Salvador Camarena.
El pragmatismo más barato ha condenado a los habitantes de la
delegación Miguel Hidalgo a un escenario donde podrían no tener una opción
digna en la boleta el próximo 1 de julio.
Andrés Manuel López
Obrador, o quien en su nombre tome las decisiones de las candidaturas, pasó por
alto los múltiples cuestionamientos que hay sobre Víctor Hugo Romo y decidió
que ese exdelegado fuera el candidato a jefe delegacional o alcalde, como
gusten llamarle, por Morena.
Votar por Romo sería
premiar el más ramplón clientelismo, las chapuzas en obras públicas, sospechosos
permisos a empresarios inmobiliarios y, en una palabra, la arrogancia de
alguien cuyo doble discurso resultaba tan evidente como cuando presumía que
privilegiaba la movilidad en bicicleta, pero la suya viajaba en la parte
posterior de su camioneta.
En el debate que sostuvieron en el Club de Industriales hace
casi tres años cinco candidatos a presidir la Miguel Hidalgo, los abucheos a la
gestión de Romo fueron contundentes. Aunque
él haya ganado una diputación para irse a la Asamblea capitalina, es claro que
quien perdió la demarcación no fue David Razú, sino Romo. A él fue a quien
verdaderamente castigó el electorado.
López Obrador, o quien
tome en su nombre las decisiones de candidaturas, aceptó un plato de lentejas
provocando que su elegida al gobierno de la Ciudad de México perdiera a una
gran aliada como era, hasta hace unas semanas, Xóchitl Gálvez.
Xóchitl era
particularmente valiosa de cara a uno de los principales cuestionamientos a
Morena. Incorporar a la hidalguense habría ayudado, para empezar, a desmontar
el cuestionamiento de que los morenos capitalinos son sectarios. Digo a nivel local porque en el
plano nacional uno diría que más bien se ha pecado de lo contrario: cuál sectarismo con tanto personaje
cuestionable que va premiando aquí y allá Andrés Manuel, o quien en su lugar
resuelva candidaturas y/o invitaciones a gabinetes.
Otra aportación de
Xóchitl habría sido en el plano de oferta de gobierno, hablado como estaba
entre ellas que la ingeniera podría haberse incorporado al eventual gabinete de
Claudia Sheinbaum para apoyar en la gestión de los problemas de la ciudad.
Pero llegó AMLO, o
quien tenga el lápiz para palomear las candidaturas en Morena, y decidió que
preferían jugársela con un malo conocido que con un bueno por conocer.
¿Pues no que muy
seguros de ganar sí o sí en la ciudad? Los votantes de la MH no necesariamente
comulgan con tan pobre, democráticamente hablando, visión del futuro.
Sin embargo, el panorama luce poco prometedor. El llamado Frente podría postular a la diputada
Magui Martínez Fisher, una chica trabajadora pero capturada por los intereses
de su padrino: Jorge Romero.
Votar por Magui
significaría entregar la MH a un estilo de gobernar (es un decir) que hace de
los negocios y del desdén a la ciudadanía su marca, como se ha visto desde hace
años en la Benito Juárez.
Ese es precisamente el gran defecto del Frente: es un pacto entre perredistas y panistas
para taparse los unos a los otros, para repartirse zonas de la ciudad sin
exponerse o minimizando la posibilidad de exponerse (ellos suponen) al
escrutinio ciudadano.
Si la opción llega a
ser entre Romo y Romero la jornada electoral será fúnebre para la demarcación
que sabe que esas dos opciones hipotecan el futuro, que surgen de la política
que compra apoyos y que serán sostenidamente refractarias a la participación
(libre) de los ciudadanos.
Falta mucho para la elección. Y a veces hay sorpresas. El panorama de la MH, empero, hoy luce
sombrío.
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