seminario, Juan Manuel Riojas, padre
Meño, luego de violarlo, aprovechando que estaba dormido. Tenía 15 años y todas
las ilusiones centradas en ofrecerle su vida y obra a Dios, pero el mundo se le
vino abajo.
Siguiendo con el curso introductorio,
los seminaristas de Piedras Negras son enviados al Seminario de Monterrey. Fue
allí, donde fue cuestionado sobre su vocación sacerdotal y los principales
problemas que había enfrentado y el 12 de diciembre de 2016, decidió contarles
todo a sus directores espirituales que finalmente le animaron a interponer una
denuncia.
“Tenía mucho
miedo y vergüenza, pero empecé a escribir todo”, dice al señalar que decidió
enviarle una carta contándole todo al Obispo Garza Treviño, animado por el
sacerdote Anuar Tofic Canavati González, coordinador del curso introductor, por
el padre Juan Carlos Arq Guzmán, Rector del Seminario de Monterrey y el
canciller Pedro Pablo González Sias.
Con fecha 17 de diciembre del año
pasado le escribió una carta al Obispo Garza Treviño donde le narraba los
abusos que había sufrido, solicitándole que diera aviso a las autoridades
religiosas correspondientes en la Santa Sede y a la autoridad civil, ya que era
su obligación como Obispo de la Diócesis de Piedras Negras.
Los integrantes del Seminario de
Monterrey le solicitaban que actuara de manera apropiada cumpliendo con el
artículo 12 Bis de la Ley de Asociaciones Religiosas de México y a la
legislación canónica sobre las normas de los delitos reservados a la
Congregación de la Doctrina de la Fe del Vaticano.
El 20 de
diciembre del año pasado, el Obispo Garza Treviño citó al seminarista en la
parroquia de San Pedro Apóstol ubicada en el centro de Allende, Nuevo León. Lo
primero que le pidió fue que jurara ante Dios que todo lo que contaba del padre
Meño era verdad.
“Mira, no todo gira en torno a esto
que te ocurrió, el padre Meño tiene un 99 por ciento que es bueno y un uno por
ciento que es malo, y ese uno por ciento es esto”, le dijo con una leve sonrisa.
Luego le
ordenó: “Olvida esto, si sigues pensando
en lo que te sucedió te va a hacer más daño. Déjalo todo en mis manos”.
Posteriormente le hizo una advertencia: “No le cuentes todo a tus papás. Diles
lo que te pasó de una manera parcial y atenuada”.
El Obispo le prometió al seminarista
que el sacerdote pederasta no se acercaría más a él ni a su familia, y le dijo
que el padre Meño recibiría ayuda psicológica para salir de “esta situación”.
El seminarista solicitó que fuera
denunciado y el Obispo prometió que sería denunciado ante las autoridades
eclesiásticas y civiles y que finalmente sería removido no sólo del seminario,
sino de Piedras Negras. Las promesas no fueron cumplidas.
“El Obispo
se reunió con el padre Meño y me dijo que se sentía arrepentido, que se portó
como un hombrecito porque aceptó todo y que buscaba mi perdón”.
Posteriormente,
el Obispo se reunió con los papás de Roberto Javier.
“Mi mamá le dijo que iba a ir a los
medios de comunicación porque él no estaba cumpliendo su palabra. Luego me
dijeron que el Obispo les había ofrecido dinero. Ellos se negaron y el Obispo
prometió cambiar al padre Meño el 19 de febrero”, algo que tampoco cumplió.
Roberto
Javier esperó tres meses el cumplimiento
de las promesas del Obispo. El 3 de marzo, volvió a Piedras Negras y fue
llamado por Garza Treviño para solicitarle que firmara una carta en primera
persona donde lo exculpaba de todo:
“Expreso que no es mi voluntad que el
señor obispo Alonso Gerardo Garza Treviño sea acusado de no actuar en el orden
civil en lo referente al caso de mi persona. Lo exculpo totalmente de que no
proceda él ante la autoridad civil, pues sé que él nunca aceptaría complicidad
en una situación así”, decía el texto que se negó a firmar.
