Raymundo Riva Palacio.
Espiar
ilegalmente en México a mexicanos por el hecho de tener posiciones críticas al
gobierno, es una acción condenable que exige explicación y sanción a quien o
quienes lo hayan hecho, dentro del gobierno –funcionarios actuando al margen de
la ley– o fuera de él. Pero espiar
ilegalmente a extranjeros en territorio mexicano, coloca al gobierno en el
umbral de un problema internacional.
Las autoridades pueden mantener su
negligencia para investigar casos de espionaje a mexicanos y burlarse de la
rendición de cuentas. Pueden ignorar, deliberadamente o no, conocer a los
autores intelectuales de semejante actividad, e incluso solapar a los
responsables.
Pero pretender lo mismo cuando hay
extranjeros involucrados tiene implicaciones internacionales, como sucede con
el espionaje al grupo de expertos internacionales que coadyuvaron en la
investigación de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, revelado esta
semana.
Como
reacción directa a ese espionaje difundido a través del periódico The New York
Times, el subsecretario de Gobernación,
Roberto Campa, afirmó en el programa La Nota Dura que nunca recibió del grupo
de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ningún reclamo
por la sospecha de que sus comunicaciones privadas estaban siendo intervenidas.
No lo sabían.
Los
investigadores le dijeron al diario que
no fue sino hasta que difundió el método mediante el cual se intervinieron los
teléfonos de activistas sociales, abogados de derechos humanos y periodistas,
que sospecharon que ellos también habían sido objetivo de esos ataques. El
Citizen Lab, de la Universidad de Toronto, que verificó que esas intervenciones
habían sido realizadas por un programa llamado Pegasus, confirmó que así había
sido.
Pegasus es
un software que vende una empresa israelí llamada NSO Group, que, de acuerdo
con el Times, sólo puede ser adquirida
por gobiernos. De ahí la sospecha informada de que el espionaje se originó en
alguna oficina del gobierno federal, y la instrucción del presidente Enrique
Peña Nieto para que la PGR investigara.
Han pasado varias semanas desde que
dio la instrucción y no ha sucedido nada. El argumento es que una investigación de esta
naturaleza lleva tiempo. Lo inverosímil
no es la demora para dar resultados, sino que no sepan claramente quién o
quiénes, dentro o fuera del gobierno, tenían acceso a Pegasus. Lo mismo se puede alegar del Cisen, que de
acuerdo con funcionarios federales, no tiene ese software, contradiciendo lo
que los contratos del NSO Group sostienen.
El espionaje ilegal es un tema de
seguridad nacional. Si la PGR y el Cisen, que tiene la tecnología para
investigar de manera más expedita el espionaje ilegal, no saben nada, es más
grave que si funcionarios en esas dependencias hubieran abusado de su
autoridad, pues reflejaría una incompetencia monumental del
gobierno en términos de la seguridad del Estado. No es creíble que desconozcan
su origen y a los autores.
La hipótesis de que el gobierno sí
sabe quién espió y está encubriendo a los responsables, la fortalece la
oposición del PRI en el Congreso a que comparezcan el secretario de
Gobernación, el procurador general y el director del Cisen. En toda democracia, que el Congreso
llame a que los funcionarios involucrados en temas delicados expliquen sus
acciones y decisiones, es una práctica normal.
Que el PRI esté
impidiendo que vayan a comparecer, sabiendo que los coordinadores no hacen nada
que no les ordenen desde Los Pinos, daña más a Peña Nieto de lo que él mismo
cree. No se beneficia el presidente de este blindaje contra la transparencia,
sino que indirectamente lo inculpa.
Ciertamente, en el caso del espionaje
doméstico, el gobierno puede soportar las críticas e ignorarlas, así como
manipular al Congreso para que no moleste al Ejecutivo. Sin embargo, eso no lo podrán hacer con el espionaje a extranjeros, que violó
tratados y acuerdos internacionales, con lo cual podría ser sujeto el
presidente, como jefe del Ejecutivo, a un litigio en cortes internacionales.
Sólo como
botón de muestra, la Convención Internacional de Derechos Civiles y Políticos
de la ONU establece que nadie puede ser sujeto de interferencia arbitraria o
ilegal de su privacidad, y tiene derecho a la libertad de pensamiento, a
expresarse y a diseminar información por cualquier medio sin ser sujeto a
coerción o intimidación, gozando de la protección de la ley contra esos
ataques.
Las garantías individuales y los
derechos contemplados internacionalmente fueron violados con los mexicanos y
los extranjeros. Los mexicanos no tienen muchas opciones, ante la pasividad e
indiferencia de las autoridades, pero no los extranjeros. El espionaje contra
ellos no tiene muchos precedentes.
La analogía
en la memoria es el espionaje global de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados
Unidos en su guerra contra el terrorismo. No obstante, el hoyo legal que salva
al gobierno de esa nación fue el Acta de Vigilancia de Inteligencia en el
Extranjero de 1978. El mexicano no tiene
nada por el estilo. El espionaje fue grotesco y masivo, y el encubrimiento se
encuentra bajo los mismos parámetros.
El presidente debe reflexionar sobre
lo que está sucediendo en su gobierno, sean o no algunos de sus colaboradores
responsables directos de ello, y actuar en consecuencia. Si no hace algo al
interior de su equipo, entonces se le recomienda contratar un equipo de
abogados y preparar su defensa en cortes internacionales, porque alguien va a
pagar por esto y, hasta ahora, la única cabeza responsable a la vista es la de
él.
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