Alejandro
Páez Varela.
“No me
disculpo. Al final, no me importa si me aman o me odian en tanto yo gane. La baraja
está alterada, las normas manipuladas: bienvenidos a la muerte de la Era de la
Razón” –Frank Underwood
En los últimos años, diecisiete (muy
pocos) para ser exacto, la incipiente democracia mexicana entró de lleno a un
prematuro desencanto. Yo diría que incluso más que eso: nos ha sabido a zacate
lo que se había vendido y se había pagado como un banquete. Creo que gran parte
del reclamo es por la corrupción, madre de muchos otros males. Nos da rabia
llevar al poder a gente que roba y no se queda allí: se vende a los
narcotraficantes, impone los intereses de los más poderosos por encima de los
más desprotegidos. Usan nuestro dinero y disponen de nuestras vidas con el
permiso amplio de la “democracia”. Nos sentimos, básicamente, engañados,
decepcionados, hartos.
¿Dejamos de votar? No. De hecho, el
sistema relincha de gusto cuando escucha a los promotores del voto nulo o la
abstención: el votante educado que decide no votar (por educado toma la
decisión) es música para sus oídos. Así se apodera de las
variables de la elección y no se lleva sorpresas. El sistema decide con
tarjetas sin saldo, con despensas, con promesas y con ilusión; decide con
anuncios en la tele, campañas pegadoras y ya. No, no, no: hay que votar y
moverle el tapete al sistema.
¿Convertimos
el sistema político en uno sin partidos, sólo de independientes? Tampoco creo
en esa solución: brincan los “Layín”, los “El Bronco” o, en el peor de los
casos, le abrimos las puertas al crimen organizado (narcos, grandes
corporativos, grupos políticos empoderados): son ellos los que llegarán.
Creo que la
única solución es la que no nos gusta. Es, como ciudadanos, trabajar los seis
años consecutivos y no nada más en cada elección. Volteamos (todos:
comentadores, académicos, periodistas, politólogos, ciudadanos) al Estado de
México (por poner un ejemplo) sólo cada seis años y luego abandonamos a los
mexiquenses a su suerte. Pocos le
reclamarán a Alfredo del Mazo Maza para que cumpla sus promesas de campaña,
como hacemos ahora con Enrique Peña Nieto. No se lo reclamamos, no decimos
nada, nos tragamos lo que nos dé.
Y allí está
el resultado. Y, pues sí, luego viene el desencanto.
Cito íntegro
un párrafo de la persistente periodista Linaloe R. Flores, quien lleva todo el
sexenio sin soltar a su presa: “A 13 meses de que concluya su mandato, el presidente
Enrique Peña Nieto tiene pendientes 106 de los 266 compromisos que firmó ante
Notario Público en la campaña de 2012 […]”.
Continúo con
el texto de Linaloe R. Flores, publicado el 6 de octubre pasado: “Los
pendientes van desde la creación de una comisión de combate a la corrupción, la
construcción de carreteras, hospitales, sistemas de transporte local hasta
garantizar la paz en ciudades donde en los últimos años el índice de delitos se
incrementó como Guerrero y Veracruz. En Yucatán está pendiente la construcción
y equipamiento de 10 centros integrales de seguridad en las principales
ciudades del estado como Tizimín, Tekax, Mazcanú y Mérida. En los meses que le
quedan al peñanietismo, la SCT deberá concluir más de treinta proyectos. Por su
parte, la SEP, otra decena. Salud debe 16 promesas que se distribuyen en los
estados. La Transparencia cuesta y el intento de acceso al cumplimiento de los
compromisos del Primer Mandatario lo muestra. Eje de su discurso durante la
campaña, las promesas notariadas jamás estuvieron disponibles en la página
oficial de datos abiertos del Gobierno federal [http://www.gob.mx/presidencia],
por lo que los ciudadanos no tuvieron acceso al grado de su cumplimiento”.
Como digo: sentimos la democracia con
sabor a zacate, pero pocos, realmente muy pocos, reclaman transparencia y
rendición de cuentas a los gobernantes. Nos dejamos vencer por la apatía. Creemos
que nuestro trabajo como ciudadanos termina cuando vamos a votar, y allí está
el error: somos patriotas de 15 de septiembre en la madrugada, y ciudadanos
cada muy de vez en cuando.
Y los
políticos lo saben.
No queremos enterarnos de que Eruviel
Ávila y Peña Nieto dejaron el Edomex hecho una verdadera lástima; que el crimen
organizado se apoderó de las ciudades y que desde un agente de tránsito hasta
el más encumbrado de los servidores públicos participan en redes menores y
mayores de corrupción.
Nos da güeva recordar que EPN
prometió regular la publicidad oficial, pero gritamos al cielo cuando el
Gobierno no tiene dinero para responder a las emergencias, como el sismo:
resulta que el gasto en publicidad oficial del Gobierno federal de 2013 hasta
el primer semestre de 2017 asciende a 37 mil 725; pagar todos los daños del
sismo costará 38 mil millones de pesos. Con todo lo que Peña le ha dado a la
prensa, los daños materiales del sismo nos saldrían “gratis”.
Hay gente,
hoy, que duerme en la calle; tenemos 53 millones de pobres en el país, pero Vicente Fox, Felipe Calderón y el
resto de los ex presidentes y las viudas de los fallecidos cobran millones de
pesos anuales de pensión. No decimos ni pío.
En fin. Ni
le sigo que los ejemplos sobran.
Nos sabe a zacate la democracia y nos
quejamos porque nunca llegó el bufete, pero optamos, siempre, por ser
ciudadanos acobardados, o flojos.
O será que
octubre me cansa; lo atribuyo a los tantos mariachis de septiembre.
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