Adrián López Ortiz.
Las últimas semanas, en la redacción
de Noroeste empezamos a notar un fenómeno curioso: la noticia del asesinato de
Édgar Guzmán, hijo de Joaquín Guzmán, se volvió una de las más visitadas en
nuestro portal.
Dada la relevancia de su filiación,
eso no hubiera sido extraño. ¡Lo sorprendente es que la nota es de hace casi
diez años! Edgar Guzmán murió asesinado el 8 de mayo de 2008, tenía 22 años y
estudiaba Administración de Empresas en la UAS.
La razón se
explica en Netflix: el lanzamiento de la segunda temporada de la serie “El Chapo”.
Con esa nota hay muchas otras que
volvieron a consumirse: la muerte de Amado Carrillo en una cirugía, el
asesinato de su hermano Rodolfo Carrillo en un estacionamiento de Culiacán, la
captura de Alfredo Beltrán y la muerte de su hermano Arturo Beltrán a manos de
la Marina en Morelos.
Todo indica
que la serie ha tenido un gran consumo entre la sociedad mexicana. La mayor
parte del tráfico de esas notas no es sinaloense, sino que viene de la Ciudad
de México, Guadalajara y Monterrey.
No me extraña: el papel del Cártel de
Sinaloa ha sido fundamental para explicarse la escena del narcotráfico mexicano
en las últimas décadas y “El Chapo”, junto con Ismael “El Mayo” Zambada, han
sido dos personajes protagónicos de esa historia.
La sociedad mexicana ha querido
informarse y recordar los hechos relatados en esa serie de ficción. Insisto:
una serie de ficción que, si bien refleja muchos hechos reales, no significa
que así hayan sido las cosas.
Debo
confesarlo, lo que más me preocupa de la
serie El Chapo no es que exista, sino que se instale en el imaginario colectivo
como una narración realista, porque no lo es.
Soy un
convencido de que la censura de estas narrativas no ayuda a resolverlas, sino
todo lo contrario, las suman a la espiral de “lo prohibido” y las hacen más
atractivas. Por eso me parece una aberración prohibir narcocorridos o
desacreditar el activismo del actor Diego Luna por hacer su trabajo en una
serie como “Narcos”.
Pero me preocupa todavía más que en
tiempos de fake news y redes sociales, la versión de ficción contada en la
serie se instale como única. Porque creo que las consecuencias de eso son muy
profundas.
Primero, porque reafirma la marca “narca” de mi
estado, Sinaloa. Un estigma que nos afecta a diario y que es muy difícil de
corregir.
Y lo más
grave, un estigma difícil de refutar
cuando en la víspera de Año Nuevo, la gran mayoría de los culichis no pudieron
celebrar en sus patios ni mucho menos en las calles, porque otros culichis (un
grupo minoritario pero poderoso) decidió tirar balazos al aire libre en total
impunidad.
Abundan los videos en redes sociales.
Los casquillos quedaron en las calles y las balas en los techos de las casas.
Decenas de amigos postearon los audios de las balaceras cercanas externando su
rechazo a este tipo de “celebración” y su miedo porque algo grave pudiera
pasarles a ellos y sus seres queridos debido a una “bala perdida”.
Al siguiente
día el saldo confirmado fue de cuatro personas heridas. Es un verdadero milagro
que no hubiera ningún muerto. Las autoridades salieron a decir que también
oyeron los balazos, pero que no pudieron hacer nada porque tienen que respetar
derechos y no pueden entrar, así como así a las viviendas de los que echan bala.
Tienen
razón, pero eso no quita que la lección de las balaceras es una: en las calles y en las viviendas culichis
abundan las armas de grueso calibre y uso exclusivo del ejército… y los
delincuentes las pueden usar sin que el gobierno se los impida.
El armamentismo sinaloense evidencia
dos fracasos: el de la estrategia militar usada hasta ahora y sostenida por el
actual gobernador Quirino Ordaz. Y el de la narco-cultura sinaloense que
celebra echando bala y lastimando a los demás.
Por último, esta columna no es un review de la serie de
TV, pero si una especie de advertencia para aquellos que la están viendo ahora:
el narcotráfico en Sinaloa no es como se cuenta allí, es muchísimo más
doloroso.
Por eso series como El Chapo deben encontrar en
otros espacios un mecanismo de contraste. Sobre todo, desde el periodismo.
Si queremos
entender y explicar mejor los orígenes, las dinámicas y las consecuencias de un
fenómeno tan complejo como el narcotráfico, hay que abandonar la apología. Por
muchos clicks que genere, cantarle al narco desde el seudoperiodismo es
volverse parte de él.
Si bien la
literatura, el cine o la televisión pueden permitirse hacer ficción. Desde el periodismo estamos obligados a
contar la otra cara del narcotráfico: la del negocio ilegal y la narco-política;
la cara de la violencia impune y el dolor de las víctimas; el rostro podrido de
la banalización y la destrucción del tejido social.
Solo así seremos capaces de mirarnos
al espejo, reconocer nuestras derrotas y pensar en otras alternativas para
salir del hoyo en el que nos hemos metido con el narco.
Sobre todo, ahora que, en California,
el principal mercado del Cártel de Sinaloa, la mariguana ya es legal, y aquí
nos seguimos matando por ella.
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