Poco a poco, Enrique Peña Nieto ha
conformado una Suprema Corte de Justicia de la Nación de lealtades en torno
suyo, en detrimento del Poder Judicial y de la separación de poderes.
Desde que llegó, logró la designación
en diciembre de 2012 de uno de los suyos como ministro del máximo tribunal:
Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, un recaudador de impuestos como titular del
Servicio de Administración Tributaria.
Luego, en marzo de 2015, puso a
Eduardo Medina Mora, un ex policía y ex diplomático hecho al vapor. Y a fines
de ese mismo año a Javier Laynez Potisek, un persecutor fiscal que antes de
ministro se convirtió en magistrado fiscal y administrativo por decisión
presidencial.
Los tres
tienen en común que son ajenos al Poder Judicial y su perfil, sobre todo de los
dos primeros, está muy lejos de los jueces de un tribunal constitucional. Tres
de 11 ministros suyos, a los que se suman los ministros de carrera reputados
como oficialistas, entre los que destaca la ministra Margarita Luna Ramos.
Ese mismo 2015, Peña intentó la
designación como ministro de la Suprema Corte del ex representante jurídico del
PRI Raúl Cervantes, quien incluso se separó de su cargo de senador para cumplir
el requisito de un año sin haber ocupado un cargo público. Pero con lo que no
contó el aspirante a ministro fue que los cargos de elección popular son
irrenunciables.
Frustrado, Cervantes regresó al
Senado y ahora Peña lo tiene como titular de la Procuraduría General de la
República (PGR), el mismo cargo que Medina Mora ocupó durante la primera parte
del sexenio de Felipe Calderón.
Fiel a su
estilo, cuando Cervantes llegó a la PGR anunció a sus subordinados que estaban
frente al próximo titular de la Fiscalía General de la República (FGR). Pero de nueva cuenta el rechazo en diversos
sectores sociales lo tiene más bien como el último procurador, pero no
necesariamente el primer fiscal general de la Nación.
Ahora, Peña Nieto va por otro espacio
más; el que se abre con el retiro del ministro José Ramón Cossío, en noviembre
próximo. Eso explica, en parte, la salida de Humberto Castillejos Cervantes
como titular de la Consejería Jurídica del Ejecutivo federal.
El exconsejero presidencial, quien es
primo de Raúl Cervantes, y del titular de la Conade y también cercano a Peña,
Alfredo Cervantes, se retira del cargo para litigar desde su influyente
despacho y cumplir así con el requisito constitucional de la temporalidad.
Castillejos, quien fue coordinador de
asesores de Medina Mora en la PGR, no tiene asegurado un asiento en la Corte.
Primero, tendrá que enfrentar lo que desde la Secretaría de Gobernación se
pueda contar de él.
El secretario Miguel Ángel Osorio
Chong no lo tiene en bien. Aunque él mismo salga de la Segob en un eventual
reacomodo del gabinete o en aras de la precandidatura del PRI, Osorio tiene
mucho que contar de Castillejos.
Otra condición importante es que el
PRI gane en el 2018. De no lograrlo, el partido que gane tendrá prioridad en la
designación del nuevo ministro.
En el escenario de Peña hay otro
factor que quiere explotar en la Corte. La designación del nuevo presidente de
la Corte en enero de 2019, en sustitución del actual Luis María Aguilar.
Ahí hay otra carta favorable a Peña,
el ministro Jorge Mario Pardo Rebolledo, quien además de ser muy cercano a Luis
María Aguilar, fue juez y magistrado en el Estado de México en tiempos de Peña
Nieto como gobernador. Ahí se conocieron y mantienen desde entonces relación.
Peña necesitará una Corte que en el
menor de los casos defienda las reformas que el propio Castillejos diseñó. Y en
el peor, lo proteja ante una eventual acción judicial en su contra como
presidente.
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