Diego
Petersen Farah.
Mi amigo Fernando tenía a su vez un
amigo, joven, de izquierda y radical, que acudía invariablemente a las
barricadas en el Paris de los años sesenta. El amigo de mi amigo se colocó,
valiente, frente a la policía y gritó a voz en cuello: “No pasarán”. Sin embargo,
pasaron. Unos días después regresó a la barricada y al grito de “No volverán a
pasar”, se enfrentó a la policía. Sin embargo, volvieron a pasar. En adelante,
cuando acudía a las barricadas, consciente de que les pasarían por encima una y
otra vez, simplemente se decía a sí mismo: “Haremos como que no pasaron”.
Algo similar sucede con los nuestros
políticos y la violencia. Ante los aterradores datos del crecimiento de las
muertes violentas en el país, la clase política y los partidos se han instalado
en el haremos como que no pasó.
No solo el gobierno de Peña Nieto,
que, en una actitud casi infantil, cree que si él no ve el problema nadie lo
ve, y que si él no habla del asunto entonces no existe. El fin de semana pasado los otros
dos partidos o coaliciones que pretenden gobernar este país, el Frente
Ciudadano por México y Morena, dieron a conocer sus plataformas políticas.
Ninguno de los dos fue capaz de presentar un proyecto mínimamente viable sobre
el tema. Más aún, ni siquiera un diagnóstico claro de qué es lo que está
sucediendo en el país. Ambos se centran en ideas generales y promesas vacuas
tipo “recuperaremos la paz” o “reestableceremos el Estado de Derecho y la
moralidad de los cuerpos policiacos”, pero
ninguno de los dos llega al fondo del problema; ninguno habla del crimen
organizado y de sus vínculos con la clase política; ninguno es capaz de
presentar un mínimo de acciones para recuperar la paz.
La violencia se está montando
irremediablemente sobre el proceso electoral. Llegaremos a las elecciones en la
cresta de la ola violenta que sigue rompiendo récord de asesinatos mes a mes e
invadiendo hasta el último rincón del país. Aquello de que la violencia era un
fenómeno localizado en tres estados y que los malos se mataban entre ellos, que
fue el diagnóstico inicial del gobierno del Peña Nieto, quedó totalmente
rebasado, pero nadie nos ha sabido explicar qué pasó, porque aquello que decía
tener controlado se salió de que se hizo mal y sobre todo qué se dejó de hacer.
Todos podemos estar de acuerdo de que
el problema de fondo es el Estado de Derecho y que lo que detrás de la
inseguridad es una lacerante pobreza, y que a largo plazo la única salida es la
educación.
Pero aquí no hay largo plazo. Cuando
lo que está en juego es la vida y la seguridad de las personas los rollos
sirven de poco. El paciente se está desangrando y los médicos, autistas y
soberbios, solo quieren hablar de la diabetes y regañar al moribundo por su
mala alimentación.
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