Salvador Camarena.
El Partido
Revolucionario Institucional parece empeñado en desaprovechar el momento que
Enrique Peña Nieto logró para ellos. Su
candidato acumula millas, pero la campaña no hace olas. ¿Qué no está
funcionando?
El PRI
atraviesa un conflicto de personalidad. Durante meses, días y días en los que
la comentocracia disfrutó cada minuto del suspense del destape, la liturgia
cien por ciento priista demostró su vigencia, su potencial, su capacidad para
enamorar; semanas más tarde, el ungido
nomás no encuentra la manera de parecer un priista digno de la cargada. ¿Las
matracas callaron?
El resultado
es que donde quiera que Pepe el honesto
se presenta, la sombra de los gobernadores (y otros funcionarios, no se hagan)
corruptos le cae encima y en los mítines los chistes de que “la corrupción son
los otros” se cuentan solos.
Pepe el
honesto no se quiere dar cuenta con
quién se fue al baile. Y eso se nota. Ni un peso fuera de la ley, promete un
día sí y otro también el candidato del partido que está siendo juzgado en
Chihuahua por el desvío multimillonario de recursos en 2016 que salieron de la
Secretaría de Hacienda que al poco tiempo él presidiría. Esquizoide.
Pareciera
que el candidato, y sus 18 asesores, no leyeron a Alejandro Moreno, jefe de
investigación de El Financiero, quien en noviembre publicó interesantes datos
sobre las encuestas y el perfil presidencial.
Moreno
reportaba ahí que “en una contienda entre un tecnócrata y un populista, gana la
opción populista, con 45 por ciento de las preferencias; mientras que el
tecnócrata obtiene el 31 por ciento”.
Hasta ahí
nada raro: quién se sorprende de que sean más los que prefieran las frías
promesas de un tecnócrata antes que el ardoroso discurso de un populista. Pero
los datos de Moreno arrojaban otro hallazgo.
“Idealmente,
los ciudadanos esperarían que el liderazgo político sea transparente y que
tenga logros, pero ¿y si tienen que elegir entre honestidad y resultados? La
encuesta nacional revela que el 55 por ciento de los mexicanos prefieren a
alguien que dé resultados y el 41 por ciento opta por alguien honesto. Ante
esto, ¿será el tema de la corrupción tan central en la contienda como algunos
creen?” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/perfil-presidencial.html).
Escenario de pesadilla para el PRI: el populista (dicen que AMLO es eso)
les gana porque ellos pusieron un tecnócrata y encima a uno con fama de
honesto, que no necesariamente de dar resultados (él, dos veces titular de
Hacienda, él que en 2012 firmó una ley anti-lavado, hoy propone combatir las
finanzas de los narcos para acabar con la violencia. @.@)
Entonces, quizá la única oportunidad
del PRI en esta campaña resida en aferrarse al cinismo. Reconocerse como son, dignos
personajes de película de Luis Estrada. Y desde ese candor, desde ese mea
culpa, reconocimiento de lo que sí son, pedir –como siempre– una nueva
oportunidad. Una más, Chorreada, si llevas 76 años de perdones, qué te cuestan
seis más.
Empezando
por su candidato. Que Pepe se afilie al PRI. Que abjure de sus andanzas con
unos que se decían anti-priistas. Que se le note el orgullo por el cinismo, que
se le vea que siempre quiso ser como ellos, transposón, que nos convenza de que
la mera verdad ser priistas es lo menos malo que nos puede pasar y lo más que
él nos puede ofrecer: la simulación de que todo cambiará para que todos quedemos
contentos con que al final nada se modifique. Y que en eso sí, en el engaño, no
nos traicionarán. Una nueva oportunidad de que México sea siempre priista.
Hasta se me puso la piel chinita.
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