Javier Risco.
En Washington DC hay restaurantes históricos donde los
republicanos y demócratas se reúnen para discutir leyes, acuerdos o temas
legislativos por venir; cabe aclarar que son restaurantes distintos. Hay un
acuerdo político mudo y confidencial que obliga a un demócrata a no entrar a
los bares de los del partido del elefante y viceversa. Se respetan y se cultiva
una tradición política.
Uno de los restaurantes políticos icónicos de Washington
llegó a la Ciudad de México hace pocos años, abrió a unas cuadras del Senado de
la República, en la glorieta de la Palma en Reforma; al inaugurarse había la
duda de qué partido político lo haría suyo. ¿Qué bancada convertiría ese lugar
en su búnker? ¿Sería la derecha o la izquierda? La sorpresa de los inversores
ocurrió a los pocos días, las mesas se reservaban a nombre de priistas, pero
comían con perredistas y panistas; hacía la reserva un gobernador panista y
citaba a morenistas y tricolores. Los
dueños del restaurante entendieron que en México los acuerdos responden a
intereses económicos, que los partidos son un ornamento y que la cuenta la
pagamos todos nosotros.
La política en México no conoce de
tradiciones, de izquierda o derecha, de ideales de partido, el hueso llama, los
valores de los políticos mexicanos son del tamaño de un ridículo chaleco. Este
fin de semana fuimos testigos de saltos inverosímiles, de renuncias que dan
pena y de movimientos políticos geográficos sin sentido.
Si hay un territorio en el que el Partido Verde Ecologista ha
logrado estructura, poder y puestos en el Congreso, es Chiapas. Manuel Velasco,
a pesar de haber llegado al gobierno de la mano del PRI y de su cercanía con el
presidente, es el único gobernador emanado del partido del Tucán. De los 40
legisladores chiapanecos, la bancada del PVEM es la mayoritaria. 16 diputados
locales, el 40 por ciento, es territorio verde… o era; 14 de ellos renunciaron
a su militancia y se declararon independientes, lo que desfondó al partido en
la única entidad donde tienen militancia real.
La razón, según ellos, era el descontento con la alianza de su partido y el tricolor, donde el
abanderado sería un priista y no un pevemista, como correspondería a una
estructura territorial que ha ganado fuerza en aquel estado. El PRI pretende
postular al senador priista Roberto Albores Gleason, mientras que el apoyo de
los ecologistas estaba con el hasta ayer dirigente estatal y diputado local,
Eduardo Ramírez.
Aunque el exdirigente dijo que formará su propio movimiento
en busca de la gubernatura, los tiempos electorales dificultarían que iniciara
una candidatura ‘independiente’, por lo que en Chiapas la preocupación es si
ahora cambiarán el chaleco verde por el bicolor azul-amarillo del Frente.
Total, parece que eso de cambiar de partido es tan sencillo como vestirse de un
nuevo color, porque, además de eso, ¿qué tienen en común las ideologías del
Frente con las del Verde? Pero sí… tienen razón… en política ya no valen las ideologías.
Si no pregúntenle a la senadora
Gabriela Cuevas, quien luego de 23 años en el PAN, cercana a los gobiernos
foxista y calderonista, exdelegada de Miguel Hidalgo y exdiputada local,
decidió dejar el Frente al que en la CDMX poco le queda de azul, para unirse al
proyecto de Morena y Andrés Manuel.
Con todas las adhesiones que está sumando el partido del
tabasqueño, no tendría que ser sorpresa, excepto por dos factores: aunque ya
pasaron 13 años, muchos recuerdan ese histórico pasaje de 2005, cuando Cuevas
fue parte de la estrategia de Vicente Fox en el desafuero al entonces jefe de
Gobierno, que irónicamente fue la persecución política que lo volvió tan
popular en la capital.
Quién le iba a decir en 2005 a Andrés Manuel que 13 años
después presumiría tener en su equipo a aquella diputada local que junto con
otro panista pagó, sin consultarle, la fianza de dos mil pesos que un juez le
impuso a AMLO por el proceso del predio expropiado en Cuajimalpa. “Traidores y
tramposos”, los calificó entonces.
Y quién le diría a la también exdiputada constituyente que
ahora trabajaría junto con su estructura para que aquel al que acusó de querer
hacerse una víctima con el proceso del desafuero, sería ahora su puerta para
mantenerse en el poder.
Ahora la ex blanquiazul podría ser la
clave de Morena para arrebatarle al PAN uno de sus únicos dos bastiones
capitalinos, la alcaldía de Miguel Hidalgo. Y así mata dos pájaros de un tiro,
pues significaría quitarse de encima el mal precedente de abanderar a un
político como Víctor Hugo Romo, quien tiene un pasado que lo vuelve
impresentable.
Y ya ni hablar de Cuauhtémoc Blanco buscando ser gobernador
de Morelos… en México, la tradición política se ha vuelto, justo, no tener más
lealtad que a las ambiciones personales.
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