Jorge Javier
Romero Vadillo.
El catálogo
de productos de la temporada electoral recién abierta ofrece reciclaje de
viejas fórmulas y un nuevo producto: la confluencia de tres de los partidos del
régimen del 96 en un Frente Ciudadano con intenciones de registrarse como
coalición electoral dentro de unas cuantas semanas.
¿Qué ofrece el frente? ¿Es realmente
distinta su oferta política, más allá de presentarse como la opción anti PRI y
anti López Obrador? No queda claro de qué van. El dicho genérico en que
confluyen –la intención de propiciar un “cambio de régimen”– suena hueco y poco
precisa. ¿Qué están ofreciendo realmente los partidos pactantes cuando pregonan
un cambio de esa envergadura?
Porque un
régimen es cosa seria. No se trata
simplemente de hacer unos cuantos cambios constitucionales, como se acostumbra
por estos lares, para hacer más parlamentario al arreglo, de manera que,
probablemente, se facilitare la formación de coaliciones estables. Eso tal vez
generaría mayor certidumbre en los pactos entre partidos, pero no significaría
en lo más mínimo un cambio de régimen.
Para
proponer un cambio serio de régimen, lo primero que deberían decirnos los
cruzados de tal hazaña es cuáles creen que son los rasgos más aberrantes del
desaguisado estatal en el que vivimos. Cuáles son los pilares del arreglo
político, económico y social que consideran periclitados, cuáles reglas
–formales o informales– creen que sería indispensable cambiar, por dónde creen que debe empezar la
demolición y cuál es el plan de reconstrucción, cuáles serán los primeros
cimientos de un edificio que, de comenzar a construirse, tardaría años en
alcanzar un perfil más o menos reconocible.
Como la demolición no puede ser abrupta
–nadie en su sano juicio aspira a provocar un cambio revolucionario, violento–,
lo más probable es que la criatura “nuevo régimen” se parezca en muchos rasgos
a su ancestro, aunque niegue su progenie. De hecho, el régimen al que pretenden sustituir se
construyó con los materiales reciclados del ancestro demolido. Los memes de
inmediato mostraron el parentesco: las maneras de hacer las cosas, la venta de
protecciones particulares, las formas de negociación de la desobediencia de las
leyes, la intermediación clientelista como única vía para lograr algún cobijo
estatal para los más desfavorecidos, la
tolerancia a la apropiación privada de los bienes y el espacio público: en
resumen, un régimen de privilegios, de venta de protecciones particulares y
control clientelista de las demandas de los más pobres.
El régimen
de la época clásica del PRI fue un arreglo que tardó décadas en consolidarse,
con base en una sucesión de pactos políticos a partir del constituyente de 1917
–el de 1929, cuando nació el PNR; el de 1938, cuando el acuerdo corporativo; el
de 1946, cuando se establecieron las reglas para la venta de protecciones
particulares a los empresarios beneficiarios de la estrategia de
industrialización basada en la sustitución de importaciones–, y que ha dejado
su traza en el efímero régimen pluralista de 1996, colapsado con estruendo.
¿Qué aplastó
al régimen del 96? La pesada carga de su herencia. La pluralidad mexicana se
construyó sin tocar al aparato burocrático del Estado, sin modificar un ápice
las reglas de control corporativo de las organizaciones sociales, sin cambiar
la capacidad discrecional de los agentes del Estado para vender protecciones
particulares y negociar la desobediencia de la ley, sin cuestionar el reparto
del empleo público entre preferidos y leales, sin modificar el carácter
político de los instrumentos de procuración de justicia.
El régimen del PRI se consolidó
cuando se aceptó que cada presidente fuera igual a Porfirio Díaz, aunque tan
solo por seis años. El régimen del 96 pretendió asentarse sobre el compromiso
de que todo gobierno de oposición pudiera comportarse como un gobierno del PRI:
igual de arbitrario, de favorecedor de los parientes y amigos, vendedor de
protecciones particulares: especialista en cobrar por la concesión de
privilegios.
Todos los
gobiernos emanados de las reglas de competencia establecidas a partir de 1996
–restringidas a la participación protagónica de los pactantes de entonces y a
aquellos grupos capaces de mostrar músculo clientelista– han mantenido intacta
la rebatiña por el empleo público y el control de los órganos del Estado por
los cuates; han usado el control de la organización estatal para protegerse
mutuamente y para medrar con base en la utilización arbitraria de la autoridad
estatal.
¿Qué es indispensable
modificar y –lo más relevante– qué es posible modificar de la herencia
institucional de la incipiente democracia? ¿Cuáles serían los cambios puntuales
que desatarían el cambio en el sistema de incentivos superviviente del régimen
del PRI? No se trata de asuntos triviales. Las pretensiones grandilocuentes –lo
hemos visto– conducen rápidamente a la frustración y el desencanto.
Si se trata de diseñar una nueva
arquitectura institucional, con nuevos incentivos económicos, políticos y
sociales, suena prudente comenzar por desmantelar algunas características del
entramado de reglas existentes que puedan tener un efecto de cascada. ¿Cómo
acabar con la capacidad estatal de distribuir privilegios de manera arbitraria?
¿Cómo hacer que el conocimiento, el mérito, la competencia y la innovación
tecnológica sean premiados, en lugar de la lealtad, la aquiescencia lacayuna y
la complicidad? ¿Cómo eliminar la negociación de la desobediencia de la ley?
La pregunta central es, entonces, por
dónde empezar. Creo que el punto nodal del pacto siguiente debería ser la
renuncia de los políticos al usufructo de privilegios y a la capacidad de
distribuirlos entre los compradores de sus favores y sus redes clientelistas.
Solo cambiará el régimen cuando se
modifiquen sustancialmente las reglas para hacerse con rentas del Estado y
cuando cambien las vías de acceso a la organización económica, social y
política.
Lo demás son
pamplinas
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