Durante
2016, Enrique Peña Nieto cayó a los niveles de aprobación más bajos que haya
registrado algún presidente de México desde los años ochenta. Ese año quedó marcado por otro récord
histórico: el mayor gasto en publicidad del que se tenga registro.
Situación previsible, tratándose de un
político que apostó la construcción de su imagen a la publicidad, desde que
siendo gobernador del Estado de México se proyectó en la escena nacional… vieja
historia.
Nunca, desde
que los recursos destinados a la publicidad son transparentes, se ha gastado
tanto como este sexenio. Ayer, Fundar, una organización ciudadana que lleva
varios años analizando –entre otros indicadores– los datos de la herramienta
ComSoc, administrada por la secretaría de la Función Pública, que publica los
montos destinados a publicidad, emitió su informe actualizado a junio de este
año.
El balance
es que, en cuatro años y medio, el
gobierno gastó 37 mil 735 millones de pesos en promoción y 2016 fue el año
récord, con un gasto de 10 mil 698 millones. Eso, suponiendo que lo informado
corresponde a la realidad y sin considerar el gasto en promoción en Internet
que siguen opacos. Además, no incluye el gasto fuerte de 2017, que inicia a
finales de agosto y por el que, sólo la producción para promover a Peña Nieto
por el quinto informe costó 60 millones como publicó Proceso en su edición
actualmente en circulación.
Fundar, por
su metodología constreñida a datos duros, no relaciona el gasto con la baja
aprobación de Peña Nieto, que es producto de encuestas cuyos datos son
volátiles. Las mediciones publicadas en
días pasados para evaluar cómo llegó al quinto informe, reflejan que sigue
debajo del 30% de aprobación. Lo que sí destaca Fundar es que no existe forma
de medir la efectividad del gasto publicitario.
Paradójicamente, el año en que más
gastó en publicidad fue también en el que Peña Nieto aseguró que no gobierna
para ser popular.
Que se haya gastado tanto en la
promoción del gobierno peñanietista y que éste siga con baja aprobación es
indicativo de que, sin ese gasto, la aprobación sería prácticamente nula. Lo
otro es que el gasto en publicidad no se relaciona con la popularidad sino con
el histórico control sobre el ejercicio periodístico.
Los ejemplos
de esto último son abundantes pero tres casos recientes ilustran: el
posicionado como #gobiernoespía, documentado por R3D y otras organizaciones,
con análisis del Citizen Lab de la Universidad de Toronto; el caso Odebrecht y
la presunta implicación del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, revelado en
Proceso y Aristegui Noticias por Quinto Elemento Lab y, la investigación
periodística #laestafamaestra, que desde el pasado lunes publicó Animal
Político y Mexicanos contra la Corrupción, respecto a empresas fantasma
recipiendarias de recursos por siete mil 670 millones.
La dimensión periodística de esos
asuntos –entre muchos otros– es enorme, frente al vacío que la mayoría de los
medios de comunicación hacen al respecto y que no puede leerse sólo como celo
editorial o mezquindad. Imposible disociar el silencio del gasto publicitario.
Presionado por el movimiento
#yosoy132, Peña Nieto hizo tres compromisos: un nuevo sistema de transparencia,
un gran mecanismo anticorrupción y regulación de publicidad oficial.
El primero se cumplió, pero la
opacidad se impuso por la vía de las reformas estructurales; el segundo, no
logra concretarse y –sólo en parte– provocó la crisis legislativa de estos días
y, el tercero, no se menciona ni por los partidos políticos, que en sus
respectivas parcelas de poder replican el manejo publicitario, cómplices que
son, en la perpetuación de una de las muchas precariedades de la democracia en
México como lo es el limitado ejercicio de la libertad de expresión.
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