Salvador Camarena.
Cito a Germán
Martínez, quien delineó un marco que, creo, ayuda a bajarle dos rayitas al
desmayo que algunos experimentan al ver a políticos traicionar principios
partidistas.
“No siempre
la deslealtad acierta. Los ‘traidores’ deben saber que la infidelidad reclama
el triunfo. Sólo les dará la razón. La traición no se contenta con el mero
testimonio, no tiene atajos, pretextos, ni rutas intermedias. Traición sin
eficacia es estupidez”, publicó en Reforma (20/12/17) el expresidente del
Partido Acción Nacional.
Es temporada
de banquetazos y defecciones. Unos se bajan del barco por desconfianza en el
capitán (Luis Ernesto Derbez), otros saltan de un bote a otro ante lo que creen
un inminente naufragio (imposible saber si éstos no están definiendo la
tormenta que se avecina sólo a partir de lo que atañe a sus proyectos
personales), y hay quienes se rinden a cambio de un feudo (Moreno Valle).
Pero será el
tiempo el que diga qué 'traidores' fueron inteligentes además de oportunistas,
y quienes además de traidores y oportunistas, habrán pecado de limitada
astucia.
Algunas de
las defecciones más llamativas –o ruidosas, según prefieran– son vistas por
unos como signo de que la candidatura de Andrés Manuel López Obrador crece
conforme toma velocidad el proceso electoral. Otros creen que, al contrario,
vienen a debilitar el proyecto de Morena.
Quienes
critiquen a un movimiento por ganar inesperados adeptos, podrán señalar tanto
el oportunismo de los conversos de último minuto, como el de los que parecen no
tener criterio alguno para reservarse el derecho de admisión; pero esos
críticos difícilmente podrán argumentar que una inercia de ese tipo, alimentada
por adhesiones, es per se una mala señal en una campaña electoral. “Miren
cuántos tan distintos se suman a ellos, qué desesperados están, van a la baja”,
dijo nadie nunca.
Además, los
chaquetazos no son ni nuevos ni necesariamente anómalos en un sistema donde el
mayor poder lo concentran los líderes de los partidos y no el electorado (entre
otras razones por la bendita no reelección –a punto de fenecer– y lo difícil
que es ser candidato independiente). Máxime en un tiempo en que, como varios
han señalado ya, en las urnas en 2018 los mexicanos no estaremos ante opciones
forjadas a fuego por esta o aquella ideología. Ni Meade es priista, ni Anaya
sabe lo que es creer en el derecho –defendido por su socio el PRD– de las
mujeres a decidir, ni AMLO es… este... hmm… algo que no sea AMLO, es decir,
contradictorio: el candidato de por el bien de todos, primero los pobres, ha
montado esta nueva campaña en hombros de no pocos millonarios.
Pero más
allá de las mezcolanzas de apoyos que veremos detrás de cada uno de los hasta
hoy principales candidatos, es pertinente plantear la interrogante sobre si el
pragmatismo aglutinante de hoy no será la debilidad de mañana.
Si alguien
por un momento creyera en Meade y su promesa de renovación moral (wait, dónde
hemos escuchado eso), ¿no sería un presidente lastrado por los Romero Deschamps
y por la imposibilidad de juzgar a los Tolucos?
Si alguien
pensara que Anaya realmente busca modernizar la política, qué garantía hay de
que podría avanzar en ello sin antes desmontar los clientelismos perredistas.
Y si alguien
cree que el Peje puede cambiar a México, qué garantía existe de que todos los
que se suman hoy no se bajarán mañana, salvándose en el terreno seguro de un
nuevo cargo, pero sin responder al jefe político que les sirvió de tabla de
salvación.
Las sumas de
hoy, ¿las restas de mañana?
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