En 2012,
durante la campaña presidencial, resultaba evidente la escasa formación
política de Josefina Vázquez Mota, más próxima al coaching motivacional de
negocios en los tempranos años noventa, un abismo distante de la perspectiva de
Estado indispensable en un candidato presidencial.
En el
ajetreo de las campañas es posible advertir la cultura política, la habilidad
en la resolución de problemas o crisis y los defectos de carácter. Inclusive,
los detalles más intrascendentes son sobreexpuestos en la vorágine
proselitista. Los candidatos están bajo la lupa.
Con Josefina
había deficiencias más o menos generalizadas en toda campaña presidencial, como
actos frustrados por impericia logística, exposición descontrolada que
resultaba en repudios ciudadanos y repetición discursiva de pésima confección.
Y también
peores situaciones: los actos frustrados pasaron del vacío del Estadio Azul
–donde se proclamó el arranque de su candidatura– al fracaso de la gira por
Veracruz –donde plantó a simpatizantes por el mal cálculo de horarios–, pasando
por el extravío, literalmente hablando, de parte de su comitiva por los caminos
de Michoacán.
También
estaban las veces en las que la candidata estuvo a punto de caerse por el mal
armado de la tarima y debió arengar descalza.
En cuanto a
la exposición sin control de Josefina, ésta pasó de los limonazos en Tres
Marías, Morelos —donde la encararon y la corrieron varias mujeres al iniciar la
campaña—, a la visita que hizo al Hospital General para repartir cuentos
infantiles, que según ella había escrito, pero de los cuales no supo responder
sobre sus personajes ni su contenido.
También
estaban sus discursos, como el que pasaba de cuestionar tímidamente al PRI y a
su candidato o en los que omitía hablar sobre el desgarramiento nacional
causado por la militarización y la violencia del crimen organizado.
De igual
manera están registrados sus llamados al voto en los que pedía a las mujeres
que amenazaran al marido con “no hacerle cuchi cuchi” si no votaban por el PAN.
Vázquez Mota fue candidata
presidencial excluida de los conciliábulos del poder real, políticamente usada
por la mezquindad masculina, un instrumento de legitimación al que le jugaban
mal… parecía ingenua, víctima involuntaria de sí misma, pero también de la
perversidad de otros.
La derrota mandó al tercer lugar al
PAN que estaba en el poder. Las razones de ese resultado no son atribuibles
sólo a su mal desempeño, también, como ha acreditado Álvaro Delgado en su libro
El Amasiato, el pacto secreto Peña-Calderón y otras traiciones panistas
(Ediciones Proceso. 2016), había mucho más detrás de esa candidatura-bulto,
cuyo papel se repitió este año de manera más estrepitosa en el Estado de
México.
Finalmente, nos enteramos de que nada había de ingenuo,
que no era víctima, que sacó ventaja, pues ahora se sabe que ella acudió a la
constante forma de hacer política en este país: la transa.
La
investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad documentó 900 millones de pesos otorgados
por el gobierno de Enrique Peña Nieto a organizaciones que después van a dar
con Vázquez Mota –quien aseguraba en campaña que era “diferente” a los demás
candidatos– en su calidad de presidenta de la organización Juntos Podemos.
Previa
denuncia, la Auditoría Superior de la
Federación ya registró irregularidades por casi 40 millones de pesos sólo por
2014 y 2015, años en los que se le otorgó la mitad de los en realidad 945
millones de pesos. Falta revisar 2016; el monto irregular podría incrementarse.
LA PERCEPCIÓN ERA ACERTADA, JOSEFINA
ERA PURA MOTIVACIÓN, PARA LOS (SUS) NEGOCIOS, Y NULA OFERTA POLÍTICA.
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