El seminarista descubrió entonces que
en lugar de denunciar al padre Meño, el Obispo Garza Trevió sólo lo cambió de
lugar y lo transfirió al Santuario de Guadalupe, donde lo convirtió en vicario
y en director de las casas del Migrante a cargo de la diócesis de Piedras
Negras: “El Obispo
había enviado su propio testimonio al nuncio donde refería que el Padre Meño
podía salir de la situación con ayuda psicológica; es decir, que la intención
del Obispo era brindarle un acompañamiento psicológico y después dejarlo uno o
dos años en el Santuario de Guadalupe como vicario y luego le volvería a dar un
cargo importante en la diócesis”.
Consternado por la traición del
Obispo, Roberto Javier descubrió que también su director espiritual del
seminario, el sacerdote Jesús Gerardo Martínez Compeán, que supo desde el
principio los abusos sexuales a los que fue sometido por el rector del
seminario, jugó el papel de informante para el Obispo encubridor y cómplice.
Al seminarista no le quedó más que
dar la cara, salir a la luz pública a denunciar los hechos, para exigir
justicia y reparación. Fue entonces cuando decidió escribirle al Nuncio
Apostólico en México, Franco Coppola, para relatarle lo sucedido.
El Nuncio le contestó con evasivas.
El representante del Papa Francisco, le aseguró que el Obispo Garza Treviño,
supuestamente redujo al estado laical al sacerdote denunciado desde hace 14
años por abusar de seminaristas, algo que es totalmente falso:
“Hay una
contradicción, el padre Meño siguió siendo sacerdote; de hecho, el Obispo sólo
lo cambió del seminario donde era Rector y lo dejó en funciones de vicario en
el santuario de Guadalupe y de encargado de la pastoral social de los
peregrinos. Meño seguía y seguramente sigue oficiando misas y sacramentos”,
dice el seminarista.
El Nuncio Coppola le explica al
seminarista que el Obispo encubridor Garza Treviño ha remitido la denuncia
contra el sacerdote pederasta a la Santa Sede, la cual, según informa, está
siendo considerada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, institución
encargada de tratar “dolorosos casos”.
“Pido de
corazón al Señor te ayude a seguir confiando plenamente en él, te conceda paz y
serenidad, y nos permita a todos hacer vida, en todo momento, aquella caridad
que tiene como fundamento y presupuesto una verdadera justicia”, le escribe.
Roberto Javier se sintió doblemente
traicionado. Por lo tanto, el pasado 24 de abril acudió ante María Luisa Guerra
Rosales, agente del Ministerio Público de la Unidad de Investigación de Piedras
Negras, para denunciar al Obispo Alonso Gerardo Garza Treviño por encubrimiento
y complicidad en los delitos sexuales cometidos por el sacerdote Juan Manuel
Riojas, alias el padre Meño.
Sin embargo, el seminarista vive horas de angustia por
la manipulación que está sufriendo por parte de algunos de sus preparadores
espirituales, sacerdotes del seminario de Monterrey que antes lo apoyaban, y
que ahora le recomiendan dejar a un lado la denuncia por encubrimiento contra
el obispo regiomontano Garza Treviño.
HERIDA EN EL
ALMA.
Roberto Javier vive actualmente
momentos intensos de depresión. A pesar de haber recibido una incipiente ayuda
psicológica, a sus 18 años padece la angustia y el sufrimiento provocado por el
abuso sexual.
Recuerda que
en mayo del 2015, luego de jugar a la guerra de almohadas con sus compañeros,
el seminarista Diego Ríos le ordenó llevar el celular al Rector Riojas. Lo
buscó en su oficina y al no encontrarlo fue a su habitación.
