Javier Risco.
Hace menos
de una semana recibí una llamada de la señora Leticia Adalid Martínez. Hasta el
19 de septiembre vivía de su empresa de viajes Adalid Tours S.A. de C.V., en un
local comercial de un edificio en la Hacienda de la Escalera, en el
Fraccionamiento Prado Coapa. A dos meses del sismo, la situación del inmueble sigue
en el aire: no saben si lo van a derrumbar o es habitable; su empresa quebró,
han tenido que dar de baja a los cinco empleados que tenía y cerrará su año
desempleada.
La historia no es quizá la más
dramática, si tomamos en cuenta que cientos de capitalinos no sólo están
desempleados, también siguen refugiados en albergues o en casas de familiares y
amigos en el eterno limbo de la incertidumbre después del sismo que cambió a
esta ciudad. Pero muestra otra cara: la de los damnificados que ocupan esa zona
gris entre lo que es “urgente” y lo que “puede esperar”.
Nos queda claro que el gobierno está
centrado en los más afectados, pero hay un gran número de chilangos que
perdieron su patrimonio, su auto, un local comercial o que viven en su sala con
una grieta que ya forma parte de la rutina. Ciudadanos cuyo edificio no
colapsó, pero que está junto a otro que sí y, por tanto, aún no saben si
resultó dañado, si se podrá reparar, si alguien va a ayudarlo con un gasto que
no tenía contemplado. Cientos de personas que se sienten olvidados y en la
indefensión.
Sí, sabemos que la reconstrucción de
la ciudad no se va a dar en un día, ni en un mes, pero que, a 9 semanas,
quienes tienen la responsabilidad de encaminar soluciones y plantearles a los
ciudadanos el cómo, estén peleando o con la mente en las elecciones del 2018. Es
inaceptable.
En medio de todas estas historias de
ciudadanos que no tienen ni dónde dormir, el escenario gubernamental se vuelve
patético: la fotografía del desmadre de una Asamblea Legislativa inconsciente e
indiferente ante lo urgente, con la parálisis de una ley de reconstrucción que
ni siquiera se ha discutido, que se enreda entre distintos documentos y
propuestas y entre altavoces de Morena, Mesas Directivas perezosas y las
posadas a la vuelta de la esquina. Parece que no les importa.
Hoy, por cuarta ocasión en dos
semanas, la Ley de Reconstrucción no pudo subirse al pleno. Esta vez no hubo una toma de tribuna
de Morena, ni fue falta de quórum, ni siquiera la protesta ciudadana que se
mantuvo seis horas sobre Donceles, a la puerta del palacio legislativo. Lo que detuvo la aprobación es el terrible
desaseo legislativo con el que esta Séptima Legislatura ha trabajado desde hace
2 años.
El reglamento interno de la ALDF
obliga –en teoría– a los diputados a que las sesiones de las comisiones sean
públicas para que todos podamos ser testigos de la forma en que están
construyendo nuestras leyes. La Ley de Reconstrucción tendría que nacer de la
discusión y el análisis serio que se diera al interior de tres comisiones: la
de Desarrollo Urbano, presidida por el PAN; la de Presupuesto y Cuenta Pública,
que encabeza el perredista Mauricio Toledo, y la de Administración Pública,
cuyo presidente es el priista Adrián Ruvalcaba.
En el
proceso legislativo ideal, tomando en cuenta que la ALDF tendría que ser un
poder autónomo e independiente del Ejecutivo encabezado por Miguel Ángel
Mancera, la iniciativa enviada por el
jefe de Gobierno tendría que ser un documento de punto de partida, modificable,
analizado por especialistas y sometido al escrutinio de la ciudadanía y, sobre
todo, de los damnificados; dictaminado y discutido por estas 3 comisiones y
enviado al pleno con el tiempo suficiente para que sea analizado por el resto
de diputados que podrán generar un debate parlamentario.
Pero en la ALDF no hay nada más alejado
de la realidad que
el deber ser por el que deberían regirse. La
Ley de Reconstrucción podría aprobarse hoy sin ningún debate, dejando casi
intacto el documento enviado por Mancera, construido a modo y a puerta cerrada
por no más de ocho diputados: del PRD, PRI, PVEM y PAN. Dejando fuera un
censo concreto de daños, sin la claridad de cuánto dinero se tiene y cuánto se
necesita para reconstruir, sin un dictamen claro de daños, con una clara
ventaja para las constructoras, sin planeación urbana y lejos de la ciudadanía.
Si estos políticos están pensando en
una ley a modo con fines electorales para el 2018, quizá la mejor forma de
defendernos sea castigándolos en las urnas la próxima vez que sean ellos
quienes toquen las puertas de nuestras casas pidiendo ser nuestros
representantes.
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