Alejandro Páez Varela
Solíamos decir que los
mexiquenses son culpables de su propia tragedia por mantener a un grupo de
lacras en el poder. Solíamos acusarlos de permitir a ese puñado de individuos
gobernar, desde una caverna, a millones de mexicanos. Los culpamos porque sus
votos daban presencia nacional a esos parásitos infumables.
Solíamos señalar a los
mexiquenses porque, durante décadas, salieron a aplaudir a sus verdugos; a
celebrarlos, a votarlos. Solíamos decirles borregos, ignorantes, vendidos.
Corruptos.
Pero, creo, debemos cambiar ese discurso de reclamo.
Creo que los
mexiquenses han dado una muestra de civilidad que, ahora, debemos aplaudir.
Con los datos que hay –aún con esos, todos en sospecha–, se
puede decir que en las pasadas elecciones una mayoría de los mexiquenses optó
por un cambio. No importa por cuál partido votaron: se lanzaron a las urnas por
un cambio.
Un cambio que no es menos: un cambio que permite decir que
hemos llegado a la normalidad democrática en México.
¿Y qué pasó? Que
décadas después seguimos sospechando fraude. Las dos fuerzas más importantes
del país, Morena y el PAN, coinciden en que hubo una
elección de Estado. Afirman que el Gobierno federal participó en el robo de la
voluntad popular para imponer a Alfredo del Mazo, hijo del sistema, primo del presidente
Enrique Peña Nieto.
Todos vimos a
secretarios de Estado repartiendo dádivas antes de las elecciones. Al menos dos
actores de la sociedad civil, Emilio Álvarez Icaza y Paulo Díez Gargari, acusan
un desvío de miles de millones de OHL México al PRI, para comprar votos. Hubo
irregularidades en las casillas y en el cómputo, y se le negó a los partidos y
a los ciudadanos un recuento voto por voto y casilla por casilla.
Y, aun así, a pesar de
todo el cochinero, el PRI no ganó en Edomex. Quizás Alfredo del Mazo sea el
Gobernador con ayuda de los partidos satélites (y de un fraude de Estado,
parece), pero su partido no logró la mayoría. Los mexiquenses hicieron la hazaña.
Solíamos decir que los
mexiquenses son culpables de su propia tragedia, pero ahora no podemos
acusarlos más.
Y tendremos bien
identificados a los verdaderos culpables de que el PRI mantenga ese coto por
seis años más.
Son las autoridades
electorales.
Quizás no así, en
abstracto; quizás es un puñado de burócratas que pone en duda a las
instituciones. Ellos, que no permiten el recuento voto por voto; que no abren
la boca mientras se realizan actos ilegales que van desde repartir despensas
hasta alterar actas.
Son las autoridades
electorales a las que debemos ver, ahora. Y decirles borregos, ignorantes,
vendidos. Corruptos.
Porque es una vergüenza
que los ciudadanos, que pagan el salario de eso burócratas, sí hicieran su
trabajo. Y ellos no.
La más grande perversión de las sociedades modernas se
acomoda en México: el crimen organizado se apodera del Estado para hacer
negocios desde allí.
Con esa “legitimidad”
que da “la democracia”, puede compartir a otros del pastel. Sobre todo, a los
grandes corporativos,
deformación de la sociedad de consumo,
que toman el tajo que les corresponde y, para confirmar que las cosas están
bien así, dicen que las cosas van bien a través del mercado financiero.
Entonces las empresas son boyantes porque el sueño es
redondo. Pero si caen las acciones, es consecuencia de que las cosas no van
bien. Y las cosas no van bien, en esa lógica, cuando algo se les atraviesa en
su camino. Y lo que se les atraviesa, son los votantes.
El mercado aplaude que
el partido en el gobierno, el que reparte dinero sin controles –porque es igual
de corrupto que las empresas–, gane elecciones.
Y el sistema es
redondo: OHL México gana durante una semana completa porque su padrino, el PRI,
ganó las elecciones.
El crimen organizado ha enseñado a las empresas corruptas que
su destino va unido. Y cuando los votantes ponen en riesgo los cotos de los
criminales, se viene la hecatombe, dicen.
La más grande
perversión de las sociedades modernas opera en México. Y esa perversión vota
por presidente, gobernador, alcaldes. Los impone. Y vende, a través de sus
medios, la idea de que es mejor la “estabilidad” que el cambio porque el cambio
arrastra pérdidas.
Las pérdidas de OHL y similares.
Las pérdidas que sólo
le importan a un puñado de hijos de la tiznada.
Le dije a gente que quiero que debía votar en 2017. Que
hiciera un esfuerzo, en contra de su propio instinto.
Le dije que era por el bien del Edomex, por su propio bien y
por el bien de México.
Le dije que había autoridades electorales más modernas y,
parecía, más morales, éticas.
Le dije, a esa gente que quiero y que vive en Edomex, que
saliera a las urnas y diera su voto por quien quisiera.
Y ahora, amargamente, le ofrezco una disculpa.
No son ellos, los
mexiquenses, los culpables de su propia tragedia: los mexiquenses dijeron NO al
PRI, y allí están los números.
Fueron las autoridades
electorales las que fallaron.
Y ahora, con cara de chancla, no tengo más opción que decirles
otra vez a esos que quiero que salgan a votar.
Que en este país hay que luchar una y dos y tres y cuatro
décadas para que algo medianamente cambie.
No hallo cómo decirles
que voten en 2018. Por favor, por favor, por favor. Hay que seguir luchando.
Uno ya no sabe quiénes
son los cerdos, aquí: si esos que aparecieron degollados por todo Edomex en el
día de la elección –para intimidar a los votantes– o los que son capaces –desde
un escritorio– de desalentar a un pueblo que se levanta y dice NO, por primera
vez, con mucha valentía, a sus verdugos.
Bienvenidos a la decepción, mexiquenses. Pero desde ahora, ni
un paso atrás; ni siquiera para agarrar vuelo.
No se abandonen, mexiquenses, porque si se abandonan, nos
abandonan a todos los demás.
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