“Acércate”,
le dijo indicándole que se sentara en su cama donde estaba acostado: “El padre
Meño me tomó con fuerza con sus manos, se bajó el short y ya tenía el pene
erecto. Luego me introdujo su pene en mi boca. Duró como 15 segundos y eyaculó
en mi boca”.
“Vete, esto
queda entre tú y yo”, le dijo al terminar, y le pidió que saliera de su
habitación. El menor salió llorando e intentando escupir y limpiándose la boca.
A partir de ese momento, Roberto Javier
empezó a sufrir una especie de acoso sexual por parte del padre Meño.
Luego en el
verano de 2015 llegó el momento de las misiones y él y otro seminarista fueron
hospedados en el mismo seminario. Sólo a su compañero le dieron una llave de su
cuarto: “A mí no me dio la llave de mi cuarto, por lo que siempre estaba
abierto. Siempre volvíamos como a las 11 de la noche. Todas las noches llegaba
para preguntarme como me había ido. Una de las noches cerré con picaporte y el
padre Meño tocó a la puerta, pero no le abrí. Para mi sorpresa, fue el propio
sacerdote quien abrió mi puerta con la llave que nunca me dio. Me dijo que me
acostara con él en la cama. Yo no obedecí, sólo me senté. Luego me empezó a
picar las costillas para hacerme cosquillas y me agarró de las manos. Pero yo
de manera cortante le dije que estaba cansado y que se retirara. Luego con
muecas de enojo se fue”.
El Rector
Riojas insistía. Una noche de julio de 2015 el sacerdote le llamó por teléfono
y le solicitó una jarra de agua: “Era de noche, le llevo la jarra. Y el padre
me invitó a ver una película. Me quedé dormido en la silla de su escritorio
porque estaba cansado por las actividades que había tenido durante el día.
Cuando me despierto ya estaba sin ropa recostado boca abajo. Sentí el peso del
padre y su pene introducido en mi ano. Cuando sentí ese dolor, gire viéndolo
para intentar que parara y lo vi totalmente desnudo, pero me agarraba de la
cabeza y luego levantó su cuerpo hacia mi cara”.
Roberto Javier forcejeó y pudo
entonces zafarse. Salió corriendo llorando. Al día siguiente lo mandó llamar y
le dijo: “Acuérdate de que esto queda entre tú y yo. Sabes que hay mucha
confianza. Ya sabes que yo te aprecio mucho”.
Roberto
Javier no sabía qué hacer y en septiembre le comentó lo sucedido a su director
espiritual del seminario, el sacerdote Jesús Compeán, quien empezaba a notar su
alejamiento del padre Meño: “Yo intentaba no tener contacto con él, pero era
imposible porque era el Rector”.
El director espiritual del seminario
le recomendó callar: “Es mejor que todo quede aquí”, le dijo, a lo cual
accedió. “Yo no quería terminar corrido del seminario, quería continuar con mi
vocación”, dice.
Luego de la denuncia penal
interpuesta por Roberto Javier el pasado mes de marzo, el Obispo de Piedras
Negras ha emitido varios comunicados y
ha contratado un importante despacho de abogados dirigido por Heriberto
Guevara.
Las manifestaciones de algunos fieles
de Piedras Negras afuera de la catedral no se han hecho esperar. Acusan a Garza
Treviño de encubridor particularmente porque se ha referido públicamente a los
abusos sexuales cometidos por el padre Meño, como una “conducta inadecuada”,
sin considerarlos delitos.
Las víctimas han recibido el rechazo
de los católicos más fundamentalistas y seguidores del Obispo. Una buena parte
de estudiantes han abandonado el seminario, entre ellos, el sobrino del
sacerdote Juan Manuel Riojas y solo quedan 14 seminaristas.
Tanto Roberto Javier como Ignacio
están seguros que hay más víctimas del padre Meño que por miedo no han dado la
cara: “Yo siempre
notaba que el padre se portaba bien extraño con algunos compañeros, sobre todo
cuando notaba el acercamiento a un seminarista mayor que yo. Él se salió del
seminario al año siguiente”, dice Roberto Javier. “Lo peor de todo es que el Obispo sabía desde hace 15 o 17 años que el
padre Meño abusaba de los seminaristas y lo dejó allí, e incluso lo ascendió
haciéndolo Rector”, añade.
