Sanjuana
Martínez.
Desde que
tengo conciencia de mujer he vivido cuidándome. Supongo que esta es la historia
de muchas de nosotras. Desde niñas, hemos aprendido que nuestro entorno es
inseguro y tenemos que cuidarnos. Desde niñas, nos han dicho que si nos pasa
algo es porque no tomamos las precauciones necesarias. Desde niñas, nos han
contado que puedes ser objetivo de violadores, psicópatas sexuales, asesinos
seriales, acosadores profesionales, exhibicionistas, ladrones…
No andes
sola en la noche, no pases caminando por zonas peligrosas, no aceptes
aventones, no aceptes bebidas en la discoteca, no aceptes invitaciones de
hombres desconocidos, no te subas al autobús a altas horas de la noche, no
tomes taxis de la calle, si llegas noche corre por en medio de la calle hasta llegar
a casa, si sales a tomar el autobús por la mañana temprano y esta oscuro ve con
tu mamá o tu papá, si te subes a un Uber tómale foto a la placa y al chófer,
finge hablar por teléfono diciendo que ya vas a llegar, no te duermas en el
transporte público, si te subes a un carro de sitio tómale foto a la
identificación del chófer que va pegada a la ventana, si se poncha la llanta de
tu carro no te bajes pide ayuda por teléfono, después del antro no te vayas a
casa de un desconocido a seguirla, si caminas por la banqueta y un hombre te
dice una grosería no agaches la cabeza míralo a la cara de manera retadora para
que vea que no le temes, si te encuentras a un exhibicionista enseñando el
paquete voltea a otro lado, si te meten mano en el metro, en la autobús no te
quedes callada, grita, no confíes, siempre alerta, ten miedo, el miedo ayuda a
medirle el agua a los camotes…
Así hemos
vivido las mujeres de este país desde hace décadas: con miedo, en la
incertidumbre, en la zozobra, con angustia, enojo, a veces desesperadas, otras
desanimadas, hastiadas, agotadas…
Pero a
veces, aunque tomes todas las precauciones, de nada sirve. Vas caminando por la
calle y alguien te tocará el trasero, el busto; o te mirará libidinosamente; o
bien, te dirá un comentario lascivo. Un compañero de trabajo o tú jefe,
malinterpretará tu sonrisa y empezará a acosarte. Y el día menos pensado,
entrarás a un baño público y un hombre te violará.
En México, ser mujer significa vivir
con miedo. Aquí nos están matando y es obvio que algo o mucho, está fallando.
Son décadas de feminicidios. Cada año más y más asesinatos de mujeres,
violadas, torturadas sexualmente, decapitadas, descuartizadas, tiradas a las
cunetas de las carreteras, a los terrenos baldíos, junto a la basura.
Todos los días, en cualquier ciudad
hay una noticia de un feminicidio. Antes éramos noticia de ocho columnas, pero
con los años los medios de comunicación se han acostumbrado a esta pandemia y
pasamos a ser notitas en un párrafo al final de la página, noticia de nota roja.
Ya ni siquiera los periódicos vespertinos amarillistas que antes publicaban a
toda página el ofensivo: “raptóla, violóla y matóla”, les interesa contar la
historia repetida, la nota permanente, la nota aburrida de todos los días de
otro asesinato de una mujer.
Los feminicidios se han normalizado.
Nuestro ojo crítico ha dejado de mirar esta ominosa realidad que nos afecta a
todos. Feminicidios cada vez más feroces, infames,
indignos de la naturaleza humana. Mujeres embarazadas a quienes se les abre el
vientre. Mujeres torturadas sexualmente a quienes se les destroza el ano, la
vagina y se les cortan los pezones. Mujeres tomadas como mercancía para usarlas
y tirarlas. Mujeres quemadas vivas. Mujeres abiertas en canal… Perdón por la crudeza,
pero he cubierto estos y otros feminicidios horribles. No son historias de
ficción.
Pero al final, por más horrible que
sea su asesinato, serán las propias mujeres las culpables. Es que no se cuidó,
no tomó las precauciones, andaba de loca, andaba borracha, vestía minifalda,
llevaba vestido ceñido con escote; andaba enseñando las piernas. Era tremenda,
le gustaba ir a antros, tomaba tequila y cerveza, andaba con uno y con otro;
era promiscua, no era decente, andaba de puta…
Esta sociedad mexicana machista está
enferma. Y digo sociedad, porque no solo los hombres
culpabilizan a las mujeres asesinadas o violadas, también las mujeres. Porque
en la televisión siguen utilizando los mismos estereotipos de mujeres y de
agresores y porque en esas historias, las mujeres se merecen que las maltraten
o las asesinen. Porque se normaliza el insulto fácil. Porque pegar sin dejar
moretón no es maltrato. Porque si el que viola es el marido es normal. Porque
la satanización de la mujer con series como las mujeres asesinas es muy
divertida. Porque el criterio sigue siendo el mismo: todas son putas, menos mi
mamá y mis hermanas.
