Martín Moreno.
El Gobierno peñista, dentro de su
soberbia, cometió un error mayúsculo con Ricardo Anaya: intentó descarrilarlo
para evitar que fuera candidato presidencial, a la vieja usanza: a
periodicazos, exhibiendo una supuesta riqueza indebida del joven panista. Pero
fracasó. Ni pudieron comprobarlo ni desprestigiarlo y, en un efecto búmeran, lo
convirtieron en un férreo opositor al corrupto, caduco y antidemocrático
sistema priista. En lugar de acabarlo, lo fortalecieron.
Hoy por hoy, Anaya es, a querer o no,
una opción política para el 2018.
Pragmático o ambicioso. Práctico o
desleal. Eficaz o convenenciero, lo cierto es que el candidato del ahora
llamado “Por México al Frente”, podría llevar a tercios la elección
presidencial, peleando contra AMLO y Meade. No sabemos aún si le alcanzará el gas
para llegar a Los Pinos, pero de que va a jalar votos, eso ni dudarlo.
Por lo
tanto, sería, desde ahora, un error descartarlo para ganar la Presidencia en
2018. ¿Porqué? Van 10 razones:
Primera, porque durante su carrera política – tan
corta como meteórica-, ha sabido eliminar obstáculos y superar adversidades,
con la habilidad suficiente para salir avante, y esas cualidades, en un
político, son claves para su sobrevivencia. Anaya es un político con sangre
fría, discurso encendido y capacidad de reacción.
Segunda, porque se deslindó rápidamente, recurriendo
a esa sangre fría, de su mentor político: Gustavo Madero, a quien no solo
obstaculizó para ser coordinador de los diputados panistas cuando Anaya arribó
a la presidencia del PAN gracias, precisamente, al apoyo absoluto que Madero le
había brindado, en un acto que muchos calificaron de traición, sino que, de
paso, lo obligó al destierro: hoy, Madero es parte del gabinete de Javier
Corral en Chihuahua, sin mayor injerencia en la cúpula panista.
Tercera, porque cuando todos miraban a Margarita
Zavala como la natural aspirante presidencial del PAN – por trayectoria, por
grupo político, por peso partidista y por la innegable influencia de su esposo,
Felipe Calderón-, Anaya hacía trabajo de zapa y lograba amarres con las bases
panistas: gobernadores, comités estatales, líderes regionales y simpatizantes.
Y cuando Margarita y su grupo – confiados de más- se dieron cuenta, sin poder
evitar que Anaya utilizara como plataforma electoral la presidencia del PAN, ya
era demasiado tarde para ellos: Ricardo se había apoderado del partido. Zavala
sabía que, en contienda interna, Anaya la derrotaría sin remedio ante el voto
abierto de sus casi 300 mil militantes, y por eso tuvo que jugarse su última
carta: renunciar al PAN y buscar la candidatura independiente, con las
limitaciones naturales que ello conlleva.
Cuarta, porque ante el enojo del grupo
calderonista, la furia de Felipe Calderón, los ataques de los panistas
traidores al PAN (decirles rebeldes es alabarlos), apoyando abiertamente y sin
pudor alguno al PRI en el Senado y a José Antonio Meade, y la embestida del
Gobierno peñista, Ricardo Anaya supo salir adelante. ¿Cómo? Fulminando,
primero, a Margarita Zavala de la contienda interna panista, para luego
“atender” a Calderón y al grupo de “prianistas” haciéndoles un vacío e
ignorando sus arremetidas verbales, mientras que a Los Pinos le contestó donde
más le duele a Peña: la corrupción del entorno presidencial y de su Gobierno,
mostrándose, ante la opinión pública, como un opositor franco al régimen
priista. Su estrategia le funcionó y ahora es candidato presidencial.
Quinta, porque en su discurso del domingo pasado,
Anaya le propinó a Felipe Calderón el golpe más mortífero que hay en ese arte
llamado boxeo: el gancho al hígado que paraliza. “(Calderón) no cambió las
estructuras clientelares y corporativas del PRI. Y quedó intacto el pacto de
impunidad. Se le entregó a Elba Esther Gordillo el control de la educación
básica del país, nombrando a su yerno subsecretario de Educación Básica”.
