Alejandro Páez Varela.
En el ocaso de sus
gobiernos, César Duarte, Javier Duarte y Roberto Borge repitieron un mismo
patrón de conducta. Forzaron los últimos dos o tres años en años de Hidalgo, y
convirtieron su mandato en negocio personal. Eso, por un lado.
Por el otro, derramaron dinero sobre la prensa: más y más para promoverse, más
y más para, puede suponerse, mantener contenida la crítica. Manotearon y
pusieron, o trataron de imponer a sus incondicionales en los distintos órganos
autónomos: desde las universidades hasta las contralorías; desde las fiscalías
generales hasta jueces y magistrados: todo órgano que fuera capaz de detectar o
alertar qué estaban haciendo, fue pervertido, o trataron de pervertirlo.
Luego, como regla, los
tres se lanzaron contra sus opositores. Primero, la negación: trataron de
desacreditarlos, hacerlos desaparecer en el tumulto de información comprada. De
allí, pasaron a corromper en masa: buscaron jalar a sus círculos de corrupción
a cuanto personaje pudieran.
En el tramo final, los
tres gobernadores icónicos del peñismo no sólo mantuvieron la guerra sucia
contra sus opositores: también los menospreciaron.
Y ese fue, creo, su gran error.
Es evidente que no
estaba en sus planes que el PRI perdiera las elecciones. Se comportaron como si
fueran a entregarle las cuentas a un colega o a un socio que no los
persiguiera. Como si fueran a conservar “la plaza” –dirían los criminales–: así
como en Estado de México y en Coahuila.
Tenían razón al
considerarse impunes. El Gobierno de su jefe político, Enrique Peña Nieto, les
mandó ese mensaje. No fue por ellos ni cuando cometían el asalto a las finanzas
públicas –y allí tienen un rol bien jugado José Antonio Meade y Luis Videgaray–
ni cuando dejaron el cargo. Pero no dimensionaron qué tanto había sedimentado
en la gente el daño que provocaron. Y perdieron las elecciones. Y entonces, los
nuevos gobiernos fueron por ellos: mientras la Procuraduría General de la
República se hacía maje, las autoridades locales los persiguieron.
Finalmente, Duarte uno
fue arrestado en Guatemala por presión de Veracruz; Borge cayó en Panamá por
acciones de Quintana Roo. Y Duarte dos es prófugo de la justicia y claramente
un protegido desde la cúpula no sólo del Gobierno federal, sino del PRI, en
donde sigue ocupando su lugar.
Ahora, creo, el Gobierno federal repite el patrón de conducta
de los tres gobernadores icónicos del peñismo. Menosprecia a la oposición, y le
carga la mano. No cree que perderá la elección en 2018 y apuesta su todo a que
llegue un José Antonio Meade.
Me parece que la cúpula
peñista se está jugando muchas cosas al menospreciar el daño que ha hecho, el
desprestigio que ha acumulado. Se juega demasiado al menospreciar a la
oposición.
Se la juega, como se la jugaron los Duarte y Borge. Y puede
perder.
Ahora, también en el ocaso, el presidente menosprecia a la
oposición, le falta el respeto y se arriesga al máximo. No parece darse cuenta de que Andrés Manuel López Obrador es un
fenómeno brutal y que, si gana las elecciones –todo indica que así será–, habrá
pocos ejemplos internacionales de un movimiento social, como Morena, que en
apenas tres años nace, crece, y asume la Presidencia.
Y también menosprecia a
Chihuahua, y también se equivoca, Peña, con Chihuahua.
Durante muchas décadas,
esa entidad ha acumulado un justo reclamo contra el centralismo, y el
chihuahuense crece pensándose robado por el centro. Ahora, al detenerle
recursos públicos, Peña Nieto ha acentuado ese sentimiento de injusticia y ha
alimentado los ánimos de reclamo. Pero hoy no sólo alimenta el reclamo por ese
dinero que le corresponde a los chihuahuenses; alimenta, además, un reclamo de
justicia: es claro que Chihuahua quiere a César Duarte enfriándose en una celda
por bandido.
El destino de los tres
gobernadores icónicos del peñismo no le ha servido al propio peñismo para
aprender que así menosprecie o intente aplastar a la oposición, la oposición
respira. Y todos esos opositores que menosprecia, como los que están en Morena
o los que se levantan en Chihuahua, querrán a su César Duarte en prisión.
El peñismo ha entrado
al periodo de degradación que es normal en el último año. Pero no se lo toma
con dignidad y prudencia, sino retando. Lo hace de una manera tan poco razonada
–como lo hicieron los gordos– que será necesario que cualquiera de los muchos
opositores ofendidos considere, para hacer viable su propio gobierno, abrir la
herida, raspar hasta el hueso y sacar a los podridos y los podridos son,
mayoritariamente, los del círculo peñista (gobernadores, alta burocracia,
incluso secretarios. Algunos dicen que hasta el Presidente).
Dentro de unos meses podría darse un cambio mayúsculo en
México que convertirá a cada peñista en
un Duarte en potencia.
Creo que Peña Nieto se
equivoca con Chihuahua. Allí, en esas tierras, basta un chispazo para que los
ciudadanos se suban al tren. Y una vez arriba del tren, no se bajan hasta que
tope con algo. Así lo demostraron los chihuahuenses durante todo el Siglo XX.
Así lo demostraron apenas unas décadas atrás. De los desiertos ha hecho
ciudades; en las laderas nevadas ha cultivado su maíz para vivir: se equivocan
con Chihuahua. Chihuahua sabe resistir.
Y cada vez que
Chihuahua se incendia, chequen la Historia, le sale humo al resto del país.
Creo que el Gobierno de Peña actúa como actuaron sus tres
gobernadores icónicos. A nadie extrañe que, en el futuro inmediato, el destino
del peñismo sea el mismo que el de los tres gordos.
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