Ricardo
Ravelo.
En Veracruz hay dos gobiernos, dos
estructuras de poder: el que encabeza Miguel Ángel Yunes desde el 1 de
diciembre de 2016 y el de la delincuencia organizada que también impone su ley:
mata, secuestra, roba, trafica con drogas y humanos sin que autoridad alguna lo
impida.
A poco más
de un año de su gestión, el gobierno de
Miguel Ángel Yunes Linares ya superó en muertes, secuestros y desapariciones
forzadas a los gobiernos que encabezaron sus dos inmediatos antecesores: Fidel
Herrera Beltrán y Javier Duarte de Ochoa.
El de Yunes ha sido un gobierno
ineficaz para enfrentar al crimen organizado, no obstante que ocupó cargos
relevantes en las áreas de seguridad pública durante los aciagos gobiernos
panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón.
Los propios detractores políticos de
Yunes, a pesar de no estar de acuerdo con sus formas de gobernar, alimentaban
cierta esperanza de que pudiera resolver el problema de inseguridad pública en
el estado. Pero por desgracia eso no ha ocurrido, al contrario, el exsecretario
de Gobierno de Patricio Chirinos ha ocupado más tiempo en “hacer justicia”
encarcelando a exfuncionarios duartistas –y de paso ejercer venganza –que en
resolver la violencia atroz que azota al estado cual campo de batalla donde no
hay tregua.
Las cifras son alarmantes y por ello
no se puede dejar de considerar que en Veracruz priva la ingobernabilidad y
está por demás decir que el gobierno de Yunes y toda su estructura policiaca
está totalmente rebasada.
En resumen, el gobierno del estado no
le puede garantizar a nadie ni la vida ni el patrimonio. Esto en cualquier
parte del mundo se llama gobierno fallido, aunque el propio Yunes justifique sus yerros
aduciendo que la violencia es entre criminales y que se están matando entre
ellos.
Volvamos a
las cifras. Hasta noviembre de 2017, es decir, en once meses de gobierno, en Veracruz se habían cometido 2 mil 420
crímenes. Dos meses después las cifras de secuestros, según datos oficiales y
no oficiales, se había disparado en un 550 por ciento: se han perpetrado en un
año 167 plagios. Esto quiere decir que la delincuencia organizada Veracruz
opera en un paraíso: EXISTE TODA LA POSIBILIDAD DE ASESINAR, DESAPARECER,
TRAFICAR CON DROGAS DE TODO TIPO Y EJECUTAR A PERSONAS TANTO DE DÍA COMO DE
NOCHE SIN QUE HAYA NINGÚN RIESGO DE SER ENCARCELADO. Esta oquedad legal, conjuntamente con la ingobernabilidad, es un
verdadero escenario de bonanza para el crimen organizado y es la mejor
promoción para que las mafias se asienten en la entidad.
Esto también
quiere decir que el gobierno de Yunes manda un mensaje constante al mundo del
hampa –nacional e internacional –en el sentido de que en el estado sólo se aplica la ley para los enemigos políticos, pero
narcotraficantes, secuestradores, traficantes de personas y otros delincuentes
pueden hacer y deshacer a sus anchas sin ser molestados.
Todo este desastre de inseguridad
ocurre a pesar de que en el estado está toda la artillería pesada de la
Federación: La Policía Militar arribó a Xalapa, Coatzacoalcos y Minatitlán.
Estos dos últimos municipios, dese hace unos veinte años, han sido considerados
un verdadero corredor de la muerte. Aquí matar es un deporte y los policías son
meros espectadores de la desgracia.
La Gendarmería Nacional está
patrullando la zona de Córdoba-Orizaba, otro corredor de la delincuencia
organizada, pero ni así se puede frenar la violencia, los asesinatos y
secuestros.
Y cuando la
gente se pregunta por qué no se frena la
violencia en Veracruz, la respuesta es obvia: porque el gobierno de Yunes, en
coordinación con las fuerzas federales, están llevando a cabo una limpieza de
la plaza. Por eso nadie se opone a que entre los propios criminales se
ejecuten, por eso ninguna corporación local ni federal está implementando
operativos eficaces, pues es claro que al gobierno ya no le interesa detener a
los delincuentes sino matarlos. A eso en Tamaulipas y en Sinaloa se le ha
denominado “Operación Barredora”.
Y es que
después de un largo periodo de dominio por parte del cártel de Los Zetas, que
arribaron a Veracruz a finales de la década de los noventa con Osiel Cárdenas a
la cabeza del cártel del Golfo, lo que
está ocurriendo ahora en Veracruz es una guerra entre cárteles por el control
de la plaza. Y tanto el Ejército como la Marina están supervisando el reacomodo
de fuerzas para que finalmente sea uno sólo grupo o dos los que se queden con
el territorio y con el amplio portafolios de negocios que incluyen unas
veinticinco tipologías delictivas. Cuando esto ocurra el estado podría comenzar
a pacificarse. Pero mientras tanto la violencia, es muy probable, puede
aumentar en los próximos meses.
Actualmente son seis los cárteles que
a sangre y fuego se disputan el territorio: Los cárteles de Jalisco Nueva
Generación y del Golfo; Los Zetas, Cárteles Unidos, Jarochos Unidos y Gente
Nueva. Algunos llevan varios años operando en el estado; otros arribaron con el
gobierno de Yunes Linares, como fue el caso del Cártel de Jalisco, antiguo
brazo de Sinaloa, cuyo asiento es el estado de Jalisco, bastión, en otro
tiempo, de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.