¡Ouch! ¿Está mintiendo Anaya? La respuesta es no.
Sexta, porque ante el abierto apoyo de Vicente
Fox a Meade – si eso no es traición al PAN, entonces que alguien me explique
cómo se llama que un ex presidente panista apoye al representante del viejo
PRI-, Anaya tundió a Chente de manera frontal: “Un ejemplo que pinta de cuerpo
entero lo que digo (respecto a Fox), es el Pemex-gate. Al líder del sindicato
petrolero no se le tocó ni con el pétalo de una rosa. Y ese sistema corporativo
y clientelar del PRI permaneció prácticamente intacto”. ¡Ouch otra vez! ¿Y en
esta, miente Anaya? También la respuesta es no.
Séptima, porque al integrarse el Frente por México,
Anaya supo de inmediato que sería el candidato presidencial natural de esa
alianza, derrotando sin ningún problema a Miguel Ángel Mancera. ¿Por qué? Por
tres razones de pragmatismo político: porque el peso político del PAN está muy
por encima de la ruina que es hoy el PRD, y jamás se le permitiría al
perredismo imponer a su candidato presidencial; porque con el terremoto del 19
de septiembre, también se derrumbaron las posibilidades presidenciales de
Mancera: ningún gobernante local puede aspirar a ser Presidente trepado en los
muertos y en los escombros de un desastre natural, abandonando a los
damnificados al no darles opciones de vivienda, tal y como ha ocurrido hasta
ahora. El sismo sepultó las aspiraciones de Mancera, y eso lo sabía Anaya. Era
cuestión de paciencia para ver pasar el cadáver de su rival político; porque
sería una locura pensar en Mancera como candidato presidencial del Frente, ya
que, en las encuestas, el Jefe de Gobierno capitalino era el aspirante “un
digito” que ni siquiera rebasaba el 10 por ciento de las preferencias
electorales. La encuesta reciente de Reforma lo noqueó: 8 de cada 10
capitalinos no votarían por Mancera. Fulminado; y finalmente, porque el propio
Mancera, oliendo su derrota, hizo berrinches de manera patética: se
autoproclamó el padre del Frente, sin ningún efecto, para luego amenazar con
ser el candidato solamente del PRD…¡cuando el PRD ya estaba amarrado con Anaya,
vía Alejandra Barrales!, y ya fuera de combate, Mancera, abatido, dijo que
mejor se quedaba en la CDMX para la reconstrucción. No fue un acto de ética
personal, sino una salida más penosa que decorosa. En realidad, no le quedaba
de otra. Si eso mismo lo hubiera dicho hace dos meses, entonces se la
hubiéramos comprado. Ahora ya nadie le cree.
Octava, porque ya identificado como opositor al
régimen priista-peñista, Ricardo Anaya se erigirá en opción para ese 30 por
ciento de votantes indecisos que, de acuerdo a las encuestas, todavía no decide
su voto. Esa veta la explotará Anaya, asumiéndose como una oposición real que
fue víctima de ataques oficialistas por la amenaza que representaba a Los
Pinos. Sabe que esa franja indecisa le podría dar votación para pelear la
Presidencia.
Novena, porque Anaya cuenta con el apoyo de 11 de
los 12 gobernadores del PAN, con excepción del poblano. Esas reservas de votos
serán fundamentales para el 2018.
Décima, porque Anaya, debido a su edad – 38 años -,
puede capitalizar a favor el voto millennial que, según los expertos, será el
que decida quién será el próximo presidente de México.
¡Ouch!
Insistimos:
no sabemos si su estrategia le alcanzará a Anaya para derrotar a AMLO, Meade y
seguramente al Bronco y a Margarita Zavala, quienes se perfilan para ser
candidatos independientes. Depende de muchos factores que llegue a Los Pinos.
Lo que sí
sabemos, es que el pragmatismo de Ricardo Anaya lo ha llevado a victorias
políticas importantes dentro de su carrera y ante adversarios poderosos. Tan
claves, que ya lo tienen como candidato presidencial.
Ya veremos
si le alcanza o no.
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