El recibimiento fue terso, respetuoso
y hasta republicano. Eran pocos los diputados que acudieron a su comparecencia,
apenas 253 de 500. Pero la despedida fue apoteósica… aunque ya con mucho menos
asistentes.
José Antonio
Meade Kuribreña, el secretario de Hacienda, quien estuvo 6 horas y 37 minutos
haciendo la glosa del quinto informe de gobierno de Enrique Peña Nieto y
defendiendo el programa económico para el 2018, salió cual torero que ha hecho
una buena faena y, además, ha cortado orejas y rabo del animal que tuvo
enfrente.
Si ya era uno de los suspirantes a la
candidatura presidencial priista, pareció salir como “el ungido” por la gracia
del Señor. Orador
último, terminó a las 17:42 su intervención número 26 –debió soportar 50 de
parte de los legisladores de todos los partidos–, y todavía tardó en salir unos
veinte minutos.
Se entretuvo en despedirse de todos
los diputados y funcionarios de tribuna. Pero apenas bajó la escalerilla, todo
mundo se arremolinó en torno suyo. Se dejó querer. Mujeres y hombres lo abrazaban,
le daban palmadas, le daban sobaditas en la espalda; mujeres se disputaban
espacio para plantarle un beso; otras se conformaban con apenas tocarlo, como
si fuera una imagen religiosa.
Y San Antonio Meade… San José Kuribreña… con
un avispero encima, se dejaba apapachar y avanzaba lento por el pasillo
principal del Salón de Plenos de la Cámara de Diputados, donde otra vez se
presenció la escena de los últimos años: una comparecencia sin brillo, donde
por un lado aparece un secretario que no cede en sus criterios ni en sus
opiniones, mucho menos reconoce errores gubernamentales y siempre rechaza las
críticas. Ni por descuido, un asomo de autocrítica. Y del otro lado, la
indolencia de los legisladores.
Era una
comparecencia importante la de Meade Kuribreña, por las fantasías del quinto
informe presidencial, por el contenido del programa económico para 2018 y los
necesarios ajustes que tendrán que hacérsele a éste para las tareas de
reconstrucción luego de los sismos del mes pasado.
A leguas se notaba que la mayoría de
quienes hicieron uso de la tribuna no tenían claridad en sus planteamientos,
que no habían leído los documentos ni traían una estrategia para enfrentar a un
técnico experimentado como el secretario de Hacienda.
Pocos fueron los que en realidad
hicieron planteamientos y preguntas concretas. Nada –salvo el tema del
endeudamiento ilegal en el que ha incurrido esta administración y el
crecimiento desproporcionado de la deuda pública– que haya puesto en aprietos
al compareciente, que se sintió muy cómodo en decir verdades a medias, en repetir sus discursos de las
últimas semanas y en dibujar un México que va viento en popa, que marcha sobre
ruedas, cuya economía ha crecido de manera sostenida durante 30 trimestres y
cuyo tamaño es ahora 30% más grande que en 2009.
Por ejemplo,
nadie reparó en ese dato tramposo: Meade
eligió el año 2009 porque fue un año de recesión, en el que la economía se
desplomó casi 5%. Una comparación facilona, por decir lo menos.
Como piensan
los priistas.
Al final, en la última intervención
de los legisladores, la número 50, el diputado priista Jericó Abramo Masso hizo
una apología del aspirante presidencial Meade Kuribreña y del presidente Peña
Nieto, a quienes prácticamente puso en el cielo y en los anales de la historia
patria. Al final
hizo dos preguntas concretas al secretario: ¿qué acciones se están tomando para
incrementar el gasto social en el país? ¿Y de qué forma se espera revertir la
desigualdad económica en México?
Meade ignoró olímpicamente las
preguntas, como muchas otras, pero sí se echó un discurso de precandidato,
fuera de contexto, como dirigido a quienes van a decidir la candidatura
presidencial priista y con un elemento extra, inédito en su discurso: una
alabanza, en extremo apologética, de la clase política mexicana. Sí, esa misma
que la mayoría de la población detesta.
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