Diego
Petersen Farah.
La violencia
nos comienza rebasar por la derecha. Lo digo en los dos sentidos de la palabra.
El tema se instaló terriblemente en los últimos meses. Ya no es posible no
hablar de ello. La estrategia del
Gobierno federal de sacarlo de la agenda, fracasó, porque fue solo un asunto
mediático, nunca existió un proyecto alternativo a la estrategia del sexenio
anterior; solo la desbarataron, pero no generaron nada nuevo. Por distanciarse de los errores de Calderón
se olvidaron de construir algo distinto, y sobre todo continuar lo poco que
comenzaba a funcionar. Tiraron el niño con todo y el agua sucia y hoy la
violencia no solo está de nuevo en todas las primeras páginas y todos los
noticieros, también en todas las conversaciones de sobre mesa. Violencia será, junto con corrupción, el
leit motiv de las campañas presidenciales, lo que favorecerá los proyectos de
derecha o más conservadores.
El tema de corrupción favorece sin
duda a Andrés Manuel López Obrador. No solo es el más creíble, el que tiene
fama de más honesto, a pesar de las ligas y las bolsas, sino que es el único
partido en competencia que no ha gobernado el país, y cruzó el pantano de ser
Jefe de Gobierno de la Ciudad de México sin demasiadas manchas, muchas menos que los gobernadores
del PRI y del PAN. Lo que no la favorece
a Andrés es el tema de violencia. Si bien tanto PAN como PRI han fracasado
rotundamente en reducir la inseguridad, el discurso de López Obrador en
materia de seguridad y crimen organizado es desarticulado, contradictorio y por
momentos raya en la ingenuidad. O no se atreve a decir lo que hay que decir, o
simplemente no tiene una estrategia.
En la medida que la violencia se
incrementa en el país el tema se va imponiendo y con ella aparecen las
opiniones a favor de la mano dura, la justificación a los excesos de fuerza, la
voluntad de que alguien acabe con esto, aunque sea a costa de derechos
ciudadanos. En la
más reciente encuesta de GEA-ISA (marzo 2017) la seguridad no solo aparece,
como en casi todas las encuestas, como el principal problema, sino que ante la
pregunta de si estaría usted de acuerdo o en desacuerdo que los militares
tomaran el poder, uno de cada tres contestó que estaría de acuerdo. Respuesta
que, por cierto, está en concordancia con la insatisfacción con la democracia.
Si la inseguridad sigue creciendo, la
violencia comenzará a desplazar a la corrupción, la falta de oportunidades y la
desigualdad como principal preocupación y por lo mismo como tema rector de los
discursos. Pero el error es justamente verlos como elementos separados. La
violencia y la corrupción son solo dos caras de un mismo problema: la ausencia,
ya casi total, de Estado de derecho.
Es ahí donde
tenemos que poner el acento, en la reconstrucción de nuestro sistema
democrático.
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