México es tierra de feminicidios.
Ocupa uno de los primeros lugares en asesinatos de mujeres con componente de
género. El conteo de los feminicidios no tiene fin. Cada día aumenta. Cada año
se incrementa. Las estadísticas hablan de aumentos en un 680 por ciento en
algunos estados como Nuevo León, Veracruz, Estado de México, Ciudad de México,
Chihuahua, Puebla… En 15 años, del 2000 al 2015 ocurrieron 28.710 feminicidios,
es decir, cinco asesinatos diarios.
La numerología no describe el horror
de esta realidad: el año pasado hubo 1.985 feminicidios. Y este año sigue
aumentando, es un fenómeno a la alza. Y el mapa de los feminicidios se extiende
a zonas rurales. Son números llenos de sangre.
Insisto: el gobierno no pone freno a esta ominosa
realidad, solo simula con leyes y programas sin aplicar. Y lo peor, la sociedad
coadyuva, fustiga, condena, juzga sin piedad a las mujeres agredidas y
asesinadas.
El feminicidio de Mara Castilla nos
demuestra la normalización que existe. Desaparece luego de tomar un taxi Cabify
y la empresa no colabora. Pero allí se pierde el rastro. El chófer la
secuestra, se la lleva a un motel, la viola y la mata. ¿Actúo solo? ¿Estaba de
acuerdo con alguien más? ¿Forma parte de una red de trata entre Tlaxcala y
Puebla? ¿Qué más nos han ocultado de este terrible feminicidio?
Y Cabify lamenta el “fallecimiento”, no habla de asesinato, no asume su
responsabilidad, no ofrece la indemnización correspondiente, no se somete al
imperio de la ley.
Pero no solo es Cabify la empresa
responsable, es también el gobernador panista de Puebla Antonio Gali Fayad que
se niega a dar la alerta de género en Puebla a pesar de registrarse 83
feminicidios.
Tampoco es
culpa única de Gali Fayad, la
responsabilidad recae igualmente en el gobierno mexicano, incapaz de detener
esta pandemia infame de crímenes de odio contra mujeres. El Estado mexicano es
machista. Desprecia la seguridad de las mujeres. Desprecia la vida de las
mujeres y no crea políticas públicas para salvaguardar su integridad ni para
disminuir las terribles estadísticas. Y también en los gobernadores de 16
estados de la República que se niegan a declarar la alerta de género.
Pero además de Cabify, el gobernador
Gali y el gobierno, los culpables están en la sociedad. Esa gente que ve normal
el hecho que el 66.1 por ciento de las mexicanas hayan padecido por lo menos un
hecho violento en sus vidas. Es la sociedad que condena en lugar de proteger a
las mujeres.
Es la sociedad que está esperando un
feminicidio para llenar de mensajes machistas y misóginos, las redes sociales,
culpabilizando a las víctimas, ofendiéndolas, revictimizándolas.
Y para
muestra basta un botón: el sábado
comento la aplicación de taxis llamada Laudrive que nace por la necesidad de
seguridad y confianza para las mujeres. Taxis manejados por mujeres para
mujeres. Pues bien, inmediatamente, empiezan a llegar comentarios ofensivos de
gente que opina que da igual porque las mujeres también son delincuentes,
narcas, agresoras, lesbianas y matonas.
Queridos lectores, empecemos por
reconocer que el 100 por ciento de las violaciones y feminicidios son cometidos
por hombres. Existe una masculinidad mal entendida que hace justificar la
violencia contra las mujeres. Existe una educación mal entendida de los hombres
que los convierte en agresores. Existe una mentalidad machista también en
mujeres que observa, participa y se convierte en cómplice de esta pandemia.
Por favor, seamos honestos,
reflexionemos de qué manera estamos contribuyendo al aumento de agresiones y
feminicidios. Seamos serios y analicemos desde nuestro papel antropológico como
mujeres y hombres, como podemos ayudar a disminuir esta tragedia humanitaria.
Todos venimos
de una madre. Tenemos hijas, tenemos hermanas, tenemos amigas, nos tenemos.
Paremos nosotros este reguero de infames crímenes de odio contra las mujeres,
contra el origen de la vida, de la humanidad.
¡Ni una más, Ni una menos!
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