Martín Moreno.
Quienes conocen de cerca a Raúl
Cervantes, saben de sus desplantes millonarios: viajar en autos blindados,
vacacionar en Miami y asumir la máxima de “todos son pendejos, menos yo”. Así
es su personalidad.
Priista consumado, muy cercano a
Enrique Peña Nieto, hoy lo ha hundido – a pesar de su innegable preparación
académica y astucia como abogado-, el sello de la casa: la impunidad. La
trampa. El abuso.
Un
tecnicismo, si se quiere.
Una
vulgaridad, si se prefiere.
El hecho, el
dato duro, es que un desplante tan ordinario como innecesario, exhibió al actual
Procurador General de la República, al perfilado primer Fiscal General de
México, al amigo y gallo del presidente, como un vulgar trampeador de la ley.
Como un funcionario zafio qué, sin ninguna necesidad de violar la ley, lo hizo
sin recato alguno. Un chapucero que demostró su verdadera esencia: la
impunidad.
Haber
registrado un auto de súper lujo – un Ferrari de 4 millones de pesos-, en un
domicilio fantasma – chapuza innecesaria, vulgar-, le costará a Cervantes ser
Fiscal General del 2018 al 2027. Así de llano. Así de grave.
¿Por qué cayó Cervantes en esta ilegalidad
innecesaria?
Respuesta sencilla:
Porque el abuso y la trampa están en
su personalidad como funcionario público.
Porque su gen priista es una adicción
a la impunidad: simplemente no puede resistirse a ella.
Porque así lo formaron políticamente:
a servirse del cargo para beneficio personal.
Y hoy, por esa malformación enfermiza, ordinaria,
Raúl Cervantes terminará sus días como funcionario público en la PGR del
sexenio peñista, sin Fiscalía a la vista. Ni prestigio. Ni honor.
Desvielado.
El abuso del poder está en los genes
priistas. En su sangre. En su corazón. Así los enseñaron. Y así lo practican.
Ejemplos,
sobran:
La Casa Blanca de la familia
Peña-Rivera, comprada bajo financiamiento de una empresa – Grupo HIGA-,
beneficiada directamente con contratos del gobierno peñista. Conflicto de
interés. Sin ética. Ni moral.
La casota de Luis Videgaray en
Malinalco, igualmente fondeada mediante cómodas mensualidades por el mismo
consorcio empresarial de la Casa Blanca. (Hasta la fecha, el Canciller aprendiz
no ha aclarado cuales fueron esos dos cuadros con los que le pagó a HIGA,
cuánto costaron y cómo los obtuvo).
La mansión de 2.7 millones de dólares
de Emilio Lozoya, comprada justo durante los días cuando presuntamente recibió
sobornos multimillonarios de la empresa brasileña Odebrecht en 2012, según
denuncias públicas. Hasta ahora, Lozoya no ha aclarado de dónde salió la
fortuna para adquirir su propiedad.
Y así nos
podríamos llevar un espacio interminable enlistando las propiedades adquiridas
por los priistas, bajo el signo de la corrupción, de la complicidad, de la
trampa. Del abuso que llevan en sus genes. De la trácala que necesitan como
oxígeno para vivir. No saben hacerlo de
otra manera.
El empresario hace negocios para
tener dinero, y es válido mientras sea de manera legal.
El profesionista –
doctor, arquitecto, periodista y demás-, pueden aspirar a una vida cómoda,
plena, si sus ingresos son legales. Inclusive buscar otras vías para mejorar su
posición económica, como inversiones o negocios tan legales y honestos como su
propia profesión. Nadie está peleado con la prosperidad.
El político priista ha prostituido la
manera de hacer dinero en el país. Ha utilizado la Presidencia, las secretarías
de Estado, las gubernaturas, las procuradurías, las diputaciones, las
senadurías, para lograr fortunas de manera ilegal, abusiva, bajo la deshonra y
la amenaza a quienes se opongan a sus planes malsanos.
“Un político pobre es un pobre
político…”, frase atribuida al maestro de la corrupción: Carlos Hank González.
Si lo dijo o no, ya es lo de menos. Sus alumnos más aventajados – Del Mazo,
Montiel, Salinas, Peña Nieto, Videgaray, Lozoya, Cervantes y demás fauna
priista-, siguen al pie de la letra esa máxima, Biblia del priisimo, código
irrenunciable para combinar política y negocios.
Nada menos.
Cuando visualizo el Ferrari estupendo
de Raúl Cervantes, me viene a la mente el vocho destartalado del ex presidente
uruguayo José Mujica. Mujica, un hombre honesto, respetado, que puede vivir muy
tranquilo y a gusto, sin necesidad de ostentaciones o lujos faraónicos.
¿Cuál es la
diferencia entre Raúl Cervantes y José Mujica? No, no es que uno tenga un
Ferrari y otro un VW. No es por ahí.
La diferencia central radica en que,
a Mujica, donde se encuentre, le van a aplaudir y lo ubicarán como un político
honesto y querido. Respetado en todo el mundo.
A Cervantes, en cambio, donde se
encuentre, se dirá, en voz alta y baja: “Miren, allí va el corrupto del Ferrari…”.
Nada menos.
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