Jorge Javier
Romero Vadillo.
Si la
política no tuviera consecuencias distributivas, nadie la haría. Así nos decía
Adam Przevorski en alguna de sus magistrales clases de un curso del verano de
hace 25 años en El Escorial. En efecto, uno de los motores principales de la
actividad política es influir en la distribución de la riqueza. Las diferencias
programáticas entre derecha e izquierda, al menos en teoría, están marcadas por
los grupos a los que se pretende beneficiar: cortes de impuestos para los ricos
o ampliación de la cobertura social, por ejemplo.
Sin embargo, hay otra dimensión
distributiva que suele mover más a los políticos: la de la captura del botín de
recursos, cargos y rentas para beneficio particular. De hecho, la historia del desarrollo
de los regímenes representativos, desde la Revolución Gloriosa en la Inglaterra
de final del siglo XVII, y de la democracia moderna ha sido, en buena medida,
la historia de la creación de limitaciones a la apropiación de los recursos
públicos por los autócratas y sus coaliciones estrechas de intereses.
En México, sin embargo, el
surgimiento de la competencia plural parece más bien marcado por la rebatiña
por el control de parcelas de rentas, en lugar de ser el detonante de un
sistema de rendición de cuentas, de pesos y contrapesos que eviten la
utilización del poder en beneficio particular de individuos o grupos. Dos
décadas de competencia electoral plural, aunque limitada, han derivado en una
lucha descarnada para determinar quién se queda con qué pedazo del pastel
representado por los impuestos y la capacidad de repartir prebendas y
contratos.
El Estado mexicano de la época
clásica del PRI –ese que se consolidó después del pacto de elites de 1946 entre
la cúpula empresarial y los operadores de las redes de intermediación y
clientelas que se habían hecho con el poder dos décadas antes– se basó en la
venta de protecciones particulares a los grupos de interés favorecidos, a
cambio de tajadas de las ganancias obtenidas de un mercado cerrado, con los
movimientos sindicales y campesinos controlados, lo que permitía garantizar
salarios bajos y productos agrícolas subsidiados con la miseria de los
trabajadores del campo. La disciplina política férrea se lograba gracias a dos mecanismos
eficaces: los obstáculos mayúsculos a la organización política independiente,
debido al sistema de registro de partidos políticos para participar en
elecciones controladas y sin competitividad alguna, y al reparto de empleo
público con patente para medrar con la utilización privada de las prerrogativas
del cargo, aunque fuera una ventanilla de atención al público en una oficina de
gobierno (o un puesto de policía).
La crisis
que estalló en 1982, después de más de una década de gestación, fracturó a
fondo el acuerdo vigente durante casi cuatro décadas. Primero el Partido Acción
Nacional, consolidado como socio menor del pacto periclitado, creció gracias a
que pudo canalizar el descontento de parte del empresariado económico y de las
capas medias conservadoras. Después, en 1988, el propio partido del régimen se
rompió y una parte relevante de sus redes tradicionales de intermediación
optaron por la salida, se aliaron a la izquierda hasta entonces casi marginal y
retaron electoralmente al monopolio político, gracias a la liberalización
relativa del régimen iniciada en 1977. Todo parecía indicar que el camino a una
democratización plena, que condujera a un cambio sustancial del arreglo
institucional y diera paso a un régimen abierto y con contrapesos, había
comenzado.
Finalmente,
en 1996 se dio el siguiente pacto de elites entre las fuerzas crecidas a partir
de la crisis del monopolio del PRI. Nuevas reglas para competir por el poder
con base en el voto popular. Sin embargo, los pactantes no fueron actores
emergentes, nuevas expresiones políticas de una sociedad cada vez más ciudadana
y menos corporativa y clientelar, sino diversas expresiones del viejo arreglo,
con sus viejas maneras de hacer las cosas, y con la misma visión de lo público
como un espacio de conquista. Los grupos interesados en hacer una política
programática y en la construcción de un espacio público concebido como terreno
para el bienestar y la convivencia colectiva quedaron excluidos del nuevo
acuerdo, tanto por el regreso a reglas de registro de partidos poco propicias
para las expresiones no clientelistas, como por la naturaleza misma de los
partidos pactantes, esencialmente redes de operadores sin espacio para el
debate de las ideas y el crecimiento de personalidades políticas sin base
clientelar.
El pacto de 1996 devino en una
competencia por la captura de parcelas de rentas e influencia para la
apropiación personal y el reparto entre las huestes. No fue un acuerdo de
reforma del Estado, para convertirlo en una organización pública abierta al
escrutinio, capaz de cumplir con sus tareas de manera eficaz, con base en el
conocimiento experto, donde la política sirviera de criterio rector; fue, en
cambio, un concierto distributivo donde el voto sirve para sancionar la
apropiación particular de las fuentes de recursos. De ahí el empeño en la
movilización de las clientelas a cambio de dádivas; por ello la inversión
ingente de recursos en las campañas, pues la tasa esperada de retorno es muy
superior al dinero legal e ilegal que se gasta en la pugna por los sufragios.
Todos los
días nos enteramos de algún episodio de latrocinio. La estupenda
sistematización hecha pública esta semana por Animal Político no es más que
otra muestra de las taras congénitas de un Estado que no se ha reformado en lo
esencial desde su nacimiento. Sin
embargo, las bases del pacto de 1996 se han deteriorado sustancialmente. Los
pactantes de entonces viven distintos grados de crisis. El PRI ve aumentar día
a día su desprestigio y busca a la desesperada protegerse las espaldas. El PAN
se parte en la lucha intestina por seguir siendo medianamente relevante, después
de sus fracasos gubernamentales. El PRD se enfrenta a la marginalidad a la que
de seguro lo conducirán sus palos de ciego después de la fractura de López
Obrador y la hemorragia imparable que le provocó. Tal vez la nueva crisis
política que muy probablemente abran las próximas elecciones sea la oportunidad
para, ahora sí, llegar a un acuerdo que reforme el Estado y termine con el
sistema de botín.
Si como no.
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