Dolia
Estévez.
Andrés
Manuel López Obrador es un hombre con enorme sentido de la historia; se remonta
a la tesis con la que obtuvo su licenciatura en Ciencias Políticas de la UNAM
en 1987, “Proceso de Formación del Estado Nacional en México, 1824-1867”. En ella, el candidato presidencial analiza
uno de los periodos más trascendentales en la historia de México, caracterizado
por la permanente inestabilidad política, derivada de las luchas entre
liberales y conservadores, y disputas entre potencias que buscaban llenar el vacío
que dejó España.
Cuando AMLO
finalmente se recibe, once años después de haber concluido sus estudios
universitarios, la hegemonía del PRI, partido al que pertenecía, empezaba a
resquebrajarse. En 1988, tras titularse,
rompe con el tricolor para unirse a la disidente Corriente Democrática que
lideraba Cuauhtémoc Cárdenas. Inicia así una larga cruzada cuya fase actual es
su tercer intento, que puede ser el bueno, de llegar a la presidencia.
AMLO seguido usa la historia como referente. En
campaña dice que su lucha tiene como antecedente a las tres grandes
transformaciones que ha registrado la historia de México: la Independencia,
Reforma (tema de su tesis) y la Revolución de 1910. En reciente discurso,
declaró: “Ahora de manera pacífica buscamos, entre todos y desde abajo, llevar
a cabo la cuarta transformación de la vida pública de México”. Coincide con
los que dicen que desconocer la historia de tu país, es renunciar a conocer lo
que puede pasar en el futuro.
AMLO vive y
revive la historia. Su punto de referencia, centro gravitacional, parece ser su
tesis. Su lucha no es una guerra ideológica convencional de izquierda contra
derecha, de progresistas contra retrogradas, sino de “conservadores contra
liberales” que, como en el periodo que estudió, hoy también “luchan entre sí
por la implantación de proyectos nacionales distintos y contrapuestos”. En las
divisiones internas y el acoso externo que acogen a México, ve el potencial
para la refundación del Estado Nacional bajo “Juntos Haremos Historia”, el
sintomático membrete de la coalición que impulsa su candidatura.
Cuando
afirma que “aspira a ser como Benito Juárez”, protagonista de su tesis, no es
sólo retórica. Andrés Manuel ambiciona marcar un parteaguas en la historia
nacional como Juárez. Sueña con alcanzar el pedestal del prócer, reencarnar al
indio zapoteca que triunfó gracias a la perseverancia, terquedad y firmeza para
defender causas justas. Se considera heredero del juarismo y símbolo de la
defensa de la integridad nacional y, como Juárez, no deja de creer en la
victoria final.
Las huellas
del Benemérito de las Américas están presentes en su trayectoria política.
Nombra a su gabinete antes de su elección, lucha contra el poder central y
evade la negociación como vía para solucionar controversias. Pero a diferencia
de Juárez—quien rechazó los intentos de conciliación de Maximiliano pese a que
el archiduque mantuvo la misma estrategia de los liberales con respecto a los
bienes del clero—AMLO acepta apoyos tóxicos que lo comprometen.
En su tesis
de 180 páginas asesorada por Paulina Fernández Christlieb, sin dedicatoria y
con exigua bibliografía, López Obrador examina el periodo que inicia con la
primera República Federal (1824-1838), pasa por el centralismo y la dictadura
militar (1835-1855), y concluye con el movimiento de Reforma y el triunfo de la
República sobre el Imperio (1856-1867). A lo largo del texto, Andrés Manuel
echa mano recurrentemente de las teorías de Jesús Reyes Heroles, visionario que
vivió delante de su época, según los priistas. Como dice Reyes Heroles, “La
Constitución resulta entonces, en el fondo, documento de transacción.” (página
132); Reyes Heroles dice que la línea política moderada de Comonfort, “lo
condujo hasta abjurar de la legalidad…” (pág. 141); Reyes Heroles dice que la
guerra de Tres Años, “…obra como precipitador de la secularización y con ello
del liberalismo…” (pág. 143); como afirma Reyes Heroles, “Nacionalidad y
liberalismo fueron una misma cosa y supervivencia nacional y progreso se
hermanaron” (pág. 172).
La tesis de AMLO-que no está
accesible en el Internet, pero sí físicamente en la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociales—consiste en demostrar el modo en que se definen y
entrelazan los tres elementos básicos que dieron origen a la formación del
Estado Nacional: el proyecto ideológico, la consolidación de los intereses
económicos de los propietarios laicos y el programa de transformaciones
políticas (pág. 13).
Argumenta que la Guerra de Reforma
consiguió la destrucción del poder del clero y el sometimiento del poder
militar a la autoridad civil, pero solamente porque existía ya un Estado, que
tras el fusilamiento de Maximiliano se fortalece y adquiere en definitiva el
carácter nacional (pág. 172). Y concluye que, pese a que la doctrina del
liberalismo permeó en todo el país en cuanto a su expresión política y
económica, no se expresó de la misma manera en el orden social. Por lo tanto,
remata, el liberalismo social surgiría a partir del movimiento revolucionario
de 1910 (pág. 180).
José Meade
obtiene su título de doctor por la Universidad de Yale con un insensible tema
ajeno a México (“Meade, doctor en opacidad”, 5 de enero), y Ricardo Anaya hace
lo propio por la UNAM con un asunto del interés exclusivo de las bases del PAN
(“Anaya, doctor en oportunismo”, 12 de enero). Andrés Manuel, a diferencia, escribe su tesis para titularse de
licenciado sobre un tema que deja ver su compromiso con México.
Dicen que la
historia se repite, pero Galeano se
preguntaba si sólo se repite a quienes son incapaces de escucharla. AMLO la
escucha. Pretende hacerla, no padecerla. ¿Reencarnación de Juárez? ¿Cuarta
República? ¿Sueños de inmortalidad? ¿Delirios de grandeza? ¿Construcción de
quimeras? El electorado tiene la última palabra.
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