Confiesa que
ha tenido momentos difíciles, pero su fe sigue firme: “Yo nunca pensé que me
fuera a pasar esto en un seminario. Batallé mucho para entrar porque mi familia
no es mucho de ir a la iglesia y para mí fue muy difícil convencerlos que me
dejaran ir. Luego de lo que me hizo el padre Meño no sabía qué hacer,
simplemente pensaba que necesitaba pasar un tiempo y luego lo confrontaría”.
IIMPUNIDAD,
PROTECCIÓN Y COMPLICIDAD.
A pesar de las cuatro denuncias
interpuestas –dos contra el sacerdote pederasta y las otras dos contra el
Obispo por encubrimiento y complicidad a la pederastia clerical– ambos
seminaristas están seguros que el padre Meño está siendo escondido por la
propia Iglesia e incluso por las autoridades civiles.
Mientras a Roberto Javier los
ministeriales lo despiertan en la madrugada para llevarlo a ratificar sus
denuncias, el Obispo sólo ha ido en una ocasión y estuvo en la tarde durante
hora y media: “Me tienen horas en la Procuraduría y me hacen preguntas
extrañas, como el color de pantalón que usaba o que tenía de cosas personales
cuando sucedieron los hechos. Uno de esos días nos llamaron a las nueve de la
noche y salimos a las dos de la mañana. Al día siguiente vinieron por mí a las
dos de la mañana y salí a las cinco y media de la mañana”.
“Es obvio que el padre Meño está
protegido por todos. Si no fuera sacerdote ya lo hubieran encontrado y ya
estaría detenido. El Obispo tiene dinero para comprar a todos y silenciar
esto”.
Hace unos
días, Ignacio decidió protestar afuera de la catedral de Monterrey y solicitó
entrevistarse con el Arzobispo Rogelio Cabrera López o al vicario Francisco
Gómez Hinojosa, pero fue recibido por el canciller Pedro García.
“Le dije que el Obispo Garza Treviño
tenía conocimiento de la pederastia del padre Meño y querías minimizar las
denuncias y entonces el canciller me dice que ellos no tenían jurisdicción. Ni
el Nuncio Apostólico tiene autoridad sobre los obispos para decidir que van a
hacer su ministerio. En definitiva, se lavó las manos”.
Ignacio,
atribuye la protección y complicidad del Obispo Garza Treviño al padre Meño por
lo que dice saber: “El Obispo lo protege
porque tiene que ver con sus propios gustos, porque el Obispo también es gay y
tiene una pareja en Eagle Paz e incluso los sacerdotes le dicen “mamá” al
Obispo. Otros sacerdotes me han dicho que el Obispo también acosa y abusa
sexualmente”.
El ex
seminarista se entrevistó con el Gobernador Rubén Moreira Valdez, quien acudió
a Piedras Negras.
“Me dijo que ya estaba enterado del
caso y que iban a hacer justicia, cosa que no ha cumplido. El Gobernador
también está protegiendo al padre Meño porque tiene una amistad con el Obispo
Garza Treviño por eso lo tienen escondido”, afirma.
Sin rencor
ni sentimiento de venganza, Ignacio dice
que seguirá luchando hasta ver al sacerdote encarcelado: “Cuando lo tenga
enfrente le diré que es un gay de closet, un abusador, un depredador y una
persona que se esconde en una sotana. Espero que pronto esté tras las rejas
porque nosotros hemos sido prisioneros de sus abusos”.
Y piensa
también en ese niño de 15 años que fue abusado: “A ese niño le daría ese abrazo
que nadie le dio, ni su mamá ni su papá. Y le diría que sea feliz, que estamos
intentando hacer justicia”.
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