El anuncio
de la limpieza de narcos en el estado no es nuevo. En abril de 2016, un nuevo cártel apareció en la entidad. Se
autodenominó Jarochos Unidos e irrumpió en el escenario estatal con una “narco-manta”
en la que se podía leer: “Empieza la limpieza. Venimos por todos los pinches
mugrosos del CJNG, que son los mismos que Los Zetas: rateros, secuestradores y
mugrosos que matan inocentes… pero siguen cobrando cuotas”.
Horas
después, en Tierra Blanca otra manta apareció con un nuevo narco-mensaje: “Aquí estamos aún y no permitiremos que
ninguna lacra venga a robarles la tranquilidad (a la población), como ya lo
vieron, no jugamos. El viernes fue El Tigrillo, un delincuente dedicado al
tráfico, robo y secuestro y que forma parte de los mugrosos Zetas. Les
recuerdo: aquí estamos y no descansaremos hasta exterminarlos de la región.
Tierra Blanca es de los terrablanquenses. No se equivoquen, lacras. Somos
(Ciudadanos Unidos C.U) y estamos aquí para limpiar de basura, secuestradores,
ladrones, extorsionadores. Los conocemos a todos. La lista es larga”.
Era la guerra, sin duda, guerra que
aún continúa sin que autoridad alguna intervenga, pues la policía, como ya se
dijo, es mera espectadora de esta ola de masacres y secuestros.
Y es que el gobierno de Miguel Ángel Yunes Linares
no ha realizado la depuración de los cuerpos policiacos. Son los mismos
policías infiltrados por el crimen organizado los que siguen operando. El único
cambio que hizo Yunes fue geográfico: rotó a los principales mandos. Los que
estaban en Tierra Blanca los mandó a Pánuco y los de Córdoba se fueron a
Coatzacoalcos. Sin mayores filtros, sin depurar, sin exámenes de confianza.
De esta forma, la policía del estado
–igual que ocurre en Tijuana, Tamaulipas o Coahuila –se ha convertido en un
brazo operativo de la delincuencia organizada, por decir lo menos, pues en realidad
en muchos otros estados las estructuras policiacas se transformaron en cárteles
pagados por el Estado.
Todo el estado de Veracruz está en
llamas. Xalapa, la capital, donde están los poderes, es un campo de batalla.
Frente a los ojos de la policía el narcotráfico ejecuta y desaparece. El
gobernador Yunes sólo justifica la violencia: es guerra entre delincuentes –
dice –como si no le importaran las vidas humanas.
En la zona sur del estado
–Coatzacoalcos, Minatitlán, Acayucan y Jáltipan, por citar sólo cuatro
demarcaciones –la vida no vale nada. De acuerdo con datos consultados en el Sistema Nacional de
Seguridad Pública esa región lleva veinte años de violencia y en los últimos
diez ésta se ha recrudecido. Todos los días –tanto de día como de noche –hay
secuestros, asesinatos, levantones, desapariciones y robos.
El tráfico de drogas es un negocio
legal: opera abiertamente y con el respaldo de la policía municipal. No hay
autoridad que haga algo frente a ese flagelo del narcotráfico ni de la
violencia.
En los
últimos dos años y medio –se asegura –la
gente ha optado por refugiarse en sus casas y las calles principales empiezan a
quedarse vacías cuando cae la noche. Es evidente que el miedo penetra entre la
gente. Solo en la zona del Malecón los bares y cantinas siguen abiertos, dan
servicio a jóvenes que a deshoras de la madrugada siguen la parranda aún con
todo el riesgo de enfrentarse a una balacera o a los secuestros que ejecutan
las bandas de criminales incluso en el interior de restaurantes y bares. Esto
no es vida, pero así es el día a día en un estado sin ley.
Cuando era
un opositor político, Miguel Ángel Yunes emprendió una abierta campaña en
contra de Fidel Herrera Beltrán, a quien acusó de todo y por todo. Le recriminó la inseguridad, los
secuestros, los homicidios; a Javier Duarte le pidió incluso que dejara el
cargo si no podía con la inseguridad. Cuando fue candidato a gobernador, en
2016, Yunes ofreció, entre otras cosas, que resolvería la inseguridad del
estado y que encarcelaría a quienes habían defraudado a los veracruzanos.
Cumplió con
lo segundo, pero no lo con lo primero. El
crimen organizado campea impune por toda la entidad sin que el gobernador haya
resuelto, a un año de gobierno, el problema que se comprometió a solucionar.
Hoy que su hijo Miguel Ángel Yunes Márquez es el precandidato al gobierno del
estado muchos veracruzanos le recriminan que no hay vida posible ni desarrollo
sin paz social.
Pero resulta muy claro que el
objetivo de Yunes sólo fue cobrar venganza “haciendo justicia” y trabajar para
que su hijo sea el nuevo gobernador. De esa forma Yunes
Linares gobernaría ocho años. Se asegura que el gobernador tiene toda la
estructura electoral bien aceitada por concretar su proyecto por encima de lo
que se oponga. Dispone del dinero suficiente para asegurar el triunfo de la coalición
PAN-PRD.
Mientras
tanto, no se ve cómo el PRI –y su ala
mafiosa –puedan superar este escenario, sobre todo porque Yunes –en medio de
esta guerra y limpieza de plaza –se ha encargado de romper las estructuras del
crimen organizado, aliadas del PRI, con lo cual ese partido se queda sin brazos
y sin operadores que puedan sustentar un posible triunfo en las elecciones
venideras.
De ahí que
tenga sentido la “operación barredora”.
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