Dolia
Estévez.
La
indiferencia del gobierno de Estados Unidos ante la devastación que causó el
sismo en México es síntoma del decadente estado que guardan las relaciones
entre los dos países. La llamada en la que Donald Trump “ofreció condolencias
por el terrible terremoto” a Enrique Peña Nieto, finalmente llegó el jueves,
cuando los líderes de medio mundo se le habían adelantado y los muertos estaban
enterrados. ¡En Twitter, Trump culpó al celular de Peña por el retraso pues,
dijo, no tuvo señal durante tres días!! Sobre ayuda, ni una palabra.
Las
expresiones de solidaridad en tiempo real entre jefes de Estado en casos así
son de cajón. Es una regla no escrita, pero acatada, que abona la convivencia y
civilidad entre naciones. Nos dice que al margen de las desavenencias políticas
y choques ideológicos somos humanos. Que el dolor del prójimo aún sacude. Es
una expresión elemental de humanismo.
Son muchos
los sentimientos de Trump hacia los mexicanos, pero la compasión no es uno de
ellos. Cuestión de ver la crueldad con que truncó los sueños de cerca de 800
mil jóvenes inmigrantes indocumentados a quienes, sin piedad, los arrojó al
abismo de la incertidumbre jurídica. O el insólito indulto con el que Trump
premió a Joe Arpaio, el detestado ex alguacil de Arizona quien hizo de la
humillación y la burla de los mexicanos su deporte favorito.
No sorprende la deshumanidad de Trump
hacia el sufrimiento de las poblaciones de Oaxaca y Chiapas, estados pobres
que, pese a los güeros que ve Peña, son predominantemente indígenas.
Trump no quiere a los mexicanos. No
nos respeta. Sabe que entre más ofende, mejor se posiciona ante el electorado
racista que lo ayudó a llegar a donde está. México y los mexicanos son parte de
su arsenal político. El sismo que dejó cerca de 100 muertos y decenas de miles
sin casa ni futuro no está en su radar. Solidarizarse con México primero que
nadie, no le hubiera redituado ganancias políticas.
Algunos
diplomáticos y académicos argumentan que la relación con Estados Unidos ha
vivido peores etapas. Las fuertes tensiones durante el gobierno de Ronald
Reagan es una de los casos más socorridos. El peor año fue 1985. El Embajador
John Gavin acusó al gobierno de Miguel de Madrid de tortuguismo en la
localización del cadáver del agente de la DEA Enrique Camarena. Estados Unidos
clausuró la frontera. Gavin entregó una lista de funcionarios presuntamente
corruptos que de la Madrid rechazó indignado. Se intercambiaron dimes y
diretes. No se llegó al rompimiento, pero la confrontación escaló al máximo.
Con todo, no
fue motivo para que meses después, el gobierno de Reagan respondiera con
prontitud y generosidad ante el terremoto que destruyó partes de la Ciudad de
México hace 32 años. Ese día, en misiva a de la Madrid, Reagan expresó su
solidaridad con el pueblo de México y brindó el respaldo de su país para
enfrentar la tragedia. Fue uno de los primeros.
En
Washington, se celebraron reuniones de emergencia. Reagan, el Congreso y el
Departamento de Estado ofrecieron ayuda financiera. Nancy Reagan viajó a México
y recorrió la devastación (¿Se imaginan a Melania Trump, con sus tacones
empinados, recorriendo Chiapas?) Millones de dólares en asistencia humanitaria,
medicamentos, camiones, helicópteros y cientos de rescatistas estaban listos
para cruzar la frontera.
Pero el nacionalismo ramplón del
priismo de la época se impuso. De la Madrid rechazó el ofrecimiento. Sólo
aceptó una ayuda modesta: equipos de técnicos especializados en rescate de
minas y expertos en demolición para derrumbar edificios desahuciados.
Frustrado, el Secretario de Estado George Shultz dijo que “admiraba la
tradición mexicana” de rascarse con sus propias uñas.
El Embajador
Gavin, quien el día del sismo estaba en el aeropuerto de Nueva York a punto
iniciar sus vacaciones, cambió de planes y regresó de inmediato a México abordo
de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense. Sobrevoló la ciudad por
helicóptero. Montó un “cuarto de guerra”, con mapas que dividían a la capital
en sectores para distribuir una ayuda que México nunca aceptó. El activismo del
diplomático molestó a de la Madrid. Tronó cuando Gavin, en su estilo de agente provocatour,
calculó los muertos en 10,000. El gobierno decía que eran 3,000.
La comparación entre la respuesta de
Reagan en 1985 y la de Trump hoy, no deja lugar a dudas de que, contrario a la
propaganda del gobierno de Peña, Trump no ha cambiado su valoración sobre los
mexicanos.
Las
desavenencias con de la Madrid no impidieron a Reagan tenderle la mano a
México. Trump, en cambio, habló con Peña cuando el daño ya estaba hecho.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.