Pablo Gómez.
Hace una
semana (12.01.18) escribíamos sobre la guerra sucia electoral que está
emprendiendo el gobierno con el propósito de ubicar a José Antonio Meade en lo
alto de la contienda. Pero no calculábamos
que, al caer en lo ridículo, sólo se nos muestra el alto grado de nerviosismo
existente en el cenáculo político más elevado del país: Los Pinos.
Esto se revela con la reciente
afirmación del oscuro personaje, varias veces transexenio y transpartido, que
ha tomado el micrófono en el cuartel del aspirante priista: Javier Lozano.
La vieja frase “¡Ahí vienen los
rusos!” está de
regreso mediante las exclamaciones con las cuales se ha inaugurado la nueva
vocería de prensa de Meade-Nuño-Videgaray. Es un concepto de la guerra fría que
ha sido puesto en el escenario a propósito de las revelaciones de la CIA sobre
intervenciones rusas a través de Internet y con el incesante activismo político
de la prensa que mueve el Kremlin.
El rumor sobre el interés que pudiera
tener la gente de Vladimir Putin en las próximas elecciones mexicanas ha
llegado de un diario estadunidense, pero no se han presentado indicios
concretos. El gobierno mexicano, oficialmente, no podría hablar del punto sin
presentar protesta documentada por vía diplomática a Rusia, por lo cual no
tenemos ningún elemento.
Sin embargo,
el vocero de Meade se toma la libertad
de señalar a López Obrador y, haciéndose el chistoso, le llama Manuelovich,
como supuesta demostración de las conexiones del líder de Morena con Moscú,
para ver la posibilidad de contagiar con el ridículo apodo a algunos medios de
comunicación afectos al oficialismo militante. Además, Lozano habla del modus operandi de los rusos, como si él conociera algo
del tema.
Lo peor del
lance de la casa de campaña del aspirante priista es que lo dicho por Lozano es responsabilidad de Meade en persona, por
lo que lleva las miradas hacia él. El candidato del oficialismo tendrá que
compartir la burla general de la peregrina afirmación sobre los rusos en las
elecciones mexicanas.
Así, Meade no tiene ahora sólo uno sino dos
brabucones de barrio. No fue suficiente Ochoa Reza, confeso beneficiario de
numerosas concesiones de taxis y arrendador de los mismos, sino que ahora acude
a otro golpeador, quizá peor por su larga experiencia en el oficio.
El grado de desesperación generada
por una candidatura que no prende en el ánimo popular, podría ir mucho más
lejos que las ridiculeces sobre la amenaza rusa. Podríamos tener pronto, a
cargo de Lozano, cualquier acusación de robo, fraude, asalto, violación sexual
o lo que fuera, para alimentar desconfianzas sobre López Obrador. Podríamos
tener falsos testigos en los medios de comunicación para sostener calumnias,
aunque los dichos fueran groseramente insostenibles.
La sola presencia de Javier Lozano
como vocero ensucia la actuación de José Antonio Meade, pero el problema mayor es que a este no le importa, pues, al parecer,
aprecia los servicios de un individuo carente de todo principio ético, con tal
de elevar su propia capacidad de calumnia (se le dice debate) frente a López
Obrador.
Como es
fácil entender, por desgracia el
problema no es sólo del PRI sino de las condiciones en las que se desenvuelve
la lucha política en el país.
A partir del
incidente de Lozano sobre el tema de los rusos, los medios de comunicación, en la medida de lo posible, deberían asumir
una actitud de prevención al lector u oyente sobre toda calumnia o afirmación
inicua y sin elementos de prueba que lance el nuevo vocero de Meade contra
otros candidatos, con exclusión de los inevitables insultos personales, los
cuales suelen caer por sí solos.
Esa actitud
sería un aporte efectivo al mejoramiento del clima político en medio de una
campaña electoral, cuyo desenlace de seguro dejará una impronta que no podrá
ser soslayada.
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