Dolia Estévez.
Con el Tratado de Libre Comercio de
América del Norte, los billonarios mexicanos se sacaron la lotería. En 23 años
de vida, el polémico convenio comercial con Estados Unidos y Canadá no sólo los
hizo más ricos sino multiplicó su número en la emblemática lista de Forbes. En
1994, en medio de la euforia en torno a la entrada en vigor del tratado, 11
billonarios mexicanos se sumaron al club, alcanzando la cifra récord de 24.
Ese año, por
primera vez, Carlos Slim Helú entró al Olimpo de los 10 más ricos del universo.
La fortuna del llamado Rey Midas aumentó cerca de 4 mil por ciento, al pasar de
$1.7 mil millones de dólares en 1991, a $65.4 mmdd ahora.
En 1992,
Forbes dio la bienvenida a los nuevos acaudalados dedicándoles su edición
especial sobre los hombres y mujeres más ricos de ese año. Con una riqueza neta
estimada en $2.8 mil millones de dólares, Emilio Azcárraga Milmo, el hoy finado
dueño de Televisa era el más acaudalado de América Latina. También aparecían
los hermanos Jerónimo, Plácido y Manuel Arango; Lorenzo y Marcelo Zambrano;
Slim Helú; la familia Garza Sada y los banqueros Roberto Hernández y Alfredo
Harp Helú. Con la excepción de los Zambranos y Garza Sada, el resto permanece
en el listado de riquezas de diez dígitos.
Si bien las fortunas billonarias
preceden al TLCAN, el convenio les permitió agrandarlas al excluir de la
apertura sectores clave, concretamente telecomunicaciones. Algunos economistas
opinan que en retrospección fue uno de los grandes errores del TLCAN. “Los
sectores que no abrimos beneficiaron a unos cuantos”, me dijo Luis de la Calle, uno de los
negociadores del TLCAN.
La falta de competencia fortaleció
los monopolios y oligopolios. América Móvil, el proveedor de telefonía celular y de TV de
paga más grande del continente, llegó a controlar 70 por ciento del servicio
celular y 80 por ciento de la telefonía fija. Hasta ahora, la reforma de 2013
sólo ha reducido la cuota de mercado de la empresa propiedad de Slim y sus
hijos en 0.7 por ciento, es decir,
América Móvil sigue disfrutando una concentración de mercado del 60.8 por
ciento.
Los mismo
pasó con la televisión abierta. Televisa y TV Azteca, duopolio propiedad de los
billonarios Emilio Azcarraga Jean y Ricardo Salinas Pliego respectivamente,
dominan ese mercado.
Nada ni nadie garantiza que la
renegociación del TLCAN–que presuntamente arrancará en agosto (presuntamente
porque con Donald Trump no hay certeza de nada)–no vuelva a proteger los
intereses de los Dueños de México. “Se requiere que cualquier renegociación resulte en más
comercio y no menos, en más competencia y no menos, y en evitar ‘managed trade’
[que a Wilbur Ross, secretario de economía de Trump, gusta tanto] para que el
comercio sea ‘free’ [libre] y ‘just’ [justo] pero para los consumidores, no los
productores”, dice de la Calle.
Sin embargo,
para defender los intereses nacionales es necesario primero saber qué se busca
y, hasta ahora, ni eso está claro. De paso por Washington, Carlos Heredia,
catedrático del CIDE, autor y crítico del TLCAN, me dijo que el fondo del asunto es que los hombre y
mujeres más acaudalados el país confunden deliberadamente el interés nacional
con su interés particular. “Eso se tiene que terminar. Es insostenible el hecho de los Dueños de México, digan: lo que es
bueno para mí, es bueno para el país. Eso ya no funciona”.
El posicionamiento de intereses de secretarías
particulares—concretamente, Economía y Cancillería– no constituye una
definición sobre el interés nacional en la renegociación por parte del gobierno
federal. Heredia: “No he escuchado al presidente decir este es el interés
nacional de los mexicanos. Están acostumbrados a decir con que yo lo decida ya
funcionó”.
Pregunté a Heredia qué debe hacer
México para evitar que el TLCAN II sea fábrica de billonarios. “Desmantelar
privilegios”.
En un país
donde los privilegiados del poder político y económico viven en simbiosis y
cohabitan bajo el mismo techo el fin de
los privilegios, es un sueño guajiro. Sólo queda esperar que la tragedia del
TLCAN no se repita como una comedia, con un desenlace que haga reír al puñado
de ricos que concentra 10 por ciento del PIB nacional y llorar a 50 millones de
pobres.
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